Alemania y Francia tenían todo acordado para modificar el Tratado de Lisboa e incluir la disciplina fiscal en la Constitución de cada país, pero Gran Bretaña pateó el tablero y amenazó con no aceptar cambios si no se contemplan sus intereses.
Al tándem “Merkozy”, neologismo que identifica la simbiosis política entre la canciller germana, Angela Merkel, y el presidente galo, Nicolas Sarkozy, no lo será nada fácil sacar adelante su proyecto de refundar la Unión Europea (UE) para anclar la disciplina fiscal en la cumbre de hoy y mañana de Bruselas. A pesar del tono grandilocuente que exhibieron este lunes en la cumbre del eje franco-alemán, tras anunciar que crearán un nuevo Tratado de la Unión Europea con el objetivo de salvar la moneda única y fijar a fuego en los textos la “regla de oro” de la disciplina fiscal, los mercados siguen sin relajar la presión, incluso sobre París y Berlín, hasta ahora intocables.
En las últimas semanas todo parece seguir en la UE la caprichosa “ley de Murphy” (si algo puede salir mal, saldrá mal): mientras el eje franco-alemán se afana en cerrar la crisis, la agencia de rating Standard & Poor’s amenaza la “triple A”, la mejor nota, de Alemania y Francia, entre otros socios, además de cuestionar la máxima solvencia del fondo de rescate al euro.
Por si no bastase el cúmulo de problemas que deben enfrentar los 27 socios en la cumbre, el primer ministro británico, David Cameron, amenaza con “no firmar” un nuevo texto europeo si no obtiene garantías suficientes para el sector financiero de su país, concentrado en la City, el corazón económico de Londres.
En todo caso, la reunión de este lunes del tándem franco-alemán en París dio al menos las pistas de cómo podría quedar configurada la hoja de ruta de la Eurozona y de la UE en los próximos años o décadas: más disciplina y castigos (quizás automáticos) a los socios incumplidores del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), el motor que pretendía ordenar la heterogénea constelación de la Eurozona, pero que resultó deficiente.
El nuevo plan franco-germano para intentar sacar a Europa de la crisis pasa por una Unión Fiscal, lo cual, de hecho, se traducirá en un estrecho control de los borradores de presupuestos nacionales por parte de Bruselas, con una amplia cesión de soberanía, a lo cual no todos los socios del bloque estarían dispuestos. El proyecto daría así a la Comisión Europea el control remoto para sugerir y proponer enmiendas y cambios presupuestarios todas las veces que sea necesario.
Los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 deberán analizar la propuesta alemana para que quede grabado en los nuevos tratados, así como en las Constituciones nacionales, la “regla de oro” fundamental del PEC: un límite de déficit del 3% del PBI y un techo del 60% del PIB de la deuda pública.
Otro frente de batalla de la cumbre, que a priori parece innegociable por Berlín, es permitir que el Banco Central Europeo (BCE) actúe como prestamista de último recurso, adoptando funciones similares a la Reserva Federal de Estados Unidos o al Banco Central de Japón, para comprar cuando sea necesario deuda soberana de los países con problemas, lo cual ayudaría a frenar los ataques de los especuladores, además de una rebaja de tasas.


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