Chimangos: La historia jamás contada de los prejuicios sociales en Junín

Chimangos: La historia jamás contada de los prejuicios sociales en Junín
Uno de los aspectos menos explorados de los prejuicios es su relación con el espacio “físico”. Por ejemplo, en las grandes ciudades como Buenos Aires, donde se supone que la gente anda junta y en manada, la geografía tiene un rol fundamental en la construcción y preservación del prejuicio.

Mientras el sur de la ciudad (increíblemente, una de sus partes más bellas) está sumido en un irremontable estado de decadencia, el norte concentra todas las inversiones inmobiliarias. A partir de ahí, la segmentaciones son no sólo incomprensibles sino arbitrarias. Desde el edificio de canal 7 (Figueroa Alcorta y Tagle) hasta la zona donde empieza el Jardín Japonés (Avenida Casares), los precios de las propiedades cuestan un 40% más. Eso si hablamos en términos de “largo”. Si la consideración incorpora el concepto “ancho”, el metro cuadrado desciende ni bien cruzamos Avenida Las Heras (contando desde la costa del río); a partir de ahí y con apenas cuadras de diferencia, los valores caen en picada. Claro que hay excepciones. “La Isla” es, como su nombre lo indica, una suerte de limbo ubicado detrás de la Biblioteca Nacional. Para entrar y verlo bien hay que conocer y dar un par de vueltas intrincadas. En esos alrededores de la Embajada Británica las cifras a pagar pueden superar en mucho lo que cuesta un piso sobre Libertador o Alcorta. Siempre y cuando no hablemos de Barrio Parque, donde ninguna casa baja de los dos millones de dólares y ocupan espacios reducidos, o de una cuadra en particular (sí, una única cuadra) que muere cerca del museo sanmartiniano. ¿Quieren otro delirio? En esa cuadra costosísima hay una estación de servicio; es decir, lo que frente a cualquier mortal representaría un peligro potencial a esquivar, acá es ignorado por su capacidad de denotar prestigio. Aunque Junín no tiene marcaciones tan definidas y la convivencia es mayor, hay dos fenómenos que responden a idéntica lógica. El más tradicional está planteado por la supuesta división que provocan las vías del tren; suerte de límite imaginario que divide la ciudad en dos. Sin embargo, y al amparo de las construcciones en las afueras, se está gestando otro polo que va a dar que hablar: Las quintas. Aunque todavía no está del todo consolidado, ya empiezan a notarse los “cortes” que, bien enmascarados bajo la idea de ubicación, denotan otra cosa.

Fuente de crispación

En todo el mundo los prejuicios son una fuente inagotable de crispación social. Y algo peor aún, cuanto más invisibles, más peligrosos. Está comprobado que el simple hecho de poner el tema sobre la mesa ayuda a combatir el flagelo. Siempre y cuando no sea atravesado por la política como ocurrió en Argentina. ¿Qué quiero decir? A esta altura nadie cuestiona la capacidad del peronismo para gestionar. Propios y extraños reconocen que el partido fundado por Perón tiene una envidiable cintura en la difícil tarea de gobernarnos. Sin embargo también se encarga de crispar el tejido de la sociedad criolla hasta lo imposible. Tanto fuerza la máquina que está en el centro de los conflictos desde hace sesenta años largos. Algunos dirán que semejante protagonismo obedece al hecho de que, justamente, es el movimiento que mayor cantidad de veces nos gobernó; es decir, el eterno y nunca resuelto dilema del huevo y la gallina. Sin embargo, ya desde el comienzo y a partir del concepto “descamisados”, la semilla del prejuicio empezó a mezclarse dentro de la arena política. En términos de combate de la discriminación nada más peligroso que una palabra ambigua. Los afroamericanos saben muy bien que “negro” es un insulto, tanto lo saben que pueden incluso usarlo como bandera a la hora de pelear por sus derechos. Nada de ambigüedad ni ensueños románticos. Si le decís “negro” a alguien podés ir preso. Con todos sus defectos, los yanquis lograron pelear con relativo éxito contra las segregaciones raciales que provocaron ignominias y miserias varias. Ahora bien, “descamisado”, probablemente el símbolo justicialista por excelencia, enmascaró (quizá sin intención pero lo hizo) debajo del paraguas “trabajador en lucha” un concepto que no tiene nada que ver con la idea de trabajo digno ni el logro de conquistas sociales: cabecita negra. En cierta forma, el romanticismo generado alrededor de la palabra descamisado impidió que los argentinos miremos de frente la discriminación que existe y está dirigida hacia el “no europeo”, para usar un giro verbal que disfrutaría Cobos. Siendo honestos, ¿cuántas veces escuchan al día la palabra “cabeza”, “negro cabeza” o cabecita?; o sea, seis décadas después de aquella supuesta reivindicación seguimos segregando más o menos en las sombras. Hay que decirlo de un buena vez y en voz alta: Somos racistas y hacemos bastante poco por salir de ese pantano que es fuente de violencia, injusticia y enojos; renglón de los derechos humanos sobre el que casi nadie se anima a escribir sin eufemismos. De nuevo, en todo este fenómeno las palabras distan de ser ingenuas. Cuanto más volátiles y escurridizas, más tramposas. Eso nos lleva directamente a Junín y su término preferido a la hora de discriminar: Chimango.

De chimangos y otras aves

“Dime con qué palabra discriminas y te diré quién eres”, podríamos parafrasear. A pesar de la crisis económica y el deterioro de su imagen internacional, la mejor noticia que recibieron los americanos durante los últimos años fue que, en el segmento de jóvenes menores de 25 años, el hecho de que Obama fuera negro no significaba absolutamente nada; mientras algunos sectores mayores en edad todavía mantienen una actitud de prejuicio y discriminación relacionada con el color de la piel, el joven estadounidense ya tiene otro esquema mental desde la cuna. El mundo entero puede haberse asombrado ante la elección presidencial, ellos no. Es probable que de acá a treinta años, la desaparición de los prejuicios raciales (al menos en relación a los afroamericanos) desaparezca por completo de Estados Unidos. Claro que la que existe con los latinos viene en aumento. Todos los estudios realizados en Junín señalan que el grueso de la discriminación, más que estar ligado a cuestiones de tipo racial o de características físicas, se enfocan en el campo de los social y los niveles de pertenencia a determinado grupo. Tampoco las divisiones religiosas parecen ser un gran problema acá. “Pertenecer o no pertenecer”, esa es la cuestión; área donde las “divisiones” suelen ser más sutiles y difíciles de enfrentar. En las grandes concentraciones urbanas, además de lo geográfico ya mencionado, el “otro” muro que separa a las personas es el idioma, y no justamente uno que necesite traducción. Decir la palabra “pieza” en los ambientes sociales altos es un pasaporte directo a la hoguera pública. De la misma forma, “piscina” en lugar de “pileta” o “rojo” en vez de “colorado”. A simple vista son tonterías menores; sin embargo funcionan a manera de detectores inconscientes que le indican a alguien con quién está hablando. Incluso van rotando y cambiando con el tiempo. “Niñera” es el término indicado a la hora de hablar del servicio doméstico en caso de que haya niños en casa. Si no los hay, el término será “la chica”. Curiosamente, una ciudad tan cosmopolita como Junín engloba a los “otros”, esos que no pertenecen a los clubes importantes ni forman parte del Vip local bajo el rótulo de “chimangos”. El apelativo se dice en silencio, casi susurrando, aunque es un clásico de las conversaciones excluyentes y, contra lo que pueda pensarse, lleva años en el podio sin poder ser desplazado ni reemplazado por otros términos. Desde la óptica de un porteño o cualquier “extranjero” (permítanme incluirme en la nómina a pesar de estar aquerenciado), los chimangos son animales adorables a pesar de su condición de rapaces carroñeros, y su utilización dentro de un esquema discriminatorio demanda explicaciones adicionales que cuesta procesar. El “código chimango” responde a una construcción monárquica de la realidad que, si bien por suerte está decadente y entrando en desuso, sigue sobrevolando los confines de una sociedad que haría bien en revisar cuáles son aquellas cosas que, dichas en voz alta o no, son percibidas, hieren desde la invisibilidad y colaboran al estado de crispación general.

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