Los sondeos se congelaron en un mismo marcador: la victoria del socialista François Hollande. Por eso, en la recta final de la campaña, el mandatario conservador busca agrandar su electorado y movilizar a sus bases.
Sarkozy en la Concorde y Hollande en Vincennes, ambos adelantaron una concentración de unas cien mil personas. El objetivo de ambos meetings era distinto: para el mandatario se trataba de movilizar a sus tropas y ofrecer una demostración de fuerza, mientras que el aspirante socialista buscaba protagonizar un “momento festivo”, para dejar claro que, digan lo que digan los sondeos, el partido “no está ganado”. Los dos candidatos pelean en sentido contrario: Hollande convoca para que nadie caiga en la ilusión de creer que las encuestas de opinión garantizan la victoria y Sarkozy para agrandar su electorado ante lo que pronostican los sondeos. Uno moviliza para desactivar la certeza, el otro para ganarle terreno a las dudas. Nicolas Sarkozy, con su estilo irrenunciablemente autoritario y nervioso, se dirigió a la “mayoría silenciosa” para decirle: “Pueblo de Francia, no tengan miedo, no ganarán si ustedes deciden que ustedes quieren ganar”. El discurso de Sarkozy fue tan confuso como su misma campaña. Todo mezclado, a un ritmo tan trepidante y enredado que, por momentos, no se sabía si hablaba un liberal, un socialdemócrata, un político de la extrema derecha, un centrista o un tecnócrata de Bruselas. Sarkozy le pidió prestado a cada sector un poco de sus contenidos.
El presidente candidato se permitió hasta el lujo de robarle referencias culturales al candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon. Como un boxeador en un ring peleando contra un montón de espectros, Sarkozy acusó a sus adversarios de “dilapidar la herencia de la Francia eterna”, defendió la urgencia de controlar las fronteras para frenar la inmigración, volvió a poner en tela de juicio el libre comercio, atacó al Banco Central Europeo (BCE) y pidió ayuda para ganar. ¡Todo un programa! Los roles se han invertido en esta campaña. Sarkozy se sacó el traje de presidente para ser candidato y dejar en el olvido su balance. Al mismo tiempo, el candidato socialista adoptó una postura casi de jefe de Estado en ejercicio, sereno, siempre flotando en las alturas.
En el meeting de Vincennes, François Hollande puso el acento en las “falsas evidencias de los sondeos” y en la “euforia”. El candidato de la rosa evocó esa “esperanza calma, firme, lúcida” que se siente ascender en el país. “No tengan miedo. Ellos están dispuestos a todo, pero nosotros estamos listos para presidir Francia”, dijo Hollande a la multitud. Respondiendo directamente a la estrategia que la derecha desplegó a lo largo de la semana usando el miedo y el caos que aplastaría a Francia si ganan los socialistas, Hollande declaró: “Ellos dicen que después vendrá el caos. No. Después de ellos vendrá el cambio”. Luego, el candidato socialista descalificó la idea según la cual existe una mayoría que no tiene la palabra, a la cual se dirigió Sarkozy en la Place de la Concorde: “No hay una minoría ruidosa y una mayoría callada”, dijo.
El combate frontal entre Sarkozy y Hollande restauró en Francia la olvidada e insalvable oposición entre la izquierda y la derecha. Este antagonismo reencarnado en estas elecciones presidenciales dejó muy atrás a los demás candidatos. Sólo la extrema derecha del Frente Nacional y la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon tienen un espacio de escucha consecuente en el electorado. Resulta paradójico que Nicolas Sarkozy haya repetido en su meeting el esquema que sus mismos aliados y consejeros ponen en tela de juicio. La prensa francesa dio cuenta esta semana de la profunda incertidumbre que se apoderó del campo conservador. No saben si ir hacia la derecha, si viajar otra vez por los territorios de la ultraderecha o dar una vuelta por el centro. “Nuestras ideas no prenden”, reconocía bajo el anonimato un consejero citado por el vespertino Le Monde. El meeting del presidente candidato fue una síntesis de esa duda: un poco de cada cosa, un golpe de timón hacia la derecha, otro hacia el centro, un viraje por la socialdemocracia y así. El barco liberal-conservador navega hacia las urnas con el timón sin rumbo ni mensaje preciso. La confrontación filosófica es apasionante: un candidato presidente que se presenta como el salvador de una “civilización” en peligro, que agita todos los espantapájaros del miedo –el miedo al rojo, a la bancarrota, a los extranjeros, a los mercados–, y otro, el socialista, que hizo de la rabia contra las injusticias concentradas en esta década de gobiernos de derecha su hilo conductor, que habla de concordia, que desarticula el miedo con su postura ponderada, con su lentitud calculada. La oposición es total, hasta en el silencio. Nicolas Sarkozy funciona como una sinfonía extravagante. François Hollande como una delicada sonata.


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