En Neuquén, la coyuntura se define más por lo que no se hace que por lo que se hace. El país vive una burbuja energética. Cuando se pinche (cosa que fatalmente pasará) la primera perjudicada será Neuquén. La interna del MPN decora la torta del probable desastre. Sin necesidad de augurar cataclismos, es necesario obrar en función de la realidad, no del deseo.
Hay una intención, un propósito, detrás de este cuadro que cualquiera puede pintar sin esmerarse demasiado, sólo repasando crónicas, o la mera transcripción de gacetillas a las que nos acostumbra la pereza intelectual y la necesidad de hacer plata mamando de la teta del poderoso de turno. Esa intención es disimular que el presente de Neuquén es un indicador decepcionante. Que por más que se esfuerce el ojo, no se descubrirá en este deshilachado progreso, el hilo sustentable para cruzar el precipicio que divide este presente del futuro a considerar desde diciembre de 2011.
La razón oculta más poderosa para describir el presente que se esconde detrás de pantallas de humo artificiosas –como por ejemplo, la controversia por los perros- es la que este diario ha mostrado, mes a mes, con toda claridad, y en soledad absoluta: una caída estrepitosa, gradual, firme e irreversible hasta ahora, de las reservas comprobadas de gas y petróleo.
Aquí, en este punto, está el meollo de toda la cuestión. La interna del MPN, las peleas de los radicales, el crecimiento de UNE, la acción de los sindicatos, el éxito o no de un cambio educativo, la constancia hacia el futuro del plan público de salud o su decadencia irreversible, todo está relacionado con este presente del que se prefiere hablar invocando situaciones que presuntamente se lograrían a futuro.
Por eso, porque ahora el afán más distinguido es el que pretende esconder, es que la situación se distingue más por lo que no se hace que por lo que se hace.
La caída de reservas de petróleo y gas, que ha comenzado a tomar estado público en la agenda política y mediática nacional, en Neuquén se disimula desde hace por los menos dos años y medio. Es el tiempo que ha fatigado la actual gestión de Jorge Sapag para intentar convencer a la autocrática gestión de los Kirchner de que había que mejorar el precio, sobre todo del gas, y llevarlo a valores de mercado, o por lo menos cerca. Es el tiempo que ilustra al mismo tiempo sobre un fracaso: nada ha podido torcer la política K de energía, que consiste en tirar el problema hacia adelante, mientras el Estado tenga la suficiente plata como para subsidiar el consumo interno, comprando combustibles en el mercado externo y haciéndose cargo de la diferencia de precios.
Esta política, que sirve para hacer demagogia, produce el efecto de que los argentinos (no todos, pero sí la mayor parte de la clase media) disfruten de una burbuja en la que puede gastar todo el gas que quiera en sus hornallas, calefactores o sistemas de calefacción más sofisticados, y hasta en sus automóviles; y al mismo tiempo, impide que se hagan las inversiones necesarias para extender el horizonte con mayores reservas, que deben ser primero exploradas, y luego puestas a producir, mediante un sistema jurídico-comercial que garantice igual o mejor rentabilidad que en otras partes del mundo a los inversores.
La burbuja energética argentina se puede pinchar en cualquier momento. Si esto pasa, la primera víctima será Neuquén.
Los políticos neuquinos lo saben. Algunos más que otros. El gobernador Sapag también sabe esto, lógicamente. Y lo saben sus colaboradores, específicamente quienes se ocupan del tema. Pero no se hace nada. No se hace nada desde la política, en el sentido único que debería tener la política: utilizar la fuerza de un pueblo consciente de lo que pasa, para modificar la situación que pone un escollo a su natural desarrollo. Sí se hacen gestiones súper estructurales. Hace dos años y medio, sin resultado. Casi en silencio. Entre murmullos. Nunca un grito, una exclamación que permita saber que algo de vida queda entre tanta parsimonia galante hacia la mujer más poderosa de Argentina, la Presidenta, la misma que ha instalado el matriarcado intelectual en el que se bañan gozosos tantos mediocres del pensamiento.
Se dice, por ejemplo, que hay un proyecto de ley en el que “trabaja Neuquén” para fijar una nueva ley de hidrocarburos que contemple el desarrollo de los yacimientos no convencionales. Este proyecto fijaría un sistema de precios acorde a las mayores inversiones necesarias (por encima de los 5-6 dólares el millón de BTU), y un esquema jurídico con horizonte por lo menos para 20 años, de reglas que –se jura- no serían alteradas.
Cuando se indaga en la materia, se sabe que efectivamente hay por lo menos un “ilustre” del conocimiento en el tema, Daniel Montamat, que trabaja en un proyecto con estas características, para un equipo del radicalismo en Diputados, en el que está quien es hoy el vicepresidente segundo de la Comisión de Energía, el neuquino Horacio Quiroga. En la misma comisión está el diputado del MPN, José Brillo, quien es vicepresidente primero, en la comisión que preside, por esas cosas insólitas de la política argentina, un romántico con escasa representación real en la cuestión, como es el diputado-cineasta Pino Solanas. Brillo acompañará ese proyecto que prepara Montamat. No se sabe de otro proyecto, que provenga del oficialismo.
Los yacimientos no convencionales, que son de tight gas o shale gas, son los únicos que le quedarán en pie a Neuquén dentro de 5 ó 6 años, en un contexto de declinación permanente de su producción. Su explotación real, es decir, comercialmente rentable, sólo es posible en un esquema de país que pinche la burbuja del gas barato, y obligue a sus ciudadanos a pagar lo que realmente cuesta. Por lo menos, a los ciudadanos que puedan pagarlo, como pueden, por ejemplo, alardear de tomar buen vino, comer buena carne, ir de vacaciones, en fin, disfrutar de esta presunta bonhomía nacional, en un país de 50 mil millones de dólares de reserva en el Banco Central, que se permite hablar de trenes bala, de construcciones de millones de viviendas, y de hacer miles de kilómetros de autopistas, en una combinación entre realidad y fantasía que alcanza ya niveles preocupantes de neurosis.
A la burbuja neuquina le queda un año y medio. No habrá más tiempo, ni paciencia, ni plata disponible. O corrige sus ingresos mediante una fulgurante transformación de la política energética nacional, o ajusta sus gastos imponiendo un fuerte recorte del Estado.
Nada de esto se está haciendo. Por el contrario, da la sensación de que todo se prepara a medida de la interna del MPN, guardando los últimos cartuchos (dineros) para tener un 2011 a toda orquesta.
En este contexto, se impone la necesidad de hablar del presente. Del real, no de la burbuja.
De lo contrario, será demasiado tarde para lágrimas.



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