Última semana de actividad proselitista, en un panorama que estuvo marcado -en general- por la pobreza a la hora de discutir propuestas y posicionamientos. La aparición de Verna sumó una perlita divertida y la gran incógnita parece ser Santa Rosa.
La campaña proselitista ingresa en su recta final, en medio de un panorama en el que no han brillado las propuestas enriquecedoras ni la discusión de ideas, sobre todo en nuestra provincia, con la aparente seguridad de que a grandes rasgos está definido el resultado de los comicios a nivel presidencial.
Sin embargo, la elección tiene algunos componentes que la hacen extraordinaria e instala ciertas incógnitas respecto de la decisión ciudadana, sobre todo en las otras instancias clave que se ponen en juego el próximo domingo: el ejecutivo provincial y el ejecutivo municipal.
En el primer caso, todo indica también que el gobernador Oscar Mario Jorge cuenta con la inestimable ventaja de integrar la misma boleta que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que es sin dudas la figurita al lado de la que hoy todos quieren estar.
En el caso de la capital provincial, la puja aparenta ser -como ya es tradición- entre el postulante del Partido Justicialista, vencedor tradicional, y el actual intendente, que en representación del Frente Pampeano busca su reelección.
Esa pelea también tiene componentes particulares: Luis Larrañaga, sin necesidad de explicitar cuál es su posicionamiento ideológico, rodeado en buena parte de los mismos allegados que tuvo en su momento Juan Carlos Tierno, ha tenido algo de fortuna y también el éxito de su mensaje para asomar como un presunto “nuevo en la política”, en base a un discurso casi vacío de contenidos.
Frente a él, el jefe comunal Francisco Torroba sabe que le toca bailar con la más fea: se juega a todo o nada tras algo más de dos años de una gestión que en algunos aspectos le cambió la cara a la forma tradicional que se había vuelto costumbre, y que aunque es reconocida por una mayoría como un paso adelante para la capital provincial, no significa que esa buena imagen se traduzca automáticamente en sufragios.
torrobalarra
Si Larrañaga tiene la suerte de integrar la misma boleta que la candidata con mayor intención de voto -aún cuando no ha planteado de modo contundente coincidencias con el “proyecto nacional y popular”- a Torroba le pesa no sólo la mochila de que su fuerza lleva -aunque por separado- candidatos presidenciales que generan menos entusiasmos, sino también un postulante a la gobernación que ha forjado su identidad política desde un discurso anti-K, que en este contexto lo perjudica.
La circunstancia abre la posibilidad, especialmente a los ciudadanos de Santa Rosa, de evaluar las consecuencias del voto: como siempre, pero también de manera especial, hay un panorama que permite aventurar que una importante porción del electorado es capaz de apelar a distintas combinaciones diferenciando las cosas que se ponen en juego en las distintas jurisdicciones.
...y una de arena
Lo que no puede negarse, sin embargo, es que la campaña ha sido notablemente pobre en cuando a la presentación de propuestas o el debate de ideas, porque los candidatos -de los distintos sectores- han mostrado mayor preocupación por otros aspectos, muchas veces de corte más bien administrativo antes que político.
La aparición de los últimos spots ratificó esa tendencia, donde -en algunos casos de modo casi caricaturesco- los postulantes prefieren apelar a una suerte de “onda positiva” que deriva en el vaciamiento de los discursos y de la propia actividad política.
No es un secreto que el sector “Nuevo Encuentro”, por citar un ejemplo, ha hecho esfuerzos desde hace tiempo para mostrarse como el espacio más “genuino” de simpatía con el gobierno nacional, el kirchnerismo o el “proyecto nacional y popular”, pero ese planteo conceptual no es suficiente para imponer un eje de campaña.
También es cierto que el posicionamiento de los distintos postulantes y fuerzas intervinientes en la elección contribuye a generar confusiones y ambigüedades.
La consecuencia de esa situación es que termina cobrando mayor importancia, a la hora de imponer una postulación, la cantidad de recursos económicos que se ponen a jugar para pagar afiches o papelería, que el propio contenido de las propuestas.
También es notable que la fragmentación que atraviesa el partido del gobierno, suma otro componente a la feria de enredos.
Como frutilla de ese postre, durante la semana que se fue hizo su reaparición Carlos Verna, que por su propia cuenta había decidido salirse del juego, en alarde de un acto irresponsable, renunciando no sólo a una candidatura cualquiera, sino a la postulación para ser gobernador de una provincia que el partido del que él forma parte conduce desde hace casi 30 años.
Sólo porque la dirigencia política en general exhibe una calidad lamentable -no sólo en la provincia sino en el país- un personaje que hizo lo que hizo puede reaparecer y sumarse a una campaña haciendo lo que se le antoja, sin tener ni siquiera en cuenta a su propia facción, e incluso poniendo organismos del Estado -como el bloque senatorial- a disposición de la campaña proselitista.
La reaparición de Verna pretende ser exhibida como una demostración de fuerzas por sus seguidores y allegados, pero si alguien analizara desde un elemental sentido común ese tipo de comportamientos y conductas bien podría derivar en una mayor pérdida de credibilidad y en el aumento de las desconfianzas que el propio Verna ha sabido hacer germinar a lo largo de su sinuosa trayectoria pública.





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