Con el vuelo rasante del helicóptero verde oliva, llega una silbatina: son los allegados de los uniformados en huelga que acampan a las afueras del edificio del parlamento de Bahía
"Todo es culpa del gobierno. El gobernador (de Bahía, Jaques Wagner) los trata como terroristas, cuando esos son los hombres que lo cuidan, que le dan protección a él y a todos los ciudadanos de Bahía", protesta Gracieni Santana, de 23 años, cuyo esposo está entre los 200 policías que ocupan la Asamblea.
Crispiano Quirino, que como varios manifestantes sostiene banderas de Bahía y de Brasil, corre emocionado con el pabellón auriverde en los hombros en medio de un enorme círculo que reúne a todos los familiares para rezar un Padre Nuestro y un Ave María. El helicóptero sobrevuela el edificio durante casi una hora, cada vez más bajo, pero con el pasar del tiempo los manifestantes de fuera dejan de prestarle atención. "Nos quieren intimidar, pero no lo van a lograr", se repiten casi a coro para darse ánimo.
"La resistencia es hasta el final", sostiene Lázaro de Jesús, un policía activo de 40 años que se ha sumado a la huelga. "Este movimiento está creciendo y se está convirtiendo en un movimiento nacional, ya no es sólo de Bahía. Rio de Janeiro y Ceará también podrían sumarse. Esto es por la dignidad del policía de Brasil", asegura.
Según los familiares, un grupo de policías del interior de Bahía se movilizan hacia la capital, Salvador, para sumarse al movimiento en el campamento. "Pero están trancando todos los accesos. Estos vándalos se niegan a que la ciudadanía venga y proteste, pero no lo van a lograr", lanza Celia María Santana, de 53 años.
Los accesos a la Asamblea Legislativa del estado de Bahía están bloqueados con vehículos blindados y decenas de soldados, y frente al edificio hay por lo menos unos 300 hombres de la policía de choque del Ejército.
"Esta casa es la más vigilada de Brasil, ni la casa de (el programa de televisión de reality show) Big Brother está tan vigilada", bromean dos jóvenes frente al enorme contingente, que se mantiene firme e inexpresivo.
Cae la noche, y en medio del amplio campo dos niños se divierten jugando con botellas plásticas vacías y tierra del jardín, mientras a pocos metros Mónica de Carvalho recibe y organiza cajas de agua y alimentos, alrededor de las cuales se instalarán tiendas de campaña para dormir. "Tenemos agua, pan, mantequilla, mortadela, frutas, jugo, leche. Reunimos dinero entre nosotros para comprar, y algunas cosas son donadas por empresas", aclara la mujer, de 37 años.
El edificio de la Asamblea Legislativa queda a oscuras y el silencio se empieza a expandir por todo el área a espera de una nueva jornada en esta huelga que, según dicen los manifestantes, se extenderá "por el tiempo que sea necesario".
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