Ricardo ForsterCuando poco y nada queda por cuestionar lo que emerge, una y otra vez, es la ya conocida y gastada estrategia de reducir la política a fraude o corrupción.
Hace mucho tiempo que la cooptación de la oposición por la agenda mediática la dejó huérfana de ideas.
Lo cierto es que nunca como en estos días, el ciudadano de a pie pudo contemplar el vacío argumentativo y la falta de propuestas y de cualquier atisbo de seriedad de parte de una oposición que, como dijimos en algún otro artículo, se parece más a una tienda de los milagros que a un conjunto de fuerzas políticas capaces de desplegar posicionamientos acordes con las necesidades de nuestro país. Al propio oficialismo le está faltando una oposición a la altura de las circunstancias capaz de plantearle desafíos políticos e intelectuales que pongan a prueba la consistencia de sus estrategias y de sus objetivos. La pobreza más que franciscana de la oposición degrada la vida democrática, la hace más frágil e inconsistente allí donde le deja a las usinas mediáticas hacerse cargo de “inventar” cada semana algún “escándalo” que pueda dañar a Cristina Fernández de Kirchner.
Mientras sigan siendo las tapas de Clarín o las “sesudas” columnas de opinión de periodistas e intelectuales independientes que se despachan a diestro y siniestro desde las páginas de La Nación, las que fijen “la política” de la oposición, el destino de esta última continuará siendo el pantano en el que seguirán hundiéndose inexorablemente. El Gobierno, mientras tanto, seguirá desarrollando una gestión que parece convocar a una mayoría consistente de ciudadanos que ya no comen vidrio y que han podido establecer una relación entre su propia experiencia y lo que efectivamente viene aconteciendo en el país. Pocas veces, como en estos meses, se ha producido una clara puesta en evidencia de lo que ha sido la construcción de un relato de la realidad que se organizó alrededor de la falacia, el fraude informativo y la deslealtad respecto de la propia realidad. Un viejo contrato entre los medios de comunicación, hasta hace poco hegemónicos, y su público ha quedado al borde de la ruptura. Ese contrato exigía, al menos de parte de los medios, un cierto equilibrio, un juego mínimamente verosímil que no arrojara sobre la realidad un manto de ficciones insostenibles. Más allá de los aciertos y errores del Gobierno ha sido la propia corporación la que, con su intransigencia salvaje y su absoluta carencia de ecuanimidad informativa, ha habilitado la sospecha creciente del ciudadano dispuesto a no dejarse capturar por un relato atravesado por el odio y el prejuicio y sostenido con exclusividad en la defensa de intereses económico-políticos. Atrapados en su propia dinámica los grandes medios concentrados no pueden cambiar una práctica que los conduce directamente hacia la deslegitimación que, cuando finalmente ocurre, es muy difícil de remontar.
Todos, sin excepción, siguen azorados porque tanto insistir con un relato hecho de críticas despiadadas, de denuncias inconsistentes y nunca comprobadas de corrupción, de profecías incumplidas acerca de catástrofes inminentes, de improvisación gubernamental, de jóvenes “subversivos” copando cargos y afianzándose como ejes de un poder omnipresente y autoritario, de una Argentina “aislada del mundo” y débil para enfrentar los tremendos desafíos de una época de crisis, de pobres más pobres que nunca, de clientelismos desmadrados, de supuestos “vientos de cola” que explican el crecimiento de la economía o de la “utilización oportunista de su condición de viuda” por parte de la Presidenta (alcanzando aquí el paroxismo de la impudicia), etcétera, no han producido otra cosa que un efecto boomerang sobre ellos mismos. ¿Quién puede resistir la lectura de diarios que desde la primera a la última página sólo despliegan una lógica del terror informativo? ¿Quién puede creerles a quienes sólo se dedican a reproducir hasta el hartazgo operaciones que se deshacen al correr de los días para ser reemplazadas por otras operaciones que esperan el mismo destino?
No se trata de que el Gobierno haya hecho todo bien, eso es algo absurdo e insostenible en el interior de una sociedad y de una realidad compleja y contradictoria en la que nada es sencillo ni lineal. Siempre hay errores, fallas, desvíos, problemas de distinto tipo que son parte de la vida de una sociedad y de las fragilidades propias de la política de cualquier oficialismo (incluso de aquellos gobiernos que pueden ser reconocidos como virtuosos). El kirchnerismo ha atravesado sus propias contradicciones, pero lo ha hecho de cara a la sociedad y sin eludir el debate público. Le ha tocado gobernar un tiempo argentino extremadamente difícil, no sólo por las condiciones internas siempre problemáticas sino, también, por las arduas vicisitudes de la economía mundial; pero lo ha hecho con decisión y creatividad sacando al país de una dinámica de decadencia que parecía irrefrenable. Lejos de aceptar esto la oposición político-mediática prefirió inventarse su propia realidad elevándola a verdad incuestionable. Los resultados del 14 de agosto rompieron en mil pedazos esa estrategia absolutamente inverosímil y terminaron por llevar a las fuerzas opositoras a un callejón sin salida. De muchas cosas se vuelve, menos del ridículo y de la transformación en pellejos vacíos de quienes supuestamente deberían ser portadores de tradiciones políticas y de propuestas efectivas capaces de dirimir con quien hoy fija las condiciones del debate en el interior de nuestra sociedad: el kirchnerismo.


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