Un caldo de cultivo para el extremismo

Los grupos radicales aprovechan el vacío asistencial que deja el gobierno en medio de la catástrofe
ADAM ZAI, Paquistán.- Cuesta imaginar que aquí había medio centenar de casas. Sus muros de adobe desmoronados se confunden con el lodo que han dejado las riadas desatadas desde hace tres semanas en Paquistán.

Como miles de pueblos a lo largo del cauce del Indo y sus afluentes, los habitantes de Adam Zai se han refugiado bajo improvisadas tiendas de campaña y toldos de plástico junto a la ruta. Lo han perdido todo: enseres, ganado, cosechas. Sólo la confianza en Dios parece sustentar su esperanza ante la lentitud de la respuesta oficial y la ayuda internacional a la catástrofe.

El temor ahora es que junto a las enfermedades por la falta de agua potable y servicios sanitarios se extienda también el virus del radicalismo religioso. Los islamistas se están apresurando a ocupar el papel que correspondería al Estado.

"No hemos recibido nada del gobierno ni nadie ha venido a interesarse por nuestra situación", afirma Hayi Banaras Khan, ante los restos de su negocio de compraventa de autos. Adam Zai no está en una de esas zonas remotas de montaña que han quedado aisladas y a las que sólo puede accederse por helicóptero. La aldea se encuentra a dos horas de Islamabad.

"El agua superó los tres metros", rememora Monsef, mientras señala la marca que ha dejado sobre uno de los pocos muros que permanecen peligrosamente en pie. Como la mayor parte de los hombres de Adam Zai, Monsef se ganaba la vida como jornalero. "Ahora no hay actividad, todo el sistema ha quedado destruido", constata. También la casa que compartía con sus padres, su esposa y los ocho hijos de ambos. Sólo queda un montón de tierra y restos de lo que antes fueron puertas y ventanas.

Resulta milagroso que en Adam Zai sólo hubiera un herido. El primer golpe de las inundaciones dejó 1600 muertos en el conjunto de las zonas afectadas, y esa cifra aumenta cada día con el goteo de víctimas de la gastroenteritis y otras enfermedades que se están extendiendo.

Nadie pone en duda que la magnitud de la catástrofe hubiera puesto contra las cuerdas a cualquier nación mucho más desarrollada. Aun así, los analistas locales critican la falta de un sistema de alerta temprana en un país en el que son frecuentes las inundaciones durante la estación de lluvias. Sin embargo, el diario más prestigioso de Paquistán, Dawn , aseguraba el viernes en su primera página que el servicio meteorológico ya advirtió de lo que se avecinaba a primera hora de la tarde del pasado 28 de julio, casi 12 horas antes de que las aguas inundaran los principales valles de la provincia de Khyber Pakhtunkhwa (hasta el año pasado conocida como Provincia de la Frontera Noroccidental), la primera en sufrir las riadas y donde se cuentan dos tercios de los muertos.

"La maquinaria del gobierno puede haber contribuido a la miseria causada por las inundaciones mediante una combinación de falta de preparación, retraso en responder y falta de coordinación", concluía el análisis de Dawn . Algunos analistas locales y extranjeros van más lejos y cambian el "puede haber" por una afirmación rotunda. Las fotografías del presidente Asif Ali Zardari repartiendo sacos de arroz no han logrado borrar la imagen de desinterés que transmitió su viaje a Europa al inicio de la crisis.

Peor que Haití

El recelo que suscita el corrupto sistema político local ha contribuido, tanto o más que la crisis económica y la fatiga de los donantes, a la pereza de la comunidad internacional en su respuesta. Y eso que, según el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, los afectados por las inundaciones superan la suma de las víctimas del tsunami del Indico y el terremoto de Cachemira en 2005, el ciclón Nargis en 2007 y el terremoto de Haití de este año. Parece imposible que Paquistán pueda absorber por sí solo el enorme costo del desastre.

"Las consecuencias políticas van a ser importantes, y muy probablemente terminen con cualquier semblanza de estabilidad que el país haya tenido hasta el momento", confía un diplomático occidental.

Ese riesgo, el de la inestabilidad de un país clave en la lucha de Estados Unidos contra Al-Qaeda y otros grupos radicales, parece haber dado el último empujón a la lenta respuesta internacional a la crisis.

"Estas catástrofes refuerzan a los grupos que no quieren las estructuras del Estado", advirtió el propio Zardari. El presidente se refería, sin mencionarlos, a los numerosos grupos de islamistas radicales que han florecido en su país desde la época de Zia ul Haq (1978-1988), alentados por el Estado, primero, y por su ausencia, después, y que los medios de comunicación occidentales englobamos bajo la etiqueta de talibanes. "Existe la posibilidad de que las fuerzas negativas exploten la situación", reconocía.

De hecho, ya lo están haciendo. En Khyber Pakhtunkhwa, grupos que usan una interpretación radical del islam como ideología política llegaron antes que el gobierno a facilitar asistencia. En algunos casos se ha tratado de poco más que agua potable. No importa. Su presencia allí envía el mensaje de que se ocupan de la gente. Y no es algo nuevo en una región cuyos habitantes se han sentido tradicionalmente abandonados por el gobierno y que en los últimos años han sufrido tanto los embates del terrorismo jihadista como las campañas antiterroristas del ejército

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