La chicana, un arma política de vuelo corto y rasante

Por Ricardo Roa

Hay una constante en el discurso presidencial: la chicana. Es una manera de ponerse por encima del otro y desacreditarlo. Una burla a través de la cual Cristina manda mensajes , que la claque que la rodea festeja invariablemente.

Para pegarle a los productores, llamó a la soja un “yuyito” en medio de la pelea con el campo. “No saben qué lindo que es tener vicepresidente”, dijo sobre Cobos en Mendoza. A Duhalde lo calificó de El Padrino. La lista es larga y nadie acumula tantas entradas como Macri, a quien este jueves, en el Congreso, le tiró si se cree el alcalde de Nueva York por rechazar el traspaso de los subtes. En la Presidenta la humildad está tan ausente como el respeto hacia el que piensa distinto.

En ese mismo lugar, Cristina atendió también a los maestros, en conflicto por reclamos salariales. Trabajan cuatro horas y tienen tres meses de vacaciones. Faltan mucho y abusan de las licencias.

Los acusó de privilegiados ante legisladores que acaban de duplicarse el sueldo.

No sólo por eso se le fue la lengua: usó un viejo prejuicio para descalificarlos y descolocó, sobre todo, a la CTERA, gremio oficialista si lo hay y aliado desde siempre a su gobierno. La ley de Educación fue copresentada en la misma Rosada por su jefe, Yasky, para quien la Presidenta repite hoy “un latiguillo de la derecha”. Como decir que ahora habla igual que el enemigo.

Sileoni salió a decir ayer que se trata de una discusión cultural (Ver: Sileoni: “Muchos docentes seguirían de paro aunque ganaran $ 10.000”). Es posible. Pero el disparador es la falta de plata : no hay fondos para el aumento a los sindicatos. La alianza de la CTERA y el Gobierno tiene un límite de caja.

¿Se terminó el populismo educativo? La Argentina creció y mucho su inversión educativa. Llegó a un techo desconocido del 6,4% del PBI, pero la mayor parte fue a salarios e infraestructura.

El esfuerzo económico no mejoró la calidad de la educación.

Eso es: que los chicos aprendan más, las diferencias entre los que más y menos aprenden se achiquen y la mayoría estudie en los tiempos pautados. Se gastó mal. Nadie recordará la gestión K por capacitar maestros, reformar los diseños curriculares o incentivar la excelencia. Después de casi nueve años, bajamos en las encuestas internacionales de calidad y hay más chicos que no estudian ni trabajan. Y la escuela pública perdió constantemente terreno ante la privada. La causa es bien conocida: la gente simplemente las considera mejores.

Ninguno de estos temas estuvo ni está en la agenda de discusión con los gremios. Aunque Cristina no conciba otra forma de ver las cosas que cargarle a los otros sus responsabilidades, la ausencia de una política educativa le pertenece enteramente.

Las chicanas como las humillaciones tienen vida breve. Quien vive usándolas, al fin se queda solo con los obsecuentes.

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