Un informe señala que en sus pabellones murieron 82 personas en los últimos diez años. Además, denuncia malos tratos y torturas que van desde golpizas hasta ayunos forzados. En 2009, una persona murió de meningitis luego recibir patadas en la cabeza.
El Informe Anual de la PPN, presentado ante la Comisión Bicameral de la Defensoría del Pueblo para proteger los derechos humanos de las personas presas en el ámbito federal y de efectuar una labor de control del servicio penitenciario, contabilizó 47 fallecimientos en 2009, 31 en 2010 y trece en el primer trimestre de este año. Catalogados como “suicidios” fueron 13, “homicidios” 6 y “muertes dudosas” 4.
Entre sus causas figuran 13 ahorcamientos, 2 consecuencia de incendios, 2 caídas de altura y 5 heridas cortantes, pero la muerte más llamativa es la de un paciente afectado por meningitis a consecuencia de la fractura del techo de ambas órbitas oculares, tras una golpiza recibida en el CPFI.
Esa es la unidad con “mayor cantidad de muertes en el período 2000-2010”, con 82 decesos sobre un total nacional cercano a los 500. Aparte de destacarse por su registro fúnebre, el complejo ezeizense también sobresale en materia de abusos: durante 2010, se investigaron 195 casos de maltrato y tortura, en los cuales junto con el Marcos Paz agruparon la mayoría. El 79 por ciento de las víctimas dijo haber sufrido lesiones como consecuencia de esos golpes y agresiones.
Uno de los “procedimiento rutinario” en ese ámbito es el aislamiento de la persona golpeada “ocasionándole un castigo suplementario”. Las requisas de pabellón “siguen siendo circunstancias en las que la violencia penitenciaria se despliega en forma regular y sistemática: el 27 por ciento de los entrevistados manifestó haber sido agredido durante ellas”; en tanto que la requisa personal “con desnudo total y flexiones” estuvo presente en el relato de uno de cada cinco consultados.
Su Unidad Residencial de Ingreso fue la que acopió la mayor cantidad de presos alojados con Resguardo de su Integridad Física: unas ochenta personas. Lejos de su espíritu, la aplicación real de esa medida “significa mantener al preso encerrado en la propia celda entre 17 y 23 horas al día”, remarcó el trabajo de la PPN. Los lapsos fuera del pabellón pueden ser tan breves que las personas privadas de su libertad no logran cumplir con las necesidades elementales.
Otro plano negligente es el de la alimentación en la Unidad Residencial de Ingreso, pabellón F del CPF I de Ezeiza. Los alojados allí “pasan mucha hambre” y el SPF “no les suministra utensilios para comer, debiendo hacerlo con las manos” o medios improvisados.
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