Buenos Aires brindó un efusivo adiós a Kirchner

Buenos Aires brindó un efusivo adiós a Kirchner
Bajo la lluvia, la gente se arremolinó en las calles para despedir al ex presidente. Gran apoyo a Cristina Fernández, que no perdió su integridad. El funeral duró 26 horas.

Masiva y dolorosa. La despedida de Néstor Kirchner en las calles de Buenos Aires figurará en las páginas de la historia argentina que dan cuentan del fervor popular que despiertan sólo algunos líderes políticos. Y Kirchner fue sin dudas uno de ellos.

Como sucedió en los funerales de Eva Duarte, Juan Domingo Perón y Ricardo Alfonsín, un cielo plomizo absorbió la congoja de la gente y se desgajó en una lluvia persistente. Con paraguas, pilotines y diarios, la gente intentó cubrirse del agua. Pero no había caso y las gotas se fundían con las irrefrenables lágrimas.

Néstor Kirchner fue velado en la Casa Rosada durante 26 horas, dos más de lo que estaba previsto. Poco antes de las 10, hora en que la capilla ardiente iba a culminar, la presidenta Cristina Fernández ordenó que su marido fuera velado más tiempo.

Por eso hasta las 11.45 los ciudadanos que peregrinaron por las calles del microcentro bajo la lluvia para darle el último adiós al ex presidente pudieron ingresar al Salón de los Patriotas Latinoamericanos, donde estaban Cristina y sus hijos, Máximo y Florencia, junto al féretro.

En el último cuarto de hora, la viuda se despidió de los invitados especiales, funcionarios y amigos. Los gobernadores Juan Schiaretti (Córdoba), Daniel Scioli (Buenos Aires), Jorge Capitanich (Chaco), José Luis Gioja (San Juan) se retiraron al final.

El mendocino Celso Jaque era uno de los más golpeados, junto al ministro del Interior, Florencio Randazzo. "Venimos a darle el último a adiós a un gran argentino, a un gran presidente, a un gran peronista", alcanzó a decir Scioli.

Después Cristina se quedó a solas con sus hijos Máximo y Florencia, su madre Ofelia y su cuñada Alicia. Fueron momentos de estricta intimidad familiar.

En los salones y pasillos contiguos, empleados de la Casa Rosada mostraron su tristeza. Uno de los mozos de la Presidencia se fundió en el desconsuelo con el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.

En el patio interno de la Casa de Gobierno, al lado de enormes palmeras, aguardaban erguidos los Granaderos a Caballo, la guardia presidencial. Mientras la Fanfarria del Alto Perú hizo sonar sus acordes, los granaderos cargaron el féretro hasta el coche fúnebre. Cristina, Máximo y Florencia subieron a otro auto. Eran las 13.19.

Detrás de la carroza con los restos de Kirchner, otro vehículo trasladó al jefe de Gabinete, quien emocionado abrió varias veces la ventanilla para recibir muestras de apoyo de la gente. Más atrás, acompañaban en otros autos oficiales el resto de los ministros y gobernadores. El jefe de la cartera de Trabajo, Carlos Tomada, prefirió recorrer las primeras cuadras a pie.

Un grupo de unos cien jóvenes, una porción ínfima de la decena de miles que desde el miércoles hasta ayer coparon la Plaza de Mayo, se congregaron en la esquina de Alem y Perón. Esperaban consternados darle el último adiós a su líder político.

Cuando vieron al coche fúnebre, se arrojaron a la calle; caminando y corriendo le abrieron paso. No fue una cuadra, ni dos. Estos chicos K fueron la vanguardia del cortejo durante todo el trayecto, hasta el aeroparque metropolitano. Gritaban, cantaban, aplaudían. Contagiaban a los ciudadanos que en grupo o solitariamente se volcaron a las calles para la despedida.

Hubo quienes se escaparon de la oficina para ser parte de la historia, y también quienes decidieron apostarse desde temprano para ver con sus propios ojos aquello que sus corazones se negaban a admitir.

"¡Cantemos, cantemos!", dijo un muchacho a sus amigos y compañeros de militancia que intentaban darse ánimo. "¡Andáte Cobos la puta que te parió!", afloró entonces de sus bocas como grito.

El Vicepresidente fue el blanco de la bronca kirchnerista durante todo el funeral. Cuando el féretro pasaba por delante de sus ojos, eran pocas las personas que podían seguir cantando, se abalanzaban sobre el auto que llevaba a Cristina.

No hubo vallas para separar el dolor de Cristina y sus hijos de la congoja popular. La gente pudo tocar el coche fúnebre, arrojarle claveles, banderas y carteles. La multitud desesperada desbordó muchas veces la capacidad de los efectivos policiales que intentaban custodiar a la Presidenta.

Forcejeos y golpes en Alem casi Mitre entre la gente y los uniformados decidieron a Cristina a bajarse sorpresivamente del auto. Dio una orden seca de no usar la fuerza (ver aparte). Jóvenes y adultos aplaudieron a rabiar. Fue el primer gesto de fortaleza que hizo durante el cortejo una mujer sumida en el dolor.

Otra imagen más mostró la entereza de Cristina. Ya en el sector militar del Aeroparque, empuñó su propio paraguas detrás de los granaderos que cargaban el cajón. Junto a ella caminaba Florencia, y pasos más atrás Máximo, abatido.

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