Por Jorge FontevecchiaAyer, la tapa de PERFIL llevó como título “Cambio de clima”. En este ejemplar de hoy, sociólogos de las principales encuestadoras debaten sus pronósticos sobre el tema.
La historia de las últimas décadas no nos preparó a los argentinos para creer en la continuidad. Siempre se está a la espera de que se cumpla aquello de que “esto no va a durar”. Aprendimos a estar atentos a cualquier señal de la fortuna que indique una modificación de la tendencia. Generalmente, abrupta.
Los pronósticos están influidos por los deseos. Los que odian a Cristina Kirchner no dudan en ver en la tragedia del tren el punto de inflexión que indica el comienzo de un descenso de la popularidad de la Presidenta, que se tornará con el tiempo en “irremontable”. Siguiendo la lógica amigo-enemigo de Carl Smith, sostienen los antikirchneristas que lo que Ernesto Laclau no le explicó a Cristina es que el problema se detona cuando se juntan los enemigos. Y hacen la lista de los nuevos que se van agregando: Moyano (quien ya dice que “el Gobierno perdió el rumbo”), los empresarios ex amigos, los ecologistas; ahora, los maestros.
Como siempre, lo mismo que es virtud en el momento de éxito por efecto del exceso se convierte en defecto en el momento de infortunio. Ya sea, en este caso, la elección de los enemigos o el relato. Este último, tan meneado recientemente, siempre está al límite de pasar de lo sublime a lo patético, y la propia Presidenta, de parecer tan buena actriz como Meryl Streep a lucir –caída su máscara– tan poco creíble como Sylvester Stallone en las últimas Rocky. Ya lo decían las abuelas a los nietos: “Lo mismo que te enamore y te lleve al matrimonio años después será por lo que te habrás de divorciar”.
Los discursos de Cristina ya son un fin en sí mismo. Una puesta actoral que despierta tanta irritación entre quienes no la soportan, como admiración entre quienes la idolatran. Si no habla, si habla, si habla mucho. Si estuvo agresiva un día y conciliadora cuatro días después. Es cierto que cambia de argumentos como de vestidos, pero para quien habla tanto no podría haber otro destino que el de la contradicción. El imperio del discurso termina haciendo mella hasta en Macri, por su deslucido hablar. Y qué bien se vienen mutuamente Macri y el kirchnerismo. Aunque más el primero al segundo.
Pero tanta oralidad de “la muda” Cristina, asignándose siempre el mérito de todo lo bueno que sucede en Argentina, tiene como contrapartida el tener que soportar que luego se le atribuya la responsabilidad de todo lo malo. Es tan injusto lo primero como lo segundo. Pero en la política, ya se sabe, justo e injusto no constituyen valoraciones relevantes.
La semana próxima, PERFIL publicará encuestas que miden cómo influyó en la imagen de la Presidenta el accidente del tren. Los primeros indicios muestran que ya habría perdido unos 10 puntos en su popularidad, pero aun así todavía estaría por arriba del 54% de los votos que sacó en octubre pasado y nadie de la oposición se beneficia por eso. El caso Boudou y el Proyecto X habrían desgastado más al vicepresidente y a la ministra de Seguridad que a la propia Cristina.
Hace tres semanas escribí una contratapa titulada “Cuando no entran las balas” y en los últimos días, después del accidente de Once, varios columnistas utilizaron la figura inversa: “Comenzaron a entrarle las balas”, “Se disolvió la armadura” o “Se acabó la luna de miel”. Yo no estaría tan seguro de que la tragedia del tren haya sido la kriptonita que dejó sin poderes especiales a la Súper Cristina. Está a una altura desde donde puede caer por bastante tiempo.
Como siempre, será la economía la que termine decidiendo la partida. Pero aun los economistas críticos aseguran que, por lo menos este año y quizás hasta la mitad del año próximo, el Gobierno tiene asegurado el oxígeno para seguir su camino sin grandes sobresaltos. Es una diferencia de pocos meses, pero para las elecciones de medio turno del año 2013 puede hacer la diferencia entre el triunfo y el fracaso. Las cartas todavía no están echadas. Además, la shakespeareana trama argentina aporta sus propias sorpresas. Llevamos menos de noventa días del segundo mandato de Cristina. Quedan por delante mil doscientos más.



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