Campañas con poco encanto

Por Gerardo Milman Diputado Nacional (GEN)

La campaña electoral no sólo debe servirle a los candidatos y a los partidos o alianzas políticas para posicionarse o para medir correlaciones de fuerza sino, fundamentalmente, deben ser útiles para la ciudadanía.

No debería ser un aquelarre de propuestas confusas, de agravios cruzados o de mensajes que surcan el espacio político buscando seducir al electorado mediante técnicas de marketing, confundiendo ciudadanía con mercado.

Si bien es cierto que se compite por el favor del electorado, es decir por llamar su atención y obtener el voto, las campañas deberían dejarle a la ciudadanía algo más que la sensación de que la disputa es circunstancial, transitoria e interesada simplemente en definir relaciones de poder.

Una democracia donde “los dueños de la política” apelan a los electores para definir sus asuntos en lugar de convocarlos para mejorar las cuestiones de verdadero interés público, es una democracia cooptada. En cambio, un régimen que impulsa la docencia mediante la exposición abierta de proyectos alternativos y el involucramiento público como motor y destinatario principal de su futura acción, parece un modelo de democracia más inclusivo y sustentable.

La democracia necesita una fuerte dosis de involucramiento público tanto para sobrevivir y progresar como para evitar abusos de poder . Por eso, la forma de reparar la actual crisis de representación de los partidos pasa por abrir nuevos canales de comunicación donde el sentido de la participación política sea de ida y vuelta, antes que de una sola vía.

El gobierno ha sido inteligente al hacer propias iniciativas de cuño opositor como la asignación universal por hijo a la que, ciertamente, le faltan ajustes. La oposición debería ser lo suficientemente imaginativa como para imponer en la agenda cuestiones básicas similares tanto en aspectos institucionales como en los sociales, los referidos a la generación de viviendas o a la lucha estructural contra la corrupción.

Perder de vista al elector transformándolo en un número es un error que nos viene costando caro.

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