Por Boudou, sobrevuela una crisis

POR EDUARDO VAN DER KOOY

Se complica el vicepresidente. A su aislamiento político añade problemas serios en el plano judicial por su responsabilidad en el caso Ciccone. El allanamiento a su departamento aportó pruebas. Su réplica mostró a un hombre desesperado. Cristina puede pagar consecuencias.

Carlos Zannini le recomendó a Cristina Fernández que Amado Boudou debería renunciar . O, por lo menos, dar con rapidez un paso al costado mientras se dilucida si utilizó su condición de funcionario para traficar influencias en beneficio de la empresa Ciccone Calcográfica. El secretario Legal y Técnico es uno de los tres hombres que más escucha la Presidenta. Está detrás de Máximo Kirchner pero delante del titular de la SIDE, Héctor Icazuriaga.

Aseguran que la Presidenta recogió aquella recomendación sin hacer comentarios. Pero que su fastidio contra Boudou es ahora equivalente o superior al que tuvo en su momento contra Julio Cobos.

“Andá y hacete cargo”, le ordenó mientras compartía un acto en Bariloche y la propiedad del vicepresidente en Puerto Madero era allanada por decisión del juez Daniel Rafecas. Aquel fastidio de Cristina se combina con una dosis importante de impotencia . Por Cobos, le había echado la culpa siempre a Néstor Kirchner, incluso luego de su muerte. Boudou parece convertirse en una mochila que ella misma eligió desairando a demasiados, pero que el vice se encargó de cargar con mercurio.

En esa elección casi monárquica radicaría el mayor problema de este tiempo. Hace dos meses que detonó el escándalo y no para de escalar.

Boudou corre detrás de los acontecimientos escudado, casi con exclusividad, en la figura de la Presidenta . En la supuesta inmunidad que le otorgaría el 54% de los votos y poco más de cien días del segundo mandato que ya parecen años. Pero aquel escudo comienza a ser abollado por las esquirlas de la detonación.

No hay razones para suponer que este trance será breve para Cristina. Todavía el fiscal Carlos Rívolo está en la etapa de recabar pruebas. Luego llegaría la actuación de Rafecas que debe evaluarlas. Como mínimo habría varias citaciones a indagatorias, entre ellas al propio Boudou. Después, un fallo que de ser desfavorable ingresaría en la instancia de la Cámara.

Zannini conoce bien ese recorrido y se inquieta no por el desgaste de Boudou, al cual desde su formación política maoísta-peronista-kirchnerista desprecia. Teme por el esmeril inevitable que se derramará sobre la figura de Cristina.

“¿Hasta cuándo vamos a esperar?” , repite el secretario Legal pensando en el descalabro político provocado por el vicepresidente.

Zannini creería que el Gobierno se defendió mal desde que amaneció el escándalo. Que las primeras semanas de silencio constituyeron un error. Y que la contraofensiva de Boudou se asemejó a una estupidez. Sus apariciones y sus palabras nunca aclaran nada y tienden a complicar el panorama.

Al margen de la sintonía con una pretendida modernidad, Boudou es un hombre políticamente básico . Como tal, se aferró para defenderse a una fórmula casi bíblica de los Kirchner: apostó como en la 125 o la ley de medios a la demonización de viejos enemigos –algunas empresas periodísticas– y a la fabricación de otros. La empresa Boldt que maneja el juego en Buenos Aires, el posduhaldismo, Daniel Scioli y desde su última aparición pública –el jueves– a casi todo el Poder Judicial. Su embestida contra Rafecas le sirvió para ganar amistades incómodas: la del Luis D’Elía, que añadió al supuesto plan conspirativo a Israel y Gran Bretaña. El juez es un especialista en Holocausto. El ex piquetero un amigo de Irán y enemigo de Israel.

La tosquedad no le permitió a Boudou distinguir una cosa. Aquella fórmula K maquiavélica rindió frutos para determinados casos.

Aunque no serviría para todo.

Lo que está en juego en esta hora es una situación distinta: la sospecha de un funcionario –el vicepresidente– que usufructuando su influencia en el poder habría forzado una quiebra y la compra de una empresa (Ciccone). Para dejarla luego en manos de un testaferro suyo y transar negocios millonarios con el Estado.

Tal vez, este caso de corrupción no sea el peor que se haya registrado en el ciclo kirchnerista.

El juez Norberto Oyarbide podría dar fe. Pero en detrimento de Boudou se unieron varios planetas: su arribo oportunista al mundo K, su ajenidad a la política y al peronismo, una recurrente falta de discreción para hablar de los demás que llegó a oídos de muchachos camporistas, un cuadro de cien días de gobierno que se complicó con celeridad, sobre todo, en el campo económico-social. Su presunto desliz, a diferencia de otros, no habría pasado de largo para la opinión pública.

Esa realidad estaría conduciendo al vicepresidente a un estado de desesperación . También, tal vez, la soledad política que percibe a su alrededor, que no disimula su formal presencia en los actos de Cristina. Tampoco, ciertos respaldos que la agencia oficial de noticias compila en sus despachos. De otro modo, resulta difícil entender los palos que repartió contra el Poder Judicial.

Rafecas y Rívolo no fueron las únicas víctimas. Pero pretendió construir con la unión del juez y el Grupo Clarín un hipotético complot en su contra.

Impericia o ignorancia.

Si hubiera revisado la historia reciente, se habría enterado de una recusación y un jury de enjuiciamiento que el Grupo Clarín pidió contra Rafecas en la causa de Papel Prensa.

El fuego del vicepresidente también alcanzó al procurador General (jefe de los fiscales), Esteban Righi. Mencionó una oferta de ayuda de su estudio de abogados cuando estaba en la ANSeS. En ese estudio figuran ahora el hijo y la esposa del procurador. También, la mujer del ministro de Justicia de la Ciudad, Guillermo Montenegro. Alguien más: Fabián Musso, otro abogado que defendió a Kirchner en las primeras denuncias sobre enriquecimiento ilícito por los fondos de Santa Cruz en el exterior.

Aquella desesperación, o su vacío, lo habrían empujado a otra revelación sorprendente: un intento de soborno por Ciccone del que habría sido objeto cuando era ministro de Economía. Jamás había hablado sobre eso.

¿Lo ocultó? Le aguardarán, por eso, otras denuncias en los Tribunales.

El descontrol del vicepresidente tendría que ver además con la sensación de que el cerco judicial se va cerrando sobre su responsabilidad en el caso. La clave para Rívolo y Rafecas será probar la relación de Boudou con Alejandro Vandenbroele, que ambos niegan.

Afirman que ni siquiera se conocen.

En el allanamiento al departamento de su propiedad, que ahora alquila Fabián Carosso Donatiello, se hallaron dos pistas de aquel nexo negado. Expensas pagadas por Vandenbroele y su condición de representante ante el consorcio del edificio.

Carosso Donatiello no vive aquí sino en Madrid. Es amigo personal y socio de Vandenbroele en un fondo de inversión que colocó gran parte del dinero para levantar la quiebra de Ciccone. Vandenbroele es el titular de la empresa.

Clarín publica hoy que el servicio de televisión por cable en el apartamento referido estuvo desde octubre del 2011 –cuando se mudó Boudou– hasta enero del 2012 –cuando empezaron a trascender retazos del escándalo– a nombre del mismo Vandenbroele. Recién ese mes se inscribió como titular a Carosso Donatiello. Demasiadas casualidades para una historia turbia.

Verificada esa relación, al juez Rafecas no le harían falta, quizá, muchas más pruebas. El titular de la AFIP, Ricardo Echegeray, hizo su aporte cuando comunicó que una carta de Boudou se había interesado por la situación de la quiebra de Ciccone. Suficiente, a lo mejor, para imputarle el delito de negociación incompatible con su condición de funcionario público.

Cristina sigue en silencio. Habrá que ver cuánto daño futuro le acarrea esa actitud. Pero parece estar denotando una templanza y una conducción de menor talla respecto de las que mostró Kirchner en tiempos similares. Cuando estalló Skanska el ex presidente despachó al titular de Enargas, Fulvio Madaro y al de Nación Fideicomisos, Néstor Ulloa. Felisa Miceli soportó diez días en el Gobierno al hallarse una bolsa con dinero en el baño de su oficina en Economía. Claudio Uberti, de las Concesiones Viales, fue despedido por la valija de Guido Antonini Wilson. Esas causas se diluyeron en las siestas de la Justicia.

También la Presidenta estaría a la zaga de Dilma Rousseff en la voluntad para combatir la corrupción. La mandataria brasileña separó a doce ministros en un año y dos meses de gestión. La mayor parte obedeció a casos de falta de transparencia o a simple presunción.

El caso del vicepresidente parece ir dibujando en el horizonte, sin pausa, el perfil de una crisis para el Gobierno . El peronismo está mudo. Las voces kirchneristas solidarias con él suenan aisladas. Hasta Nilda Garré se animó a desdecirlo, aunque luego se asustó por la osadía –¿o por una reconvención de Cristina?– y acusó de manipulación a los medios. La Cámpora está dividida aunque se conoce bien que su líder, Máximo Kirchner, le retiró la confianza a Boudou aún antes de este problema.

El vicepresidente denunció ser objeto de una supuesta acción mafiosa. La historia de Ciccone indica que su quiebra, con interés de Boudou, fue levantada por un fondo de inversión con sede en un paraíso fiscal. Jamás se fiscalizó el origen de ese dinero. Su actual propietario, Vandenbro ele, es un monotributista que, además, sería testaferro suyo. En esas condiciones, el Banco Central ordenó que aquella empresa imprima billetes moneda nacional por un monto millonario en dólares.

Demasiados relatos, demasiadas realidades están en la Argentina patas para arriba.

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