Por Ricardo RoaAunque no es lo que era, Buenos Aires sigue viva. Una encuesta entre las ciudades más competitivas del mundo la ubica en la mitad de la tabla y primera entre las de Latinoamérica.
Demasiado a menudo asediada por piquetes y la inseguridad, la vida porteña aún es fuerte y atractiva, invita a disfrutarla . Los turistas la elogian. Por la gente y una oferta gastronómica y cultural inmensa, además de oportunidades comerciales.
También, porque es una ciudad fácil de recorrer y admirable por la variedad de su arquitectura . Ven aquí una versión abreviada de Europa: en unas pocas cuadras es posible encontrar un edificio neoclásico, un art nouveau, otro blanco y ascético racionalista y una obra contemporánea de acero y vidrio.
César Pelli, el famoso tucumano que levantó las torres gemelas de Kuala Lumpur, dice que Buenos Aires tiene el encanto de sus parques y veredas, con sus negocios y cafés que convocan al encuentro.
Pero la nuestra es hoy una ciudad bloqueada por piquetes y protestas . Nunca como ahora el espacio público ha estado tan invadido . Allí donde hay un lugar vacío aparecen carpas y casillas. Todo vale: bajo las autopistas y puentes del ferrocarril y hasta en la orilla misma de las vías.
Las rejas que rodean parques y plazas para evitar daños e intrusiones también son parte ya del paisaje urbano. Como las que protegen monumentos históricos de robos y pintadas. Hay una nueva urbanización: la urbanización de la seguridad.
La Nación y la Ciudad se pelean por quién no se queda con el subte . Otra paradoja: Buenos Aires supo estar a la vanguardia de la infraestructura del transporte. La línea A fue un orgullo: la primera de Latinoamérica y una de las más importantes del mundo.
Buenos Aires es una gran ciudad y cualquiera que haya viajado lo sabe. La ampara y empuja su fantástica historia. Borges la juzgó tan eterna como el agua o el aire. Pero para mantenerse vital, requiere no sólo inversiones sino el cuidado de todos.
Comentá la nota