Por Martín LousteauEl carpín o pez rojo es el típico que se ve en las peceras. Se trata de ese pequeño y habitual, ejemplar de color entre naranja y dorado.
En ciertos aspectos, los argentinos parecemos compartir esta cualidad con el pez rojo. Pasamos de tener empresas públicas pioneras, a administrarlas mal, privatizarlas parcialmente y extranjerizarlas de peor forma, para finalmente estatizarlas y nacionalizarlas casi sin aprendizajes visibles de toda la actuación anterior. Ese parece ser el repetido minué de YPF, entre varios otros casos.
Los argentinos pasamos de tener empresas públicas pioneras, a administrarlas mal, privatizarlas parcialmente y extranjerizarlas de peor forma, para finalmente estatizarlas
Nuestra firma hidrocarburífera de bandera era de avanzada a principios del siglo XX, pero fue recién hacia finales de la década del '50 que la política energética proveyó incentivos para atraer capitales y lograr el autoabastecimiento. Con el tiempo, la compañía estatal perdió su espíritu e ímpetu originales para transformarse en un coto de caza partidario y sindical, notoriamente superpoblado y subgestionado. Esta situación llevó a su privatización parcial en el año 1992 que, si bien no era el estado ideal, por lo menos estableció algunos criterios empresariales sustentables. Seis años más tarde, en momentos en que el valor del barril de petróleo tocaba su mínimo histórico en precios reales y en lo que constituyó una de las decisiones más escandalosas con respecto a la administración del patrimonio público, se terminaron de vender a Repsol las acciones del Estado remanentes. Así, con la excusa de la necesidad fiscal, el país terminó por desprenderse -total y desvergonzadamente- de su soberanía en lo que hace a la estrategia energética. Se suponía, por lo menos discursivamente, que el interés nacional sería nuevamente representado cuando a fines de 2007 se anunció con bombos y platillos que un grupo argentino pasaría a ser accionista y llevar adelante la administración de YPF. La reciente reacción del gobierno -procediendo a la declaración de interés público, la expropiación y la intervención- parece evidenciar que otra vez las cosas no funcionaron como estaba previsto.
Hoy estamos ante la posibilidad de deshacer medio siglo de errores. Y la mayoría de la opinión pública parece ver genuinamente inflamado su espíritu patriótico y entusiasmarse con la recuperación de semejante símbolo histórico. Sin embargo, aún en medio de dicha algarabía, parece pertinente remitirse a lo escrito en esta misma columna hace apenas dos semanas, un par de días después del feriado del 2 de abril: "Los problemas de fondo no se resuelven ni con improvisación ni mediante fuegos de artificio. Las encuestas pueden mostrar que el 70% prefiere la estatización de la petrolera. Pero en estos días, numerosos documentales nos recuerdan que hace treinta años la inmensa mayoría, ciega de un malentendido nacionalismo, apoyó la aventura de Malvinas". Una advertencia o crítica similar en cuanto a la liviandad a la hora de lidiar con toda la situación puede hacerse a la cúpula de la empresa y el gobierno españoles. Su accionar ha sido cuanto menos torpe, y su gestualidad más propia de la prepotencia colonial que de la inteligencia de un estado moderno que conoce a la perfección que todos los países del mundo se reservan el derecho de expropiación (aunque no suelen anunciar su utilización entre vítores y cantos populares).
La privatización y extranjerización de YPF constituyen un capítulo ignominioso en el devenir de nuestro Estado. Pero la estatización y nacionalización anunciadas pueden representar una fenomenal oportunidad: se estima que los yacimientos de petróleo y gas shale, descontados el costo de producción, la deuda de la empresa y una rentabilidad lógica, podrían valer varias veces el valor reclamado en la expropiación. Claro que para ello es preciso no repetir la historia y que se cumpla lo establecido en los dos incisos del artículo 16º que la presidenta remarcó: una administración conforme a las mejores prácticas de la industria y el gobierno corporativo, junto con una gestión profesionalizada, elementos ambos que no se obtienen tan sólo declamándolos.
La privatización y extranjerización de YPF constituyen un capítulo ignominioso en el devenir de nuestro Estado. Pero la estatización y nacionalización anunciadas pueden representar una fenomenal oportunidad
La falta de reconocimiento de que fue la propia política energética del Gobierno la que nos llevó al déficit hidrocarburífero actual no resulta un buen augurio. Tampoco que la Presidenta piense -tal como expresó- que a diferencia del pasado "está demostrado en esta administración que los recursos del Estado pueden ser administrados correctamente". Ahí están Aerolíneas Argentinas, Enarsa, ANSES y los subsidios al transporte (trenes, subtes y colectivos) -entre varios otros ejemplos- para certificar lo contrario.
Algunos investigadores sostienen que la reputación de desmemoria del pez rojo se encuentra exagerada, y que un animal de esa complejidad jamás podría sobrevivir en su entorno sin más capacidad para recordar que unos pocos segundos. Hay quienes aventuran que el pequeño animal es en verdad capaz de mantener en su memoria aprendizajes de hasta cinco meses. La amnesia de lo que venía ocurriendo hasta hace tan sólo medio año puede ciertamente explicar las declaraciones presidenciales. Pero esa propensión al olvido dista de garantizar un buen final, en especial, en una actividad cuyos plazos se miden en lustros. Estamos ante una oportunidad excepcional. Esperemos tener una memoria suficiente como para no echarla a perder..

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