Otra vez se rompió un acueducto en pleno centro. Pero lo mismo ocurre en los barrios, con el agua potable y con el servicio de cloacas. El colapso es más político que técnico.
Las pérdidas de agua potable, y las de aguas servidas por deficiencias en las cloacas, baten récords patéticos en la capital provincial. La principal responsabilidad es, ineludiblemente, del Ente Provincial de Agua y Saneamiento (EPAS).
Pero también están en mora los políticos en general, que no consiguen dar el paso necesario para aprobar de una vez por todas un sistema de concesión, con un ente de control, un marco regulatorio, y todo lo que hace falta para hacer avanzar a Neuquén de un sistema estatal casi salvaje (por la ausencia de controles y mecanismos institucionales) que sirvió al principio pero que ahora es obsoleto, a un sistema más moderno, con o sin intervención de capitales privados.
Mientras, se derrocha el agua y se contamina con desechos cloacales en muchos barrios, no solo en el centro. Una lástima. Porque debería tenerse en cuenta que lo que está colapsado no es tanto el sistema de distribución del agua, sino el sistema político-sindical que lo mal administra.
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