¿Se nos fue Brasil?

Por Mariano Grondona

Durante los años sesenta las trayectorias históricas del Brasil y la Argentina, hasta entonces "paralelas", comenzaron a separarse.

A fines de los años cincuenta dos presidentes, el brasileño Kubitchek y el argentino Frondizi, lanzaron simultáneamente la doctrina "desarrollista". Esta coincidencia en el discurso reflejaba la coincidencia en la realidad de los desarrollos comparados de Brasil y la Argentina porque, en tanto que Brasil era ya más grande por su población y por su extensión geográfica, el adelanto de la Argentina en su producto per cápita igualaba la producción global de ambas naciones.

A partir de los años sesenta, empero, Brasil empezó a distanciarse. Esto ocurrió desde el golpe militar de Castelo Branco de 1964 cuando, a partir de él, nuestro gran vecino inició lo que dio en llamarse "el milagro brasileño" por cuanto creció durante varios años a una tasa del 10 por ciento anual. Dos años después, en 1966, la Argentina experimentó el golpe de Onganía, un pronunciamiento militar cuyo objetivo era impedir que Brasil "se nos fuera". Pero este segundo golpe, en cierta forma mimético, resultó fallido.

Si revisamos las historias comparadas de ambos países al día de hoy, nos encontramos con que, mientras la presidenta Dilma Rousseff fue recibida en Washington por el presidente Barack Obama como si ambos fueran pares, el gobierno de la presidenta Cristina Kirchner se encuentra aislado y sancionado por la comunidad internacional.

Mientras la presidenta Dilma Rousseff fue recibida en Washington por el presidente Barack Obama como si ambos fueran pares, el gobierno de la presidenta Cristina Kirchner se encuentra aislado y sancionado por la comunidad internacional

Si hacia los años sesenta la Argentina podía igualar al Brasil porque compensaba con su mejor ingreso per cápita el mayor volumen de la nación amiga, hoy puede verificarse que el hecho de que Brasil cuente con cinco habitantes por cada habitante argentino y con tres kilómetros cuadrados por cada kilómetro cuadrado argentino ya no es compensado por una mejor "calidad" argentina, una compensación cualitativa que hemos perdido. Tendríamos que decir entonces que el distanciamiento entre las dos naciones más importantes de América del Sur se ha amplificado decisivamente al día de hoy. ¿Tendríamos que admitir entonces que ese Brasil que hace algunos décadas "se nos empezaba a ir", ya "se no fue" en este año 2012?

No necesariamente, porque si incorporamos al análisis la famosa distinción aristotélica entre "potencia" y "acto", siendo la "potencia" lo que un país "puede ser" y el "acto" la medida en ese país realiza, actualiza, su potencia, tendremos que convenir en que es tan grande nuestra "potencia" que una Argentina distinta, volcada persistentemente al desarrollo, podría acercarse todavía al exitoso Brasil.

Para lograrlo, nuestro país necesitaría cambiar el ritmo de su marcha, hasta ahora frustrante, con la incorporación de un factor que los brasileños ya poseen desde el presidente Cardoso en 1995- 2002 y nosotros no: la continuidad de sus políticas "de Estado", es decir de las políticas que persisten en el tiempo más allá de los cambios "de gobierno". La pregunta es por ello la siguiente: ¿será capaz la Argentina de agregar verdaderas políticas de Estado a sus zigzagueantes políticas de gobierno? La dimensión demográfica y geográfica brasileña será siempre mayor que la dimensión argentina: esto es irrevocable. Lo que es revocable es nuestro andar. Nos pasa aquí algo comparable al conflicto de las Malvinas. Si sólo la persistencia en atraer a los isleños a un clima amistoso con la Argentina podría, a muy largo plazo, acercarnos a la integración territorial que aún nos falta, también podríamos decir que sólo una persistente política de desarrollo sería capaz de acercarnos, también a muy lago plazo, al Brasil. No es nuestro problema que los brasileños hayan logrado continuidad a través del tiempo. Al contrario, deberíamos felicitarlos. Nuestro problema es no haberlo logrado. Brasil, si todavía no se nos fue, ya se nos está yendo, y sólo si los argentinos recuperáramos un sentido de unidad y de continuidad, podríamos emularlo..

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