Bruera, entre el Luna Park y una ciudad sin gestión

Bruera, entre el Luna Park y una ciudad sin gestión
Quien escribe esta nota tiene la tranquilidad de hacerlo desde un lugar de total independencia, tanto periodística como política. El no pertenecer a ningún espacio partidario, y el formar parte de una empresa que, pese a los necesarios acuerdos empresariales permite el ejercicio de la profesión sin ningún tipo de restricciones, facilita la tarea en tiempos un tanto oscuros y difíciles.

Hecha la aclaración (necesaria, por más que a alguno le parezca lo contrario) vayamos al grano. Después de la demostración de poder que el intendente Pablo Bruera viene haciendo desde hace meses, en que el escenario provincial como aspiración política personal ha quedado más que en evidencia, y que tuvo su corolario el pasado martes con el acto en el estadio Luna Park de la ciudad de Buenos Aires, es necesario poner sobre la palestra algunas cuestiones que deberían ser las verdaderamente importantes, mucho más para alguien que ha luchado tanto por llegar a la Intendencia de la ciudad.

Si bien es natural, y saludable, que un hombre que hace de la política una profesión tenga objetivos superadores continuamente, esos objetivos no deberían perseguirse dejando de lado la función que, responsablemente, asumió cuando la ciudadanía así se lo demandó a través de los votos.

Los ciudadanos de La Plata, en las elecciones de 2007, buscó un cambio de mando, tal vez agotados ya por un ciclo que, si bien en los primeros años había cambiado la cara a una ciudad por entonces envejecida, ya había cumplido su tiempo. Ese cambio se personificó en la figura de Pablo Bruera, alakista en sus orígenes (llegó a ser presidente de bloque en el Concejo Deliberante), pero volcado hacia un vecinalismo que se presentó como la nueva política.

Bruera asumió con la promesa de cambiar la forma de gestionar la ciudad, de adoptar políticas que modernizaran, por un lado, y que solucionaran las falencias que en muchos sectores del distrito existían. Sin embargo, después de casi tres años de gestión, muchas de esas promesas parecen haberse esfumado.

Su enfrentamiento con el kirchnerismo le impidió a la ciudad acceder a los planes nacionales de inversión (aunque, nobleza obliga, ese no es precisamente una falencia del mandatario local, sino una política perversa histórica de la Argentina). No hubo en estos años grandes obras, de ningún tipo, y muchos barrios de la periferia siguen bregando por acceder a los servicios básicos. Por si fuera poco, en estos 33 meses de gobierno hubo dos aumentos de tasas que, para algunos vecinos, significaron un incremento de más del 400 % en sus aportes.

Así como esta gestión se hizo cargo de un tema más que complicado, como es el de la basura (obligado por las circunstancias o no, no viene al caso), y pese a las buenas intenciones de algunos concejales y funcionarios que trabajan de manera consciente, en la mayoría de las grandes discusiones la sensación es que, en realidad, o todo está hecho a las apuradas, o responden a intereses que nada tiene que ver con los de la mayoría. La reforma al Código de Ordenamiento Urbano es un ejemplo claro de eso.

Por otro lado, en la vida de todos los días, la ciudad está inmersa en un permanente caos. Si bien el crecimiento demográfico de uno de los centros urbanos más importantes del país no puede adjudicárselo a una gestión de gobierno, esta sí es responsable, precisamente, de organizarlo, de ordenarlo, de ir adaptando políticas públicas para que no se convierta en una especie de selva de cemento. Y en esto, claro, el bruerismo también falla. Basta con pararse en una esquina céntrica para notar que el Estado está ausente. Y mucho más cuando alguna circunstancia extraordinaria genera nuevos inconvenientes.

Para mencionar un solo ejemplo, el tránsito ya ha convertido a La Plata en la ciudad argentina donde mayor número de personas mueren como consecuencia de accidentes. ¿Tan difícil puede resultar aplicar las medidas necesarias para intentar tomar las riendas de un problema que, lejos de atenuarse, se agrava día a día? Algo que puede resultar básico pero que las actuales autoridades parecen no advertir: ¿Es imposible poner agentes de tránsito en las esquinas más complicadas para evitar el continuo avasallamiento que los automovilistas provocan hacia sus pares y hacia los peatones? Lo único innovador implementado fue el estacionamiento medido, más con fines recaudatorios que otra cosa.

Si bien resulta indudable la dificultad que conlleva la solución de algunos conflictos, está claro que a la ciudad de La Plata le hace falta gestión. Más allá de los nombres, y de los integrantes de la misma, la actual administración viene fallando en el desafío más importante que asumió: el de modernizar y mejorar una ciudad gobernada durante 16 años por la misma fuerza. Será que en pos de objetivos personales, y apuntalado por cierta prensa no tan libre, el intendente Pablo Bruera perdió de vista el mandato asumido en diciembre de 2007.

Comentá la nota