Oíd mortales el grito sagrado, convoca Jairo con el corazón abriéndole la garganta, y de la glorieta del Ferrourbanístico empieza a salir humo celeste y blanco.
Esta es la verdadera Fiesta del Sol, había dicho Gioja; la del bicentenario, había explicado ya gritando sobre los aplausos, y había hablado de cómo el Sol es más que un logo y se mete justo en medio de la celeste y blanca. Lo decía mientras al escenario empezaban a subir gauchos y paisanas, patriotas de época, y del fondo empezaban a encandilar los reflectores con los colores de la bandera.
A muy pocos les importaba estar de a miles en el pedacito de calle San Luis, o que algún discurso se prolongara, o que algunas candidatas a Reina debieran sentarse o salir unos minutos para recomponerse de tanta espera. Poco importaba el detalle, si el Pájaro, Marcela Podda y Pascual Recabarren acababan de leer la carta que deberán leer los sanjuaninos dentro de cien años. Menos importaba cuando Daniel Ahún y Mili Yacante ya habían arrancado ovaciones de clásico a La Estrella de Los Andes. Lo importante era que San Juan estaba estirando los brazos hacia la patria, una hora y media antes de la medianoche de anoche, justo la hora en que el Sol salió de la bandera y se metió en los huesos.
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