Casi 20 años llevando democracia a la montaña

César Castro es el empleado del correo que desde hace casi 20 años, junto a un guía y a un miembro del Ejército, sube las cajas a distintas localidades de alta montaña. Vivió decenas de experiencias durante sus travesías hasta Anca Juli. La de hoy será una jornada electoral especial, porque será la última antes de su jubilación
Una oficina pintada en tonos neutros sin ventanas, en el subsuelo de un edificio emplazado en el corazón de la capital. Un ventilador de pie, un dispenser de agua, un par de escritorios y dos computadoras. Ese es el ámbito en el que César Castro (66 años) desempeña sus tareas administrativas a diario en el Correo Central. Sin embargo, desde hace casi dos décadas, cada un puñado de años, el hombre cuelga su uniforme durante cuatro días para cambiar de paisaje. Emprende una travesía que le revela un cuadro con cerros, quebradas, ríos y precipicios; pintado con verdes, naranjas, celestes, marrones y ocres en todo su esplendor. "Don Castro" es el encargado de llevar -y traer- la urna en la que votan los habitantes de Anca Juli, localidad de alta montaña ubicada a 60 kilómetros de San Miguel de Tucumán.

Las elecciones de hoy tendrán un matiz especial para el empleado: será su último viaje antes de jubilarse. Emocionado y nostálgico, contó sus aventuras y vivencias a LA GACETA antes de partir.

Historias en alta montaña

"¡Es un paraíso! Ahora, el asunto es llegar", halaga y advierte Castro en la misma frase. Permanentemente, distingue entre el "aquí" y el "allá": la furia y la hostilidad de la ciudad en contraste con la paz y la hospitalidad de las alturas. Sentado en su despacho, abre grandes los ojos e imita movimientos mientras relata sus experiencias. Se sincera y confiesa que antes tuvo un taller mecánico pero que nunca imaginó cuando ingresó al Correo- hace 48 años-, que un trabajo de oficina podría esconder tantas travesías en la naturaleza. Aprendió que la clave del éxito de su misión está en el equipo (él viaja siempre junto a un miembro del Ejército y a un guía): "hay que tener un lugareño que conozca bien la zona y buenos caballos, deben ser altos. Viajamos en fila y llevamos dos animales extra. Hay que llevar calzado que no sea muy ancho, porque sólo hay que poner la punta de los pies en los estribos, para poder saltar ante cualquier eventualidad".

La anécdota que más recuerda no es grata porque su desenlace implicó que, por primera y única vez, el inicio de los comicios se retrasara unos minutos en la escuela 219. "Soy medio quisquilloso con esas cosas y venía protestando en el camino", aclara. "En una oportunidad se decidió que nos llevaran motos de un club de enduro. Salimos a las 11 de Chuscha, pensando que en dos horas, como máximo, estaríamos en Anca Juli. Hubo algunos problemas y tuvimos que ir hasta Chasquivil y San José de Chasquivil. Se hizo de noche, no podíamos encontrar el sendero y nos perdimos en el cerro. Llegamos a San José, donde dormimos. Luego, nos fuimos a caballo hasta Chasquivil, y de allí hasta Anca Juli, en moto. Había que subir el cerro. La moto de enduro no tiene pedalín atrás...imaginate el viaje que tuvimos. Cuando casi llegamos a destino, las motos no pudieron ingresar. Así que nos hicieron ir en avión", detalla. Luego, resume que en esas elecciones las urnas viajaron en vehículo, moto, caballo y helicóptero. Luego, repasa historias como la del soldado que quedó colgado del estribo, o la vez que el guía -dotado de la sabiduría de los lugareños- hizo un tajito en el cuello de una yegua que apenas podía respirar y le salvó la vida.

Agradece que hasta ahora no haya vivido ningún inconveniente grave. "Lo más peligroso es si llueve. Te arruina la vida eso, la tierra es roja y podés resbalarte con el caballo hacia algún precipicio", ejemplifica.

Antes y ahora

Castro está convencido de que las condiciones para el traslado eran mucho más desfavorables en el pasado. "Las urnas eran de madera, pesaban. Ahora, las de cartón, son más fáciles de transportar. Cuando llegábamos allá a las 21 ya teníamos que dormir porque se iba la luz. En la actualidad tienen paneles solares, iluminación en todos lados y televisión satelital. Hasta computadoras. No es lo mismo", compara.

Inclusive, relata que antes de que comience a hacer los viajes a los empleados del correo que distribuían los cajones les entregaban un par de palomas mensajeras. "Una vez que se contaban los votos arriba, en las patitas les ataban papelitos con esos resultados. Así que además, tenían que llevar las jaulas en las alforjas", añade.

El día electoral

El hombre sabe cada punto del Código Electoral Nacional (CEN) y jura que, por más que la relación con los pobladores es cálida, el día de las elecciones "yo aquí y ellos allá". "Siempre partimos el jueves antes de las elecciones, para asegurarnos. Desde que estoy, nunca pasó que los habitantes no pudieran votar. Cuando uno está arriba, es un punto de referencia, te consultan todo tipo de asuntos electorales", cuenta. Inmediatamente, se emociona al recordar cómo desde muy temprano la gente comienza a llegar de a puñaditos desde los parajes cercanos para sufragar. "Los mayores esperan desde las 7 para entrar. La mayoría de ellos salen de sus casas a las 5. Por ello, en cada votación, los habitantes matan un animal para que los votantes coman. Pavos, cabritos, corderos...eso sí, si quiere comer ¡debe llevar dientes de repuesto, es dura la carne, salvaje!", dice entre carcajadas.

Castro habla mucho con los lugareños y, también, los aconseja. "Les digo que cualquier candidato les puede dar un bolsón. Pero que, en el cuarto oscuro, nadie los controlará. Y si les dan votos marcados, les digo que los tiren. Tienen que pensar por sí mismos y votar como sientan", enfatiza.

Consigna que, generalmente, en los comicios anteriores votaban entre 150 y 160 personas. Pero, que en las Primarias hubo una participación récord de unos 200 vecinos.

Nostalgia cerreña

"¡Ahí viene el correo!" es el grito que antecede los pasos de los caballos. "No sé cómo hacen, pero calculan cuando estamos llegando, nos salen a saludar", se sorprende César. Inclusive, en uno de los parajes donde tienen descanso obligado, llamado Potrero, siempre son esperados con ansias: "durante años, una señora llamada Petrona nos recibía en su casa con mate cocido y tortillas de rescoldo. Ella ya no está, pero sus hijas nos tratan igual". Al igual que como ocurrió con Petrona, el empleado vio crecer y desaparecer a miembros de las familias de la zona. "Hay chicas que las vi de niñas; ahora son autoridades de mesa", ejemplifica.

Cuando habló con LA GACETA llevaba varios días de insomnio, esperando la partida. Esta vez, la última. "Es especial. Siempre me gustaron los desafíos. Es un logro llegar y, al volver, siento que cumplí una misión. Cuando tengo que regresar de allí me da nostalgia, porque nos tratan tan bien...Me despierto del sueño al entrar en la avenida Francisco de Aguirre", agrega con la voz entrecortada. Por estas horas, César debe estar comenzando a saludar a esos habitantes con los que hizo "buenas migas", con la promesa de volver a ese lugar "fabuloso". Pero, sobre todo, se despedirá con el orgullo de saber que durante casi 20 años llevó parte de la democracia a los cerros.

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