Caso Gramaglia: a 8 años del crimen que conmocionó a San Luis

El crimen que aún tiene final abierto. Dos hombres fueron condenados a prisión perpetua. Su sentencia no está firme. Ahora juzgan a otros dos.
Ayer se cumplieron ocho años del asesinato de Darío Walter Gramaglia, el caso que conmovió a San Luis. Entre la última hora del miércoles 22 y los primeros minutos del jueves 23 de setiembre de 2004 el joven fue secuestrado o sacado de su casa mediante un artilugio, golpeado, asfixiado y arrojado al lago La Florida.

En rigor, hay indicios, que probablemente nunca sean corroborados por mayor certeza, de que entre el homicidio y la última fase del asesinato, el ocultamiento del cadáver, transcurrió un día. Veinticuatro horas en las que el cuerpo del kinesiólogo cordobés de 29 años y un metro setenta y siete de estatura habría estado escondido en una obra en construcción lindera a la pizzería “Pizza Pisuela”, en la Avenida del Viento Chorrillero y Fray Mamerto Esquiú, de Juana Koslay.

Sí hay certeza de que una madrugada de aquel setiembre, la del 23 o la del 24, en esa propiedad prepararon un envoltorio con el cadáver y lo cargaron en una camioneta para llevarlo al dique.

A ocho años de aquel crimen que desafió la imaginación de los amantes de los policiales negros, pero el caso está lejos de ser cosa juzgada. Mientras dos hombres ya condenados a prisión perpetua, Alberto Figueroa, dueño de “Pizza Pisuela”, y Daniel Martínez, el pizzero uruguayo que trabajaba para él, han evitado hasta ahora que su sentencia quede firme, otros dos se exponen por estos días a la vara con la que la Justicia intenta medir su presunta responsabilidad en el asesinato.

Son el mecánico Pedro Alberto Soria y el albañil Hugo Simón Sánchez, juzgados por la Cámara del Crimen Nº 1.

Con el sello de la pasión

Fue por una mujer. DaríoGramaglia se había enredado en una relación amorosa con Sonia Merry Randazzo, la secretaria electoral de la Justicia federal de San Luis, esposa de “Beto” Figueroa.

Se habían conocido cuando el kinesiólogo empezó a tratar como paciente a la hija de Sonia y Figueroa, que padece una enfermedad neurológica.

Según dijo ella después, fue durante una separación con su marido, una de varias idas y venidas de una relación tortuosa que incluía episodios de violencia familiar.

La misma Sonia le había hecho temer a Darío las reacciones de Figueroa, según contó Adelma de Gramaglia, la mamá del kinesiólogo, en una entrevista exclusiva con El Diario de la República (ver páginas 5, 6 y 7). Para cortar con todo de raíz, Darío le había puesto fin a la relación y había derivado a la nena a otro fisioterapeuta, dice la familia.

Pero Sonia estaba obsesionada con él. “Entre agosto y setiembre, cuando Darío cortó con ella, lo llamaba diez veces por día, todos los días”, contó Mónica Gramaglia, hermana del kinesiólogo.

Puntilloso con los horarios de su trabajo y apegado entrañablemente a Lautaro, su hijo de 5 años (fruto de un matrimonio ya terminado con Laura Salinas), Darío detestaba llegar tarde a una sesión y jamás faltaba a la cita de retirar a Lautaro del jardín de infantes, en el centro de la ciudad.

Pero el jueves 23 no fue a atender a sus pacientes y dejó al nene plantado en la puerta de la escuela.

Esos “faltazos” tan impropios en él encendieron las alarmas de su familia.

Se había radicado en San Luis por su matrimonio con una joven puntana. Y, cuando esa relación terminó, permaneció en la provincia para estar cerca de su hijo Lautaro. En 2004, el kinesiólogo volvía a Córdoba, su ciudad natal, todos los fines de semana para ver a sus padres, hermanos y sobrinos y hacer una especialización.

El viernes 24, a las 8, su mamá lo esperaba con facturas y el agua lista para el mate en su casa cordobesa. Darío no llegó. Adelma empezó a rastrear en las empresas de colectivos y le informaron que todos los micros procedentes de San Luis habían arribado. Sergio Destéfanis, colega y amigo de Darío, fue con la Policía ese viernes a la tarde a la casa alquilada donde Gramaglia vivía, la número 12 de la manzana 321 del barrio 99 Viviendas, Cerro de la Cruz.

La halló cerrada con llave, en completo orden. Uno de los dos juegos de llaves de la vivienda estaba colgado en un llavero. Sobre una mesa, estaba el celular de Darío. El kinesiólogo jamás se desprendía de él. Su auto Volkswagen Senda verde estaba en la cochera, con las llaves puestas.

En un lugar donde el joven acostumbraba guardar dinero había mil quinientos pesos.

También hallaron los boletos de ida y vuelta a Córdoba. El pasaje de ida tenía horario para las dos de la madrugada de ese día.

La ex esposa de Darío hizo una solicitud de paradero en la Comisaría 7ª, que inició una investigación caracterizada por la ligereza y la displicencia, situación que motivó al jefe de Policía, comisario Vicente Videla, a apartar del cargo al jefe de la seccional, comisario Víctor Torres.

La decisión de Videla se debió a la presión de la familia Gramaglia, que inició en aquellos días desesperados un incesante ir y venir a San Luis que todavía no para y se prolongará hasta que termine el actual juicio oral, el segundo que realizan por el crimen.

Por necedad o acaso por un respeto reverencial hacia una figura pública, integrante de un poder del Estado, los responsables de la investigación policial –el jefe de la Comisaría 7ª, Torres, y el jefe de la Unidad Regional I, comisario Gerardo Velázquez– no quisieron admitir al principio que las sospechas más sólidas debían encaminarse hacia la hipótesis del drama pasional, que involucraba a Randazzo y Figueroa, ex funcionario de los ministerios de Salud y Educación de la Provincia.

Dijeron que analizaban el supuesto acoso de un paciente homosexual y eventuales “aprietes” por un conflicto sobre la propiedad de la casa que Darío alquilaba.

El paciente tuvo que esforzarse para dejar en claro que su trato hacia Gramaglia no desbordaba de la relación paciente-kinesiólogo.

Y en la inmobiliaria donde Darío pagaba con regularidad el alquiler desecharon cualquier conflicto entre el cliente y el dueño de la casa.

Ninguna presunción quedó en pie más que la conducente a Figueroa. La Policía le tomó una declaración a él y su mujer. Ambos dijeron que la relación de ella con Gramaglia era asunto del pasado.

Mientras tanto, los días pasaban y el joven no aparecía. La Policía, protectores comunitarios, buzos tácticos de la Prefectura Naval y de Bomberos de San Luis trajinaban campos, ríos y lagos en busca de algún rastro del desaparecido. El miércoles 29 de setiembre un avión Cessna 182 de cuatro plazas facilitado por la Quinta Brigada Aérea de Villa Reynolds sobrevoló el dique Chico, Cruz de Piedra, Potrero de los Funes y La Florida sin hallar vestigios.

El peor final era cada vez más probable. Ese día, a las seis y media de la tarde, el pizzero Martínez fue arrestado en la pizzería, media hora después de entrar a trabajar.

Al día siguiente, cuando era cada vez más fuerte la presión de los Gramaglia, que desde el principio insistían en que debían investigar la hipótesis del drama pasional, Alberto Figueroa fue detenido.

Sonia Randazzo contó a la prensa que habían advertido en los últimos días que la Policía rondaba su negocio, por eso su marido había llamado a la Comisaría 7ª para preguntar si había una orden judicial en su contra. Le dijeron que no. Después consultó en laSeccional 5ª de Juana Koslay y le informaron que había una orden del juez Penal Nº 2, Jorge Sabaini Zapata, para que el jueves a las 8:30 se presentara en el juzgado.

A las 8:15, cuando el dueño de “Pizza Pisuela” salía de su casa en el barrio Edén de San Luis, supuestamente para presentarse en el juzgado, la Policía lo interceptó.

Horas después allanaron su casa, la pizzería y la construcción lindera al negocio.

"Más unidos que nunca"

Ese día, Sonia Randazzo admitió a la prensa su romance con Darío, pero dijo que era una historia terminada y que la enfermedad de su hija la había reconciliado con su marido: “Nos mantiene más unidos que nunca”, dijo. Cuando un periodista le preguntó si Figueroa era capaz de atentar contra otra persona, Randazzo lo rechazó: “No tengo dudas de que no tiene nada que ver”, contestó.

Pero las pruebas empezaban a poner en jaque la presunción de inocencia de “Beto”.

Una vecina de Gramaglia, María Elizabeth Vanni, recordó que la noche del miércoles 22, cuando salió a sacar la basura, vio un auto bordó frente a la casa del kinesiólogo.

Gerardo Baudo, un bioquímico amigo de Figueroa, admitió que esa noche él le prestó su Volkswagen Gol a “Beto”, que se lo devolvió a la una de la madrugada del jueves. El Gol era bordó.

Figueroa tenía dos autos y también solía usar el de su esposa. Pero Baudo declaró que era habitual que él le prestara el suyo.

El jueves 23 –se supo después– Figueroa fue a buscar a Baudo al Hospital del Sur, donde trabajaba, para que lo hiciera atender en la guardia, porque tenía la mano derecha lastimada. “Se había golpeado con el borde de una pared”, dijo Baudo más tarde, cuando declaró como testigo al borde de las sospechas. En su auto hallaron dos cabellos de Gramaglia.

Pero la niñera de los hijos de Figueroa, Natalia Soledad Muñoz, declaró que aquella madrugada, cuando le vio la mano hinchada a su patrón y le preguntó qué le había pasado, Figueroa le contestó que se había lastimado cuando trataban de arreglar el Dodge Polara de su empleado de la pizzería, el uruguayo Martínez.

En el juicio oral contra Figueroa, el 24 de setiembre de 2008, cuatro años y un día después del homicidio, la misma testigo dijo que la explicación que le había dado su patrón sobre la hinchazón en la mano fue que se debía a “una mala posición al dormir”.

La noche del crimen ella vio a “Beto” entrar y salir varias veces de la casa. Además Figueroa lavó su auto Ford Sierra blanco, cosa que nunca hacía, menos en ese horario.

En el asiento del conductor del Polara hallaron una pequeña mancha de sangre a la que le hicieron el análisis de ADN y la cotejaron con el perfil genético de los familiares del kinesiólogo.

Según esa pericia, la sangre era de Darío. Ese resultado fue, a la postre, la prueba clave para incriminar a Martínez.

Pero no fue lo único que justificó las sospechas sobre el pizzero, que nunca abrió la boca para defenderse. Su compañera en “Pizza Pisuela”, María Elizabeth “Yeni” Carreras, declaró que la madrugada del 23 el dueño lo llamó por teléfono a Martínez y le dijo que lo esperara allí, mientras ella se iba.

La noche siguiente, “Yeni” notó muy nervioso a Figueroa, que llegó y le ordenó al uruguayo que lo acompañara a la edificación contigua.

Le ordenó que si no volvían a tiempo, ella cerrara la pizzería y se fuera. Es la noche, se supone, en que envolvieron el cuerpo para llevarlo a La Florida.

Los indicios de que Figueroa era responsable de la desaparición de su antagonista crecían junto con la desesperación de los Gramaglia por la ausencia del joven y de pistas sobre su destino.

Otro cadáver y un misterio El pizzero Martínez había recuperado la libertad por falta de pruebas en su contra (todavía no estaba el resultado del ADN a la mancha hallada en su auto) y el juez Sabaini Zapata analizaba qué posibilidades tenía de imputar a Figueroa por la desaparición de Gramaglia sin haber dado con la víctima o su cadáver.

El sábado 2 de octubre un camionero que paró a orinar junto a una ermita del Gauchito Gil, en la ruta nacional 147, veinte kilómetros al noroeste de San Luis, sintió olor nauseabundo. Revisó los alrededores y descubrió restos de un cadáver. Es Gramaglia, pensaron todos. No era. Era Claudia Elizabeth Dutheil, una joven de 18 años asesinada por su esposo, Gerardo Walter Sosa, la noche del 9 de setiembre, en una casa del barrio Cerro de la Cruz, en la misma zona de donde desapareció Gramaglia.

La madre de Dutheil, María Beatriz Guzmán, también se había chocado con la indiferencia de los policías de la 7ª cuando había ido a denunciar la desaparición de su hija y decir que Claudia jamás se hubiera ido por propia voluntad sin llevarse a su hijo de un año y un mes, que había quedado con el padre.

El enigma que perdura

El misterio por el paradero del kinesiólogo se estiró una semana más, hasta el sábado 9 de octubre, cuando hallaron su cuerpo sumergido en las aguas de La Florida. Pero el enigma de cómo llegaron al cadáver probablemente sobreviva a todos los protagonistas de la historia.

A la pista la dieron el viernes 8 a la tarde, en un llamado anónimo a un teléfono que el Ministerio de la Legalidad había habilitado para que quien quisiera aportara datos, aunque fuera en forma anónima.

“Dígale al ministro que busquen a Gramaglia en el dique La Florida”, dijo un hombre y cortó, informó el entonces ministro Sergio Freixes.

¿Quién podía saber dónde estaba el cuerpo si no era uno de los involucrados? Y en ese caso ¿porqué un partícipe en el crimen aportaría el dato?

El sábado a las seis de la tarde, un buzo táctico de Prefectura y otro de la Policía de San Luis se toparon con un bulto naranja en las profundidades oscuras del lago, cerca del vertedero secundario, conocido por los lugareños como vertedero chico.

Habían envuelto el cadáver con una carpa naranja de camión y le habían adosado un trozo de viga de hormigón de cuarenta kilos. No fuera cosa que flotara.

El albañil Hugo Sánchez, hoy juzgado como presunto partícipe en el crimen, reconoció que ese bloque era parte de un dintel que él había sacado de la obra en refacción contigua a la pizzería.

Cuando rescataron su cadáver del lago, el joven todavía tenía enganchado en el cinto el llavero con el otro juego de llaves de su casa. Fue la voluntad de los secuestradores truncarle la vida. El próximo 17 de octubre Darío hubiera cumplido 37 años. Pero no llegó siquiera a festejar los 30.

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