En tres colegios de la Provincia, el ciclo lectivo 2011 se inició y se cerró en contenedores, una solución provisoria hasta que se hiciera una nueva escuela. En todos los casos, las construcciones vienen con demoras.
Para todos ellos, este no fue un año más. Tuvieron que adaptarse a los caprichos del tiempo y del espacio que se condensan en estos 12 contenedores. En la provincia hay al menos otras dos escuelas en esta misma situación. La escuela Álvarez de Arenales, de Candelaria Sud, y el Ipem 343, de Los Cocos, también cerraron las clases siendo contenedores, abarcando a una población de al menos 544 alumnos. Y pese a que siempre se usan estas estructuras en forma provisoria, en muchos casos, como en el de la Ricardo Rojas, se mantienen por más de un año. Este diario contactó a dos de estos colegios y visitó a uno para saber cómo fue estudiar en estas estructuras. Qué desafíos se presentaron y qué enseñanzas les dejó. En la mayoría, la respuesta es la misma: la organización fue lo que más costó.
Tiempo para todo. La escuela Ricardo Rojas fue fundada en 1957. Hasta el año pasado funcionó en un edificio ubicado en la esquina de Alfonsina Storni y Juan Montalvo, en Parque Liceo II. Al cumplir sus Bodas de Oro, en 2007, esta primaria tenía una matrícula cercana a los 600 alumnos.
Pero, con el paso del tiempo el edificio se fue deteriorando. Y tras el reclamos de padres y docentes (unidos con un gran sentido de pertenencia), el Ministerio de Educación provincial decidió construir una escuela nueva. Como los alumnos no querían cambiar de colegio, la solución “provisoria” fue ubicarlos en contenedores a tres cuadras de la escuela original. “El Ministerio nos prometió que a fines de este año nos íbamos a estar mudando a la otra escuela.
Pero terminamos las clases sin noticias de un traslado. Es posible que empecemos las clases en estos mismos contenedores”, comentó Viviana Bradaschia, maestra de sexto grado. Pero no todas son malas noticias. En el predio de la escuela original, la empresa constructora Delta S.A. avanza a destajo para terminar un nuevo edificio. Una estructura en dos pisos ya fue montada. Y el plazo de ejecución de la obra figura en 160 días.
Los desafíos. Reunidas en una de las aulas contenedores que tiene aire acondicionado, docentes de la Ricardo Rojas elaboran un balance del año que pasó. Una recuerda el episodio de la voladura del techo, acontecida el 18 de agosto. “Cada vez que los chicos salen al recreo o hay viento miro para arriba. Me quedó el temor de que vuelva a suceder lo mismo”, comenta.
Para otra de las docentes de jornada extendida, el mayor desafío de este año fue la organización: “Fue muy duro. No damos más. Es agotador estar dando clases y pensar si viene viento o llueve. O estar cuidando el patio con los chicos y si hace frío”. Para Viviana, en cambio, el mayor inconveniente fue la selección de contenidos: “Dimos lo mínimo de lo mínimo –aseguró–. A mí me tocó preparar a los chicos que ingresan al secundario. Comparé mi plan de estudios con el de primer año e hice un resumen de cada uno”. La matrícula del colegio descendió de 600 a 350 alumnos este año. Varios chicos con capacidades especiales tuvieron que trasladarse a otra escuela porque no podían adaptarse a ambientes tan chicos y aglomerados.
Pero entre tantas idas y venidas, los docentes destacan que esta experiencia fortaleció los vínculos: “La relación entre el grupo docente se enriqueció mucho. Nos unimos. Fue muy positivo” agregó Viviana.
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Clases entre chapas
El impacto diario. Muchos de los docentes coincidieron en señalar a Día a Día dos grandes consecuencias que ha tenido dar clases en un contenedor: la primera, estar fijándose de manera permanente si llueve, hay viento o cae piedra para ver de qué manera afectará a los chicos. Para muchos de los profes fue una tarea “agotadora”. El otro costado afecta directamente a los contenidos. En muchos casos, según reconocen las “seños”, se dio “lo mínimo de lo mínimo”, debido a las malas condiciones en las que se tenía que dictar clases.
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El interior no se salvó de las chapas
En Candelaria Sud, al norte de la provincia de Córdoba, otros 24 alumnos cerraron las clases en aulas contendores. Se trata de la escuela Álvarez de Arenales, fundada en 1936. También tuvo fallas estructurales y fue demolida. Los chicos fueron a clases durante un año y medio en aulas de chapa. Y la construcción de una nueva escuela se demoró por motivos presupuestarios. “La Provincia prometió aportar los fondos para que el municipio construya una nueva escuela. El Ministerio presupuestó 780 mil pesos y la empresa que ganó la licitación, 4 millones. El Gobierno se negó a pagar la diferencia”, explicó Hugo Cadamuro, ex intendente de esa localidad.
Y en Los Cocos, 170 estudiantes del Ipem 343 cerraron el año en cuatro contenedores ubicados en el viejo club de la ciudad serrana. La necesidad de mayor espacio surgió cuando la primaria decidió ampliar a un siguiente nivel. La estructura quedó chica y los estudiantes fueron trasladados al club. El Ministerio también decidió construir una escuela en el predio ubicado cerca de la avenida principal Cecilia Grierson. Y mientras, dispuso cuatro aulas contenedores en el viejo club. “Esperamos que entre julio y septiembre del año que viene la obra esté terminada. La escuela, aunque precaria, contiene a los alumnos. Esperamos un espacio mejor”, finalizó Héctor Armani, intendente de esa ciudad.
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