Se piensa que el de hoy puede ser un punto de inflexión. Que la excursión a Florencio Varela marcará un antes y un después en este duro derrotero de Central por esta temporada de la B Nacional.
Este plantel renovado que se armó para ir por uno de los tres ascensos no pudo, no supo o no tuvo con qué cumplir con el necesario protagonismo que ello implica. Fue retrocediendo peligrosamente en rendimiento y resultados hasta situarse en lo que parece un callejón sin salida. Hasta deja la sensación de un comportamiento autodestructivo, con más defectos propios que virtudes ajenas en la incidencia de los partidos, sobre todo de los últimos cinco que terminaron sin sonrisas. Fallas, distracciones tempranas, falta de convicción minaron la confianza de un equipo que no está constituido, que fue armado con demasiadas variantes, que se empezó a poblar de pibes porque los experimentados que llegaron no dieron el piné. Un cóctel que derivó en el desencanto.
Pero esa descripción del paisaje, con más o menos matices, es sabida por todos. Lo importante son los anticuerpos que deben aparecer para que esto cambie. Lo primero debe ser el deseo, puesto en práctica claro, porque debe estar en el inconsciente de que cada portador de la camiseta auriazul. De lo que se trata es que se transforme en una expresión de conjunto, en un colectivo solidario que pueda maniatar esos nervios traicioneros, pasárselos al rival y que decante en una estructura confiable. Además de tener espaldas, Russo les cree a los suyos, por eso resistió más de lo que lo hubiera hecho otro entrenador. Son los jugadores los que deben devolver esa confianza con juego y una rebeldía que, sin dudas, no puede faltar en las malas. Debe ser un antes y un después. No cabe otra. No hay lugar para grises. La historia lo demanda, pero más el presente. Todo el mundo espera que sea para bien.
Comentá la nota