Por: Ricardo Kirschbaum.Kirchner quiere a todo el peronismo adentro. Aún los disidentes o los que están en camino de serlo. Los que conocen la intimidad de Olivos cuentan que hay diálogos con aquellos que han anunciado jugar su suerte diferenciándose del conglomerado oficialista para convencerlos de que se sometan a la decisión interna.
Kirchner quiere dedicarse a pleno a ese objetivo. Aspira a ser la cabeza del UNASUR, que todavía no consiguió por aquel veto de Tabaré Vázquez. No lo mueve un súbito interés por la diplomacia, atributo para el que no está entrenado ni tampoco le interesa, sino disponer de un escenario que proyecte una imagen más articulada que aquel experto en chapotear en el fango de la política. Si es ungido, probablemente renunciará a la banca de diputado, que prácticamente no ejerce. Se cerraría así, con su dimisión, la gran simulación de las candidaturas testimoniales de junio pasado.
Para que todo funcione, Kirchner se ha propuesto demoler todo factor que influya sobre el electorado que ha abandonado su campo: los ataques al periodismo, así como el apuro por consolidar una cadena de medios oficialistas, públicos y privados, tienen esa impronta.
Pero muchas de sus acciones le han salido mal. En vez de enamorar de nuevo, desagregan. Los escraches y "tribunales populares" a periodistas, promovidos por los "Khmer Rouge" del kirchnerismo, como el ataque a Cobos, que el vicepresidente agradece porque sube en las encuestas, siguen despegando a sectores de la sociedad del mensaje oficialista.

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