Por Joaquín Morales SoláUna historia de espías y de escuchas telefónicas. La culpa cae sobre un político opositor que aspira a sacarle el poder a la dinastía gobernante. En el medio, la actuación fulminante de un juez cuestionado y vulnerable, sospechado de hacer política más que justicia.
Macri se acaba de encontrar, de alguna manera, con su destino. La investigación sobre el espía Ciro James podría significar el fin de su carrera política si la Justicia determinara fidedignamente su culpabilidad en la investigación sobre los teléfonos intervenidos. La espiamanía del Estado, que hurga sin cesar en la vida de los ciudadanos públicos, es una carga demasiado pesada en la Argentina. Gran parte de la sociedad aspira, precisamente, a cambiar esa faceta tan notable en la era de los Kirchner, aunque no comenzó, desde ya, con el matrimonio que gobierna ahora. Macri nunca sería un relevo posible del kirchnerismo si no ofreciera cambios más profundos que la sola mutación de personas en el último vértice del poder.
Por el contrario, el jefe porteño se convertiría en una víctima del kirchnerismo si alguna instancia judicial (improbablemente Oyarbide) constatara que sufrió una persecución injustificada. Las sociedades suelen ponerse del lado de las víctimas. Su inocencia le daría, quizás, el envión que necesita su ambición presidencial. Basta recordar que nunca le fue mejor a Francisco de Narváez, durante la última campaña electoral, como después de que se comprobara que el ex juez Faggionatto Márquez lo perseguía por orden de funcionarios kirchneristas.
¿Qué hay en la causa que investiga Oyarbide? En primer lugar existe un juez que parece implacable con ex funcionarios del gobierno (Ricardo Jaime, por ejemplo), pero que estuvo dispuesto a sobreseer a los Kirchner por el inexplicable incremento de su patrimonio en menos tiempo del que lleva leer una declaración jurada. El principal problema del juez es que no es creíble. Y no lo es no sólo por lo que hace, sino también por lo que dice: le gusta más hablar con los periodistas que escribir sus resoluciones.
Pero también existió Ciro James. Fue empleado como abogado por el Ministerio de Educación de Macri y se dedicó a hacer lo que sabía hacer: escuchar lo que otros hablan por teléfono. Lo trasladó a la nueva Policía Metropolitana su primer jefe, el comisario Jorge Palacios, que debió renunciar en medio de una ordalía de juicios y de denuncias en su contra. Nadie sabe si Palacios es inocente o culpable, pero nadie ignora que es un policía polémico. Ese fue el error original de Macri: ¿por qué nombró a un hombre discutido al frente de la flamante fuerza de seguridad? ¿Por qué metió a la policía de entrada en un escenario de disputas y de resistencias?
Con todo, hay un aspecto de la investigación que Macri deberá explicar más que ninguna otra cosa: ¿qué hacía James escuchando los diálogos telefónicos del cuñado de Macri, el extravagante Néstor Leonardo? La versión del macrismo indica que el padre del jefe del gobierno capitalino, Franco Macri, le ordenó a una agencia de seguridad las escuchas de su yerno malquerido. A Mauricio Macri le costará explicar que la casualidad unió a James con sus dependencias oficiales y con la agencia contratada por su padre. Y que ambas cosas sucedieron por cuerdas separadas.
Es cierto que nadie (ni James ni Palacios ni el ex ministro de Educación Mariano Narodowski) nombró nunca a Mauricio Macri durante sus declaraciones ante Oyarbide. La única prueba que tiene el juez son llamadas telefónicas de James desde el mismo sector geográfico de la ciudad donde trabaja el ministro de Seguridad, Guillermo Montenegro, y donde vivía Macri, en Barrio Parque, que es donde todavía vive su padre. Montenegro es presa de una ironía de la historia. Volverá al mismo juzgado que dejó como juez para hacer política con Macri, pero esta vez como imputado en una delicada investigación judicial. Oyarbide es el juez subrogante del juzgado que Montenegro dejó vacante.
El macrismo salió a culpar al gobierno nacional de sus desventuras. Los ministros Aníbal Fernández y Florencio Randazzo se despacharon contra Macri ante todos los micrófonos abiertos, pero desmintieron que su gobierno estuviera detrás del juez. Caben pocas dudas de que el kirchnerismo usará la información (y, sobre todo, la mala información) que podría afectar a uno de sus más temidos contrincantes, Macri; el oficialismo entrevé a éste como un beneficiario posible del péndulo social que iría del progresismo hacia el centro.
Conspiraciones
Pero eso no es una novedad aquí ni ahora. Las conspiraciones y las operaciones exitosas existen sólo cuando hay materia prima para elaborarlas. Sólo cuando pueden ser corroboradas claramente. Por eso, lo primero que les debe Macri a sus fieles es una explicación cabal de lo que pasó. Si la explicación fuera convincente, será el gobierno nacional (y Oyarbide) el que tendrá que enfrentar la sospecha social por perseguir a sus adversarios. De otro modo, será Macri quien terminará entre las brumas de la desconfianza popular.
Los presidenciables andan de mal en peor. Carlos Reutemann no dijo nada, pero a su lado dejaron entrever que todavía no se definió por el sí ni por el no sobre su candidatura presidencial. Reutemann habló dos veces con este columnista en los últimos diez días y las dos veces repitió los conceptos que se publicaron en la edición de LA NACION del domingo pasado.
Fue él mismo quien contó que ya le había adelantado su posición sobre su candidatura presidencial a Eduardo Duhalde (a través de la esposa de éste, Hilda de Duhalde), y personalmente a De Narváez y a Felipe Solá. Lo hizo de esta manera: "Trabajen ustedes en sus candidaturas. Yo no seré candidato". Los tres confirmaron que esas conversaciones y mensajes existieron.
La última vez se le pidió expresa autorización para consignar esos datos como expresiones suyas. No puso reparos. Dos franjas de intereses se mueven en torno de él. Una es la de importantes dirigentes peronistas, que necesitan a Reutemann sentado con poder en una mesa de justicialistas que elegiría la fórmula del peronismo disidente. La otra es la de algunos laderos suyos, que no serían nada sin la sombra de Reutemann. Las dos franjas necesitan la posibilidad de la candidatura de Reutemann más que la candidatura en sí misma.
Son las razones (algunas legítimas y otras no tanto) de la política. El periodismo tiene otras obligaciones. Es preciso ratificar, por lo tanto, el contenido íntegro de la información publicada el domingo.











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