El charlatán mata la palabra

por Orlando Barone

Me pasa seguido: desde la televisión o la radio, sea en mi casa, de fondo, o en un taxi o a través de la ventana de un vecino, siento que me abruman de palabras; que me embarullan de temas y de cosas con total desaprensión por mi digestión pensativa.

Leer libros para algo sirve. Creo. A raíz de esta sensación de charlatanismo compulsivo, recordé al escritor Truman Capote; y más exactamente uno de sus menos conocidos cuentos: “Féretros tallados a mano”. Busqué el cuento en mi biblioteca y a pesar de su tamaño mínimo que lo hacía más mínimo metido entre los otros libros más gordos, lo encontré. También encontré la página donde recordaba haber leído hace años un párrafo que ahora me sirve para ilustrar como ejemplo de esto que digo. Capote escribe: “Es parlanchín. Habla de cualquier cosa: política, mujeres, sexo, pesca de trucha, mover los intestinos, su viaje a Europa, si es mejor criar ganado o sembrar trigo, tomar gin o vodka, Johnny Carson, su safari al África, la religión, la Biblia, Shakespeare, el genio del general MacArthur, la caza del oso, las putas de Reno comparadas con las de Las Vegas, la bolsa de valores, enfermedades venéreas, si los copos de maíz son mejores que los de trigo, el oro mejor que los diamantes,; la pena capital ( que aprueba con entusiasmo), fútbol, béisbol, básquetbol, de cualquier cosa…”. Si el párrafo se refiriese a la Argentina, y no a la sociedad norteamericana que es la de Capote, en lugar de trigo diría soja; de trucha diría pejerrey o tararira; y de Shakespeare diría Borges.

No quisiera decir- pero lo digo- que el charlatanismo se acentúa cada vez más a la par del mayor y ya aterrador surtido de tecnología mediática. Se habla- hablamos- acerca de todo, y no solamente desde la televisión y la radio sino en forma callada o virtual en las redes sociales, sea en email, portales, blogs, Facebook y Twitter, y por cualesquiera de los aparatitos celulares en danza. Estos ya a punto de poder insertarse bajo la piel y funcionar dentro nuestro en continuado, alimentados por nuestros glóbulos rojos. Es común el gesto de tantos pasajeros de un tren o colectivo atentos a un adminículo que aprietan en su mano y por el cual hablan y hablan o les hablan durante el recorrido. Escena que se repite en la filas de espera para un trámite y en las mesas de los restaurantes.

Con la vista baja y las manos atentas al mecanismo, y el plato delante aunque la comida se enfríe, y todo el contexto del salón ignorado. Incluso el de otros comensales que para no quedarse papando moscas también empiezan a imitarlo. Me pregunto ¿Qué necesidad hay comunicar por twitter que se está yendo a comprar los ravioles del domingo a tal fábrica de pastas o contar que se está con la resaca del pantagruélico asado de anoche? Pero es el intercambio de insultos y mentiras. Lo que abunda. Y está la radio de los taxis. Un hechizamiento de verborragias imparable. A veces multiplicada por las del chofer y los pasajeros. La radio ha abolido el silencio antes que nada y que nadie. Es su mayor logro o infortunio. Un surrealismo extremo sale de allí entre los locutores, comunicadores o periodistas que nos dicen que hace calor y que hay que salir a la calle con ropas livianas, que está ardiendo el mercado subrepticio del dólar del que no saben nada pero igual hablan, y lo más extraordinario es la habilidad que algunos tienen de hablar de la nada. Y largamente. Todos hablan y hablamos. Gente anónima, prudente que toda la vida casi no habló y que cuando lo hizo fue en voz baja, cambia. Y apenas un accidente o una tragedia del barrio o del vecindario la pone en trance ante el micrófono desata todo su largo mutismo en canilla libre. Y mete la pata y acaba todo el vecindario peleado porque cada uno, aunque no vio nada o no sabe nada de eso que habla, igual habla.

Si hay algo que el modelo político de estos últimos ocho años ha hecho con gloria es poner al descubierto el charlatanismo mediático. Habernos alertado acerca de qué estragos ha venido causando y nos causa. Empezando por la democracia y los gobiernos. Lo que ha hecho es alertarnos acerca de sus peligrosos hechizos y de no habernos resistido y sublevado. Ya estamos avisados. Ahora viene la parte más difícil: moderar la adicción, reconocer el valor de los silencios, y- sobre todo- saber discriminar entre el que habla con conocimiento de causa y aquel parlanchín del que nos cuenta Truman Capote. No nos será fácil. Hay un tipo de verbosidad profesional que está cebada y ha hecho del mejunje de palabras y de temas una trampa para cazarnos con su hechizo. Esa trampa consiste en disfrazar de legítima a la palabra apócrifa. Cada cual es dueño de sus ojos y de su oído.

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