El capital político K

Por Jorge Fontevecchia.

A pesar de todo, los Kirchner siguen contando con el apoyo de un cuarto de la población argentina. No es mucho para quien aspire a ganar una elección presidencial, mucho menos en un ballottage, pero ese 25% puede garantizar un nivel de influencia longevo en la política si estuviera sustentado en convicciones que lo hicieran más o menos estable.

La cohesión de una parte de la población tras un relato, un mito, un significante, una ideología o como se lo quiera llamar debería fundarse en algunos componentes estructurales que amalgamen. Uno de ellos podría ser que el kirchnerismo quedó como única fuerza nacional con capacidad ejecutiva que reivindique una posición más a la izquierda, hacia el progresismo o cualquiera de sus variantes, y lo dejaron solo en ese terreno del arco político.

Todos los candidatos a presidente con cierta posibilidad de ir a una segunda vuelta y luego gobernar están ubicados en el sector del centro/centroderecha: Cobos, Carrió, Reutemann, Duhalde, De Narváez, Macri y Scioli (si fuera considerado por él mismo y no como candidato kirchnerista).

El radicalismo no tiene hoy el sesgo socialdemócrata que supo impregnarle Raúl Alfonsín en los 80. Carrió alcanzó su cenit en la política promoviendo la caducidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y acusando a los bancos en la Comisión de Lavado pero su evolución, y quizá también la propia diferenciación con Kirchner, la llevó hacia posiciones más ortodoxas.

El predominio del ala derecha en el peronismo es apabullante. Los peronólogos dirían que esto no es nuevo porque el PJ siempre fue de centroderecha y por eso, al revés del alfonsinismo, siempre adscribió a la democracia cristiana y no a la socialdemocracia. Y a Macri, por más esfuerzos de pluralidad que realice, nadie podría verlo fuera de la centroderecha.

Queda en el progresismo el socialismo de Santa Fe, pero no es una fuerza con penetración nacional; o Pino Solanas y Sabbatella, pero su juventud política les impide contar con una organización que pueda asumir el gobierno dentro de 18 meses.

Tantos más candidatos orientados hacia la derecha que hacia la izquierda explican también que la mayoría de los argentinos probablemente tenga una tendencia menos progresista. Pero eso no quita que quien haya logrado "desmarcarse" coseche electoralmente las ventajas de esa soledad posicional, porque mientras que el 75% se dividirá entre varios candidatos, el 25% progresista, de ser así y quedarse tras Kirchner, sólo se dividiría por uno.

No es la mayoría, pero una cantidad no despreciable de argentinos se siente representada con una visión donde la culpa de la decadencia de las últimas décadas obedece a las dictaduras militares y su feroz represión fue el vehículo para instaurar una economía antinacional. En Brasil los militares llevaron a cabo el uno por ciento de los asesinatos que acumuló nuestra última dictadura y la política económica de los militares brasileños siempre fue más heterodoxa, keynesiana, nacionalista y estatista que la aplicada en nuestro país.

La economía es otro núcleo duro estructural del capital político kirchnerista. Se discute el tamaño de los subsidios, que no se haga todo lo que se debiera contra la inflación, el INDEC, las alícuotas de retenciones o el grado de uso de las reservas. Pero nadie plantea un sistema económico muy diferente sino correcciones sobre el actual modelo: que haya retenciones pero menos, que el Estado intervenga en la economía pero de forma más moderada, y así en cada uno de los temas en discusión. Y sobre la inflación los empresarios aceptan que Kirchner podría decirles y ellos asentirían: "¿El milagro brasileño de la década del setenta no fue crecer muchos años al 8% con una inflación del 20% anual?". El problema sería cuando el 20% anual se transformara en mensual.

La economía de Kirchner es, con imperfecciones, la economía de Lavagna. Duhalde no podría promover otro modelo porque lo tuvo de ministro, ni tampoco el radicalismo, que tuvo a Lavagna como su último candidato presidencial.

La oposición, por lo menos por ahora, no tiene un plan económico alternativo y la centroizquierda no tiene otro candidato con capacidad de gobierno. Quizás allí residan las dos fortalezas estructurales del capital político K, resultado de que lo que está enfrente no le compite en su terreno, o en algunos terrenos le compite sin superarlo.

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