Por Gustavo VeigaVaya un precepto bíblico futbolero a manera de introducción.
El concepto no cambia con el resultado puesto. Argentina jugó pésimo los primeros 45 y mejoró cuando volvió de los vestuarios. Sabella apostó a una estrategia cautelosa, de control y pases laterales, como si enfrentara a dos rivales juntos: Colombia y el calor de Barranquilla, ese viejo karma. El esquema 4-4-1-1 ante una selección que tampoco salía y esperaba garantizó la posesión de pelota, pero no su desequilibrio con ella. Una y otra vez, volvía para atrás, para reiniciar la jugada y que la tuvieran los que menos saben: Braña, Guiñazú, los centrales y en menor medida los laterales. La Selección no pisaba el área, Colombia tampoco.
Pero, está demostrado, una pelota detenida bien utilizada puede ser medio gol en contra, con Mascherano –en este caso– como coautor. La estantería se vino abajo. Había que volver a empezar y cambiar los conceptos, la idea fuerza con que la Argentina había salido a durar en Barranquilla. Parecía complicadísimo, pero no imposible.
Un gesto de audacia tardía, el ingreso de Agüero, ofreció una alternativa más en ataque. La cancha se abrió, Messi pensó mejor el partido, Sosa levantó el nivel volcado a la izquierda, el equipo se paró veinte metros más adelante y tuvo paciencia para fabricarse los huecos. La pelota ya no corría a lo ancho y se desplazaba en sentido vertical. La Selección tomó riesgos y las situaciones de gol llegaron por inercia. Colombia, temeroso, contribuyó metiéndose en un embudo.
Semejante cambio provino de nuevas señales del técnico, pero sobre todo de los jugadores. El fútbol es uno solo. La cabeza con que se juega lo determina. Si se sale a aguantar, generalmente se pierde. Si se sale a ganar y Messi juega para nosotros, hay más chances de triunfar en cualquier cancha, aun cuando los antecedentes inmediatos sean la primera derrota de la historia contra Venezuela y un empate como local contra Bolivia.
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