Una carrera para evitar el contagio

Por Luisa Corradini

PARIS.- En medio de la crisis más profunda desde la creación del euro, en 1999, Europa comenzó una auténtica carrera contra el reloj para evitar que Grecia caiga en default el 19 de mayo e impedir que la nueva ola especulativa que agita a los mercados pueda desestabilizar a otros países del sur del continente.

El derrumbe de las principales bolsas europeas, el repliegue del euro y la estampida de las tasas de riesgo traducen claramente la desconfianza de los mercados sobre las posibilidades de que los grandes países de la Unión Europea (UE) puedan superar sus divergencias, egoísmos y rivalidades para acudir en ayuda de un país en estado de coma: el gobierno del primer ministro Giorgios Papandreu -que rasca en vano el fondo de las cajas fuertes del Estado- debe hacer frente a un vencimiento de 11.200 millones de dólares el 19 de mayo. Luego -para sanear unas finanzas exhaustas por una deuda que representa el 113% del PBI y un déficit del 13,6% del PBI- debe aplicar un plan de austeridad que demandará un elevada cuota de sangre, sudor y lágrimas.

El plan de rescate por 60.200 millones de dólares definido por la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI) reviste una importancia crucial para Grecia porque, por el momento, el país "no puede recurrir al mercado de capitales", como tuvo que reconocer el ministro de Finanzas, Giorgios Papaconstantinou.

En esta dramática situación, los otros 15 miembros de la eurozona convocaron a una cumbre el 10 de mayo, para desbloquear los fondos. La elección de ese día no es casual porque para esa fecha la canciller alemana, Angela Merkel, habrá quedado liberada de la presión que representan las decisivas elecciones regionales en Renania del Norte, Westfalia, previstas para el domingo 9. En ese momento, también estará terminada la auditoría de la economía griega que realizan el FMI y del Banco Central Europeo (BCE) para decidir el plan de reformas que deberá aplicar el país.

Esa cumbre del Eurogrupo será la primera conferencia de ese nivel desde la reunión realizada en octubre de 2008 en plena crisis financiera. Pero el aspecto más significativo es que deberá pronunciarse sobre el primer plan de rescate a un país de la eurozona, en medio de una crisis sin precedente por su magnitud dentro de Europa. Hungría y Rumania, que recibieron 20.000 millones de euros en marzo de 2009, son miembros de la UE, pero no integran la zona euro. Letonia, que tiene el mismo estatus, recibió 9880 millones de dólares.

El largo proceso de desgaste que atravesó la UE desde que comenzó la crisis griega, en diciembre de 2009, puso de relieve una serie de fisuras que pueden amenazar la solidez del edificio europeo.

Por una parte, con este largo manoseo, la UE le hizo perder parte de su credibilidad al euro y envió una mala señal a los mercados, que -finalmente- descubrieron que no existen vallas para la especulación en Europa. Prueba de esa realidad es que, ayudados por las agencias de calificación y la torpeza de algunos políticos, los hedge funds que especulan con los seguros de default CDS extendieron en las últimas horas el perímetro de crisis a toda la zona PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España).

El griego Lucas Papademos, vicepresidente del BCE, agravó la tensión al afirmar que otros países tenían "problemas similares", palabras que sirvieron para desencadenar una nueva espiral especulativa. Un ataque sobre dos frentes o tres -si se agrega España- puede poner seriamente en peligro la estabilidad del euro.

Falsificación de estadísticas

En segundo lugar, la eurozona no tiene mecanismos ni estructura legal para sostener a un país en crisis. El euro, por tratarse de una moneda común a 16 países, tampoco admite la posibilidad de una devaluación, lo que restringe todavía más el margen de maniobra. Para cubrir esas dos grietas, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, proyecta mejorar la gobernabilidad económica del área y crear un fondo de intervención que -llegado el caso- permitiría intervenir rápidamente.

La UE tampoco cuenta con un sistema de monitoreo para evitar que se repitan las groseras falsificaciones de estadísticas cometidas por Atenas en los últimos años. Finalmente, la UE deberá mejorar su funcionamiento político para evitar las demoras y forcejeos propios de los períodos de crisis, sobre todo cuando se trata de poner la mano en el bolsillo.

Si la crisis griega sirve para adoptar esas mejoras, entonces estarán justificados los 60.200 millones de dólares que desembolsarán la UE y el FMI no para salvar a Grecia, sino para que simplemente mantenga la cabeza fuera del agua.

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