La probable victoria de Hollande provoca reacciones encontradas
Desde la perspectiva de la Casa Blanca, una victoria socialista podría entenderse como un posible cambio en la política de austeridad que, hasta ahora, impuso Berlín, algo que parece más en la línea de lo que favorece Barack Obama.
Ese debate entre austeridad o estímulo se reproduce en los Estados Unidos y se proyecta en el enfrentamiento entre republicanos y demócratas de cara a la campaña electoral.
El premio Nobel Paul Krugman, por ejemplo, predica desde sus columnas en The New York Times "el suicidio económico de Europa" y fustiga "la insensata obsesión de los líderes europeos por la austeridad", convencido de que esa estrategia no sirve para el crecimiento y, por tanto, no vale para superar la crisis.
En el frente conservador, la réplica es que, aunque la austeridad recetada por Angela Merkel no surtió, hasta ahora, el efecto que se esperaba, bien podría hacerlo en el largo plazo, de acuerdo con lo que conjeturaba días atrás Irwin Steltzer en The Weekly Standard.
A diferencia de Europa, aquí el gobierno considera que la austeridad, por sí misma, puede ser contraproducente. Obama se inclina más hacia el estímulo y se apoya, para eso, en los datos que sugieren que, gracias a ello, el país está evitando un escenario de recesión.
En el otro extremo, el precandidato republicano Mitt Romney habla de ajuste y pone a Europa como "el mal ejemplo al que nos llevará Obama si sigue cuatro años más en el poder". La idea que maneja es que "el despilfarro demócrata" terminará llevando a los Estados Unidos a una situación de insolvencia y desempleo como la de España o Portugal. Son imágenes potentes para un escenario inquietante.
Intereses
"A Estados Unidos le preocupa Europa, donde sus intereses sobrepasan las situaciones o episodios de cierta rivalidad", dijo, días atrás, el analista jefe del Financial Times para la eurozona, Martin Wolf, en una nutrida conferencia que ofreció en el Peterson Institute de esta ciudad.
Su panorama fue más bien sombrío: "No habrá salida de la crisis antes de cinco o diez años", pronosticó, como si nada. El dato está llamado a tener impacto en Estados Unidos, ante la certeza de que eso afectaría negativamente la recuperación estadounidense.
"Las inversiones norteamericanas en Europa triplican las realizadas en Asia y el comercio entre ambos bloques es el de mayor dimensión del mundo con diferencia; millones de puestos de trabajo en Estados Unidos dependen de Europa y viceversa", argumentó, ante un público demudado.
En ese contexto, el temor a que la recuperación europea lleve más tiempo del esperado se instala en el radar político de esta capital, donde no pocos creen que una hipótesis de ese tipo tendría impacto negativo en los planes de reelección de Obama (ver aparte).
"Les puedo asegurar que la crisis de la eurozona me preocupa bastante más que lo que puedan hacernos los republicanos", confesaba, días atrás, el vicepresidente Joe Biden, en una comida proselitista para reunir fondos de campaña en Chicago. "Eso sí nos la puede hacer pasar mal", añadió.
La afirmación es curiosa, si se tiene en cuenta que, en los tres años que lleva en la Casa Blanca, Obama puso su prioridad no tanto en el Viejo Continente como sí en Asia y el Pacífico.
"Más que por lo que haga Mitt Romney, yo, que Obama, me inquietaría más por lo que decida la alemana Angela Merkel", corroboró Nurman Ornstein, del American Enterprise Institute.
En la misma línea de la reflexión de Biden, el chascarrillo incluye, en este caso, la percepción de que es la canciller alemana la que marca el paso en el bloque europeo y, más significativo aún, que a ella se debe la política de austeridad fiscal a la que se resiste buena parte de sus miembros..





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