En el fragor de la lucha los sentimientos van de aquí para allá. En el fútbol, una derrota caldea los ánimos, socava aspiraciones. Un triunfo apuntala, vigoriza, renueva esperanzas. Más allá de...
Quedarse en ese análisis frío de los números podría desembocar en un grueso error. De esa forma se estaría abonando, tal vez, un conformismo absurdo, que de hecho hoy está lejos de existir. La comparación sí sirve para fijar ideas. Que elevando el nivel de juego (eso incluye una mayor solvencia en defensa y, por supuesto, una clara mejoría en la definición) es una de ellas.
Aquel equipo tenía menos poder de gol. Había convertido ocho tantos (tres menos que este), con la particularidad de que contaba con un delantero que ya demostraba que andaba en racha. La referencia va para Gonzalo Castillejos (4), quien tenía (y tuvo a lo largo de todo el año) un escaso acompañamiento por parte de sus compañeros a la hora de marcar. La misma cantidad de goles había sufrido. Hoy la ecuación se mantiene. Este Central marcó 11 tantos y recibió el mismo número. Claro, los delanteros, por ahora, no pueden meterla ni con la mano (sólo Bracamonte pudo festejar, ante Atlético Tucumán), aunque sí está el soporte de los mediocampistas, hasta aquí autores de las otras diez conquistas. Un aspecto para resaltar. El tema es que eso no alcanza.
Esos cuatro puntos de diferencia lo marcan las derrotas. Se sabe que arriba no se llega por casualidad, que hay todo un trabajo que realizar y que tiene que ver no sólo con mostrar potencial en la definición, sino también solvencia a la hora de defender, aunque una cosa vaya de la mano de la otra. Lo concreto es que en esa ocasión cuatro derrotas parecen ser muchas, al menos para un equipo que, según su técnico, sus jugadores y su dirigencia, se armó para pelear en lo más alto.
La efectividad en cuanto a la localía no difiere demasiado (9 puntos contra 8), pero sí lo hecho fuera del Gigante (7 contra 4). Aquel equipo era menos goleador pero más efectivo y tenía otra manera de jugar, por ahí apostando más al desgaste físico del rival que ahora. Pero la sensación era otra. Seguramente el hecho de estar una temporada más en la B Nacional es lo que más irrita y lo que achica al mínimo el margen de tolerancia. Es impaciencia del lado de afuera y ataduras, muchas de ellas, emocionales, del lado de adentro. Todo eso cuenta y hace a la diferencia entre ambos procesos, más allá de que la misma, sobre todo por lo que aún resta por jugarse, sea escasa.
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