De Cali a Anguil, para cumplir un sueño

Mario Vega - Seguro que cada uno tiene una historia para ser contada. Algunas podrán aparecer, según quien las considere, mínimas; otras podrán tornarse interesantes. La de Luna del Mar es, por lo menos, distinta.
Los ojos marrones, la sonrisa blanca iluminando su rostro moreno, el cabello oscuro atado en una cola y el cuerpo menudo disimulado entre la ropa amplia. Un nombre que se me ocurre hermoso -Luna del Mar-, y un apellido conocido. El sol pega pleno sobre el parque Don Tomás, y sentados a una de las mesitas del paseo comparte la charla conmigo, mientras Sebastián -su novio- "custodia" desde cerca.

Luna del Mar Torroba (24) es una jovencita que tiene una historia particular, algo complicada en su Colombia natal, y bastante más ordenada y relajada desde que se hizo "una pampeana más, una representante de Anguil", que así le gusta ser reconocida.

Torroba. Sí, hay muchos Torroba en la zona, como que uno de ellos fue hasta no hace mucho intendente de Santa Rosa, y hay otros vinculados sobre todo con la actividad agropecuaria. Ella es familiar del ex jefe comunal, y su papá es Alberto, aquel que en otras épocas en esta ciudad fue conocido, como dice la canción, como "el extraño de pelo largo".

De la montaña a la llanura.

¿Pero cuál es la historia de esta niña? "Nací en Cali, un lugar bien distinto de este", dice mientras mira de soslayo en derredor. La planicie pampeana, disimulada en ese oasis que es el Parque Don Tomás, tiene poco que ver con esa ciudad entre montañas cuyas calles recorrió cuando pequeña, o aún de Tumaco, ese lugar encantador con su playa bajando hacia el Caribe.

Hasta los 11 años Luna del Mar era una chiquilla que tuvo "una vida rara. Mi mamá era vendedora ambulante, media hippie. En realidad una artesana que andaba con su mantita de aquí para allá. Hizo la escuela primaria en Cali, y no tenía muy claro el concepto de padre-madre" porque Alberto había partido, cruzaba los mares y recorría el mundo, en tanto Luna del Mar empezaba a quedarse con sus tíos, particularmente con "tía Amparo", que iba a reemplazar de alguna manera a su madre. "Pero él siempre supo que yo había nacido, porque mi madre le habría escrito". Y cabe preguntarse cómo habrá sido esa comunicación, en tiempos donde no había celulares, ni internet, y Alberto era un navegante solitario de un barco pequeño y frágil expuesto a los avatares del océano. La cuestión es que, no se sabe como, supo que en Cali había quedado una hija. Amparo se comunicaba "de tanto en tanto, de alguna manera" con Alberto y le hablaba de su padre a la pequeña Luna del Mar, hasta que él dijo "la quiero conocer". Se hicieron los contactos y un día la pequeña, con sólo 11 años, fue puesta en un avión al cuidado de las azafatas.

Un encuentro especial.

En Ezeiza enseguida lo vio y se dio cuenta que era él: allí estaba, entre el gentío, alto, rubio, el pelo hasta los hombros... el hombre miraba con avidez, pero no parecía darse cuenta cuál era la niña que estaba aguardando.

De pronto alguien, personal de a bordo, se le acercó y le dijo: "Ella es su hija". El hombre corpulento miró hacia abajo y la vio, se agachó y la tomó entre sus brazos. "Me quedé allí, dura, quietita, sin saber qué hacer, porque aunque sabía que era mi papá, era un desconocido para mí". Cabe imaginar que no debe haber sido fácil el primer contacto, las primeras palabras... Después algunas horas en Buenos Aires, algunas vueltas por allí, y el viaje en micro para llegar a Santa Rosa, y desde la Terminal en un automóvil Citroen 2CV directamente al campo, ubicado a pocos kilómetros de Anguil.

"Todo era muy distinto allí para mí, porque en realidad mi vida era en Cali más urbana, de andar por las calles llenas de gente, pero me fui acostumbrando y al poquito tiempo ya me sentía muy bien. Me adapté rápido, y en cuanto al acento colombiano, enseguida ya no lo tenía más", cuenta.

La vida en el campo.

Le gustó rápidamente ese paisaje bucólico, en el que podía ver el amanecer, el sol cruzar el cielo cada día y sentir el aire fresco de la mañana pegándole en la cara. "Empecé a sentirme muy bien, porque era la primera vez en mi vida que tenía una casa, un hogar, alguien que se preocupaba por mí... iba a la escuela en Anguil, después hice el Polimodal, y más tarde empecé a estudiar Historia, pero no me quedaba mucho tiempo".

Es que más allá de la tranquilidad campesina había que trabajar. "Mi papá me dio algunas y empecé como pastora de ovejas. Llegué a tener 60, y vendía y me hacía mi platita. Pero más tarde también me inicié en otras tareas, y trabajé con la hacienda y aprendí casi todo el oficio: sé vacunar, capar, no tengo problemas si hay que alambrar... Me gusta, muchísimo, el trabajo del campo", dice mientras mira a Sebastián y parece inducirlo a algo.

Los deportes.

"¿Sí salía? Muy poco. Me gustan las cosas tranquilas, aunque por supuesto como nacida en Cali sé bailar muy bien la rumba...", se jacta. Enseguida se vio que le gustaban los deportes, y sobre todo las artes marciales: "Hice Sipalki con Martín Zabala, y llegué a ser primer Dan; también Judo durante tres años, y ahora quiero empezar con el Kung Fu. Un día una amiga me invitó a ir al Club Argentino donde se hacía boxeo... la idea era hacer algo de gimnasio, pero Roberto Pedehontaá me invitó a boxear y le dije que sí. Iba y venía al campo todos los días, primero en el Citroen y después en moto, hasta ahora que ando en un Renault 12 rural a gas". Y la verdad, tengo que pensar que esta chica es especial. No sé cuántos -y cuántas- se animarían a ese trayecto de 30 kilómetros todos los días -después de haber trabajado duramente en tareas rurales-, en moto, afrontando una ruta particularmente peligrosa como la 5, y además enfrentando los guadales del camino vecinal que lleva hasta el campo.

Pero no se queda sólo con el boxeo, porque además le gusta hacer tracking. "Sí, por eso alguna vez me fui de mochilera y escalé el Lanín, y también anduve por el Chaltén. Me gusta mucho la actividad física", agrega por sí hace falta.

No ve televisión.

"De vez en cuando me daba el gusto y me iba a algún festival de rock, y tuve la suerte de ver los Rolling en Buenos Aires", apunta a la pasada. Revela que no tiene televisor -"prefiero leer", completa-, y obviamente no mira, aunque se da cuenta que se trata de una desventaja porque por la pantalla chica podría seguir los numerosos festivales de boxeo que se hacen en todo el mundo: "Sería bueno por eso, porque podría ver a los mejores, y a otras boxeadoras y aprender", admite.

Sebastián se mete por un instante y asiente: "Claro, en televisión se pueden observar los movimientos, como tirar un golpe, como moverse en el ring". Y los dos coinciden en que "Maravilla" Martínez, más allá de sus condiciones ha copiado a otros grandes del boxeo. Es que el quilmeño tiene en su baile gestos del gran Muhammad Alí, y algunos giros que lo acercan al Intocable Nicolino Locche. "Es cierto, es para pensarlo lo de la televisión", admite Luna. Cómo será que nunca, "ni por tevé" vio boxear a nuestra Mónica Acosta... "Es verdad, la conozco de verla pero nunca la vi en un ring porque tampoco me gusta ir a los festivales", agrega.

Después habla del boxeo. "Mi papá alguna vez lleva algún video, lo pone en la computadora, y me corrige algunas cosas, porque a él le gusta mucho, sobre todo Manny Pacquiao y Floyd Mayweather. Obvio, a mí también me gusta porque la adrenalina que sentís cuando subís a un ring no la vivís con otro deporte... Es un momento especial, pero una vez que estoy arriba soy tranquila. Mi primera pelea la hice en Adolfo Van Praet, y me acuerdo que me hiciste una nota para televisión", rememora.

Lo que viene.

Cuenta que en los días previos a un combate Alberto ya le sugiere empezar a trabajar menos, a no hacer tareas pesadas en el campo. "Me ayuda en todo, eso debe reconocerlo. ¿Si me conocen en Anguil? Sí, bastante, donde voy saben que soy la boxeadora que los representa y la gente me habla si peleé o estoy por pelear. Se interesan, es lindo. No es que me vuelva loca eso, pero está bueno".

La chica que llegó de Cali hace ya varios años dice_"Soy una ciudadana más de Anguil. Me nacionalicé, así que soy de Anguil, pampeana y argentina", expresa convencida.

"En el futuro, cuando deje de boxear me veo viviendo en el campo, con mis hijos corriendo por allí. Es la vida más sana que hay...", afirma. Aunque para eso todavía falta, porque antes quiere ser campeona del mundo. No es fácil, pero tiene muchas condiciones, claro que sí.

El extraño del pelo largo.

Alberto Torroba es el padre de Luna del Mar. "Todos hablan de mí papá", dice sabiendo que es un hombre distinto. Es que no puede ser de otra manera si se habla de alguien que un día desafió los mares en un frágil barquito que él mismo construyó para darse el gusto de ir a los lugares más recónditos del mundo. Un aventurero, hoy afincado en ese campo en cercanías de Anguil, que vive con sus hijas y sigue disfrutando, de una manera más convencional, de la naturaleza.

Lo recuerdo a Alberto, hace muchos años, caminando por las calles de Santa Rosa. Serio, alto, rubio, el pelo hasta los hombros en tiempos en que eso era absolutamente infrecuente. Y es fácil la referencia a aquella canción que inmortalizaba Litto Nebia a fines de la década del 60: ""Vagando por las calles,/mirando la gente pasar,(la gente pasar),/el extraño del pelo largo/sin preocupaciones va".

Luna del Mar revela admiración por ese hombre extraño -al menos para quienes parecen estereotipados- , que un día dijo que la quería conocer, y que hace que ella viva hoy en La Pampa.

La historia de la mamá, Doris Isabel, tampoco es "normal", pero es muy dura y distinta. "Cuando conoció a mi papá en Tumaco, al tiempo quedó embarazada y él partió a navegar. Después ella le dijo que yo había nacido y él siempre supo que yo estaba", recuerda la joven.

Hace un tiempo Luna del Mar volvió por un mes a Cali a ver a su familia: "Yo sabía que mamá andaba con gente pesada, incluso vinculada con la droga y cayó presa. La ví por última vez y a la semana que me vine falleció", dice sin trasuntar demasiadas emociones mientras cuenta.

Combate el viernes.

El próximo viernes, en El Club Fortín -ex Fortín Roca- Luna del Mar Torroba será protagonista estelar del festival que organizan Gustavo Campanino y Javier Blanco. Tiene buen número de combates como aficionada y suma 5 peleas en condición de profesional: 4 triunfos y un empate. Su rival será Natalia López, con quien ya se enfrentó realizando ambas un atractivo combate. "No tuve ningún problema con Roberto Pedehontaá. Sólo que se programaban peleas que después lamentablemente se caían y eso me desanimó. Ahora se me presentan un poco más de oportunidades", dijo sobre esta actividad que la atrapa.

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