Por Roberto CachanoskySi el mundo no vuelve a complicar el canje y todo marcha como espera el Gobierno, la próxima semana se reabriría el canje de la deuda en default.
Sin embargo, la duda que queda es si alguien estará dispuesto a hundir inversiones en la Argentina con reglas de juego totalmente inciertas y con un proceso inflacionario que el Gobierno desconoce y se limita a denominarlo tensión de precios.
A esta altura del partido todos saben que, ante la ausencia de reformas estructurales que le den competitividad a la economía, el tipo de cambio real quedó retrasado. El aumento de precios internos frente a un dólar anclado se comió casi toda la devaluación del 2002, por lo tanto, quien tiene que tomar una decisión de inversión sabe que si toma prestados dólares, solo puede invertirlos en sectores que tengan ingresos dolarizados, básicamente ligados a la exportación. Y luego, tiene que tener la certeza que los bienes y servicios que produce no sean sometidos a la famosa separación de precios internos versus precios internacionales. Puesto en otros términos, que el Gobierno no le diga que por razones de consumo interno no puede exportar los bienes que produjo con la nueva inversión. Como el Gobierno tiene una clara tendencia a cambiar todos los días las reglas de juego, al punto que lo único previsible es la imprevisibilidad de lo que harán, aquí tenemos un punto de gran incertidumbre al momento de decidir una inversión.
Queda también para los supuestos futuros inversores que espera convocar el Gobierno para luego del canje, saber qué ocurrirá dentro de un tiempo con la maraña de subsidios que hoy distorsiona los precios relativos y acumula presión sobre el gasto público. ¿Podrán los rojos números fiscales sostener subsidios a la energía, el transporte, entre otros, indefinidamente?
Si alguien decidiera tomar un crédito en pesos en vez de en dólares, ¿cuál sería la tasa de interés nominal que habría que pagar con una inflación que hoy apunta hacia el 30% anual y más?
El debate de fondo es definir la tasa de interés. Si uno se limita a considerar que el riesgo institucional no forma parte de la tasa de interés, el razonamiento lineal del Gobierno podría entenderse mejor. El problema es que hace rato que economistas como Ludwig von Mises, Hayek y muchos otros explicaron que la tasa de interés no es el precio del dinero como comúnmente se cree, sino que tiene varios componentes, entre ellos, la seguridad jurídica que impera en un país. La estabilidad en las reglas de juego que permiten previsibilidad y planeamiento de largo plazo y el respeto por los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos son un componente básico de la tasa de interés.
Ya se ha demostrado que los países crecen cuando tienen inversiones y que las inversiones fluyen hacia aquellos países que cumplen tres requisitos básicos. En primer lugar el imperio de la calidad institucional o, como dicen los ingleses, "the rule of law". En segundo lugar debe haber disciplina fiscal y en tercer lugar hace falta disciplina monetaria.
En materia de calidad institucional el matrimonio ha hecho cuanto ha podido por pulverizarla.
Por el lado de la disciplina fiscal, basta con ver los números fiscales (no los que son un secreto) para darse cuenta que el gasto sigue creciendo casi 10 puntos porcentuales más que los ingresos y el que el déficit tiende a desmadrarse. Y en materia de disciplina monetaria sólo hay que ver la tasa de emisión del Banco Central y la nueva filosofía que impera sobre el rol que debe cumplir dicha institución, para advertir que no es otra cosa que una vuelta al viejo BCRA que tuvo la capacidad de destruir cuatro signos monetarios y brindarnos inflaciones de dos dígitos anuales altísimos, para luego ir a los tres dígitos y terminar en la hiperinflación.
Si el Gobierno logra hacer un canje relativamente exitoso, habrá que ver si el país consigue tener una avalancha de inversiones en el medio de ausencia de respeto a los derechos de propiedad, creciente desborde fiscal, desorden monetario y, encima, una distorsión de precios relativos que, más tarde o más temprano, se acomodará por las buenas o por las malas.
En definitiva, llegó la hora de la verdad. Habrá que ver si habiendo salido del default, tenemos una avalancha de inversiones sin cumplir con los tres requisitos básicos que inexorablemente tuvieron que cumplir todos los países que lograron crecer en forma sostenida o habremos inventado un nuevo modelo, diferente como dice Cristina Fernández, donde da lo mismo ser un país previsible que un país sin moneda, sin respeto por los contratos ni la propiedad y con desbordes fiscales récord.

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