Brasil primarizó su economía e incrementó su exposición financiera

La desvalorización del real resulta de las debilidades del país. La crisis internacional lo sumó a la fiebre de las commodities y lo colocó como un vehículo de la especulación. La industria quedó relegada y persiste la desigualdad social.
Los recientes acontecimientos económicos ocurridos en Brasil han sacudido la estantería de las economías regionales y claro, preocupado a los gobiernos socios del continente. La brusca devaluación del real (de más del 20% en lo que va del año) amenaza con una dislocación del comercio regional y presiona sobre las monedas de los países de la región que no se resignan a perder competitividad por tipo de cambio con el gigante continental. Incluso sectores del empresariado argentino, si bien no lo han formulado en términos de un reclamo explícito, empiezan a cargar las tintas sobre la supuesta perdida de competitividad provocada por la desvalorización del peso argentino con relación a la moneda de su principal socio comercial.

Lo que ha quedado en el olvido, como es obvio, son los calurosos elogios que el modelo brasileño había despertado en varios sectores de la oposición poco tiempo atrás. Pero la estructura del modelo no es lo que ha cambiado. Simplemente se ha visto obligado a realizar ajustes frente al estallido de algunas contradicciones que estaban latentes desde su concepción.

De hecho, la repentina desvalorización de la moneda brasileña no fue el resultado de una política prevista por el gobierno de Dilma Rousseff. El motivo real fue la masiva fuga de capitales en dólares que fortaleció la divisa con relación a la moneda brasilera. El Banco Central Brasileño, por el contrario, intentó amortiguar el impacto colocando casi 3000 millones de dólares en el mercado. La devaluación también se hará sentir en los sectores productivos del país cuya dependencia externa por el consumo de máquinas y equipamientos pasó del 20% en 2005 a casi el 36% en 2011.

EN LA CRESTA DE LA OLA DE LA CRISIS MUNDIAL. El modelo brasileño del último período, en realidad, logró adaptarse, en beneficio propio, con fectos secundarios que resultan de la crisis financiera internacional.

Por un lado, apostó decididamente a la producción de commodities alimentarios, (principalmente soja) para atender una creciente demanda china en volúmenes pero, esencialmente, acicateado por la explosión de los precios internacionales que, se sabe, son receptores de una nueva oleada especulativa luego del estallido de la burbuja de los bonos subprime.

Hoy, Brasil es el segundo productor mundial de soja después de los Estados Unidos. Este avance se dio especialmente con la expansión de la frontera agrícola sobre el Amazonas.

Otro aspecto decisivo del modelo brasileño que se complementó, circunstancialmente, con la crisis mundial tiene que ver con el régimen de metas inflacionarias que existe desde el año 1999 y que implica la oferta de tasas de interés muy altas. Este esquema prevé un ingreso de capitales y la valorización del real. Pero la crisis financiera produjo, por un lado, una caída de las tasas de interés a nivel internacional y, por lo tanto, un crecimiento relativo de las brasileñas y, por el otro, y como resultado de los grandes rescates a los bancos de Europa y los Estados Unidos, una enorme masa de capitales que en un cuadro recesivo no encuentran por sí mismos sectores de la economía real que les garanticen una ganancia.

Así, otro de los efectos de la crisis mundial ha sido el desarrollo de prácticas como el carry trade que consiste en tomar deudas en mercados con tasas irrisorias para represtar en mercados con tasas de interés altas. Brasil ha sido, por lo tanto, un vehículo de la especulación financiera internacional, lo que ha valorizado su moneda de manera artificial. De allí que el Banco Central de ese país haya tenido que tomar algunas medidas parciales para evitar ese ingreso de capitales.

Ahora, como un boomerang, la propia dinámica de la crisis ha provocado un retiro masivo de esos capitales que se han desviado hacia los bonos del tesoro norteamericano, lo que ha producido el desenlace de los últimos días.

PRIMARIZACIÓN. Las características mencionadas se reflejan en un hecho incontrastable a pesar de esas potencialidades: la economía brasileña ha experimentado uno de los níveles de crecimiento del PBI más bajos de la región en el último lustro y, a su vez, un proceso de primarización brutal de su economía.

Tal como se ve reflejado en la infografía que ilustra esta nota, la proporción de exportaciones de bienes primarios ha ascendido meteóricamente en los últimos 18 años. Pasó de representar un 24% del total en 1993 hasta llegar a un 46% en la actualidad. Las manufacturas pasaron de representar un 61% en aquel entonces a un 40% en la actualidad. Un porcentaje muy magro tomando en cuenta la tradición industrial del país. Las semimanufacturas se mantuvieron estables en alrededor de un 15 por ciento. En rigor, estas últimas acompañaron parcialmente el crecimiento brutal de las primeras con procesos de escasa agregación de valor.

SIN DERRAME. A pesar del avance en el combate contra la pobreza (Plan Bolsa Familia) y la integración de sectores marginados al proceso productivo (el desempleo apenas supera el 6%), el modelo brasileño no ha podido superar la desigual distribución de riquezas que padece estructuralmente. De hecho, a pesar de haber incrementado sus exportaciones totales en un 417% en 20 años, todavía encabeza el ranking latinoamericano de desigualdad medido por el índice Gini y sus indicadores sociales lo ubican muy lejos de lo deseable. El 10% de los brasileños con mayores ingresos se queda con el 43% de la renta total y el 10% más relegado con apenas el 1,2 por ciento. Los salarios del sector público fueron comprimidos desde un 56% de los ingresos corrientes en 1995 a poco más del 30% en 2010. La parte de los salarios en la renta nacional (un índice cuestionable, porque incluye como salarios a parte de las ganancias capitalistas), se mantiene constante en un 43% (porcentaje equivalente al de 1995), mientras que las ganancias de empresas, bancos y propietarios de tierras (también engañoso, porque computa las ganancias de autónomos y de la agricultura familiar), pasó del 31,2 al 32,6% en el mismo período.

El analfabetismo todavía está clavado en un 9,8% (2,4 en la Argentina) y la tasa de mortalidad infantil se encuentra en 23,6 por mil (13,4).

El PBI per cápita se encuentra en unos 10 mil dólares mientras que, por ejemplo en nuestro país, ya se arrima a los 15 mil. Una de las raíces del fenómeno se puede indagar en su tasa de inversión que se encuentra en un escaso 16% del PBI.

Osvaldo Coggiola, licenciado en Historia y Economía en la Universidad de París y hoy profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de San Pablo, en diálogo con Tiempo Argentino explicó que “La exposición de Brasil a la crisis global se mide por la internacionalización acelerada de su economía en la última década.” Además, según aseguró, “se calcula que las inversiones externas de carácter especulativo superarán este año los 70 mil millones de dólares. Las remesas de ganancias al exterior se sitúan en los niveles de 2008, superando los 34 mil millones de dólares (74% del total corresponde a empresas extranjeras que hicieron inversiones directas en Brasil). El déficit en cuenta corriente del país ya supera, en este año, 30 mil millones de dólares.” Por eso diagnosticó que la situación de las cuentas nacionales “es explosiva: Brasil gastó, en los últimos años, en promedio, más de 200 mil millones de reales anuales (entre el 40 y el 50% del presupuesto federal) en intereses y amortizaciones de la deuda pública, que sigue creciendo, superando ya 3 billones (2,4 billones de reales la deuda interna, más de 600 mil millones la deuda externa), o sea, casi un PBI.”

Aquí un aporte para demostrar, una vez más, que no todo lo que brilla tiene que ser oro.

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