Por: Rafael Bielsa y Federico Mirre.La pobre performance de Barack Obama para resolver la crisis, frente a la receta de Franklin Roosevelt en la Gran Depresión. Las críticas de Estados Unidos a Europa.
Roosevelt logró recuperar la salud de la economía norteamericana materializando reformas y creando instituciones que sacudieron vigorosamente la vida de su país. Entre ellas la Autoridad del Valle de Tennessee, la Seguridad Social, la Administración de Electrificación Rural, la Corporación Federal de Seguros de los Depósitos, y otras añadiduras. El cuatro veces presidente enderezó la salud económica y social de los Estados Unidos, ganó la Segunda Guerra Mundial y dejó inaugurada una era de apogeo estadounidense.
McGovern se pregunta qué ha pasado en el Congreso y qué ocurre con Obama, ya que parecieran, el primero haber perdido el amor a la Nación como resultado de disputas sectoriales e insensatas y el segundo, carecer de la voluntad suficiente para producir cambios.
McGovern propone a Obama un plan de ocho puntos, entre los cuales sobresalen: reducir el gasto militar, ampliar el programa de salud Medicare a todos los norteamericanos y crear becas de estudios universitarios. Lo opuesto de lo que se está haciendo.
Seguramente, no es fácil alcanzar el reconocimiento político si lo que se ambiciona es modificar los fundamentos esenciales de una práctica institucional y económica consolidada, y ello aunque la realidad gruña que llegó la hora de dar vuelta la hoja.
Porque de lo que se trata es de cambiar o de no cambiar. Y el “no” al cambio viene erigiendo barreras, al tiempo que el “sí” va llenando las plazas y los parques. Las gerencias del “no” expresan al mundo como es y dentro de él, un determinado reparto de poder, de prioridades de los mercados, de posiciones del mundo financiero y de rentabilidades, todas debidamente custodiadas por las instituciones tradicionales. “No”, particularmente, a las heterodoxias, a propuestas que afecten tan sólo parcialmente la posición de los acreedores o modifiquen el reparto de roles en el escenario mundial.
Lo que el “no” está incapacitado para impedir es la pulsión por el cambio que se está propagando con diferentes modalidades, día tras día, y que será –durante los próximos años– la nueva forma del conflicto; un conflicto no ya ideológico en su acepción corriente sino acerca de la propiedad de recursos naturales (escasos) y de la ubicación y el papel del hombre (multitudinario) en la sociedad y en la polis.
Desde las filas del “no” cunden reproches y acusaciones. A veces contra los políticos, como una especie molesta para los círculos financieros centrales. Veamos: Olivier Blanchard, economista jefe del FMI, dijo el martes 20 de setiembre que “la política está atrasada respecto de los mercados”, y agregó que “los políticos no pueden darse el lujo de perder el tiempo”. O sea que la política no es lo suficientemente dócil como para hacer lo que le indica el FMI.
El secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Timothy Geithner, viajó recientemente a Europa para urgir a los gobernantes a actuar con decisión en Grecia. Para alentarlo, el ministro de Economía del Reino Unido, señor George Osborne, dijo que “la Eurozona es el epicentro de los problemas globales”. (“¡Son ellos, son ellos!”) Geithner y Osborne disienten en el G-20, en la Asamblea del Fondo y en sus gobiernos, con toda propuesta o iniciativa que tienda a regular las agencias calificadoras, a poner un impuesto a las transacciones financieras o a controlar sinceramente a los paraísos fiscales. Lo que para muchos gobiernos europeos es importante instrumentar.
Después de que la agencia calificadora Standard & Poor’s rebajara la deuda de los Estados Unidos, el secretario del Tesoro juzgó la calificación recibida como “terrible”. En cambio, la exigua calificación de países de la Eurozona, no suscita reproche alguno. Dos pesos, dos medidas.
Geithner viaja para decir a los díscolos europeos que empiecen, y rápido, a desmantelar la sociedad que les llevó más de sesenta años organizar, mientras falderamente Osborne ladra a la Eurozona. Por si hubiera dudas, el lunes 26 de septiembre el presidente Obama dijo que “los Estados Unidos están asustados con lo que ocurre en Europa”.
Simultáneamente, Bill Gates y el presidente de Francia, Sarkozy, propugnan un impuesto “Robin Hood”, y hablan de elegir entre favorecer y ocuparse de los “pobres y los necesitados, o los bancos y los codiciosos”.
Para Washington, Europa tiene que cambiar, y seguir un plan de austeridad. Bruselas, a su vez, siente la presión por el cambio que emana de sus propios descontentos, que lo que menos necesitan es que Estados Unidos venga a indicarles el camino. Menos que menos Alemania, en duro trance de tener que ser “el pato de la boda” para financiar la ampliación del Fondo de Estabilización, condición necesaria (pero no suficiente) para ayudar a Grecia en este tranco.
Al día siguiente de la entrada triunfal de Mahmoud Abbad en Ramallah, el premier israelí Benjamin Netanyahu firmó la autorización para construir mil viviendas en la zona Este de Jerusalén (reclamada por Palestina). Mientras el papa Benedicto XVI visita Erfurt, en Alemania, se difunde en Europa un “Llamado a la desobediencia” de 400 sacerdotes y diáconos austríacos, sugiriendo cambios radicales en las normas de disciplina del clero, cuyo líder es el padre Helmut Schüller. El año pasado, el número de fieles que han abandonado la Iglesia en Austria aumentó un 64% comparado con 2009.
Plazas del “sí”, fortines del “no”. Pero también ausencia de líderes que sepan inyectar esperanzas, suscitar utopías. La intemperie del descontento llegó para quedarse.
Winston Churchill tituló el tomo I de su obra La Segunda Guerra Mundial, con estas palabras: “Se cierne la tormenta”; no ha perdido actualidad. Una cita final: refiriéndose a ciertos líderes políticos, los describía como “decididos a ser irresolutos, firmes en la ambigüedad y fuertes en su impotencia”.




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