Por Julio BlanckUn juez con muy altas responsabilidades pregunta, en charla estrictamente reservada: ¿por qué Boudou se empeña en negar que conoce a Vandenbroele cuando todas las evidencias muestran lo contrario?
La pregunta del magistrado no tiene respuesta, no puede tenerla. Sobre esa relación negada se edificó el capítulo público del escándalo Ciccone. Y aunque todavía no se conozca toda la verdad, esa relación empieza a explicar las acciones de Boudou para ayudar a sus amigos a montarse en la quiebra de Ciccone, desplazar a la competencia -quizás tan oscura y cuestionable como ellos mismos- y abrochar los negocios millonarios que justificaban la operación de asalto: impresión de boletas electorales de Cristina y de billetes de 100 pesos. Y lo que pueda venir todavía.
Por qué razón Boudou mintió y sostiene su mentira es algo que pertenece al fuero íntimo del vicepresidente. Quizás creyó que su hora de gloria en el poder lo habilitaba para hacer cualquier zafarrancho y cubrir todo con su aceleración verborrágica y su sonrisa canchera, con la prepotencia del audaz que disfruta una buena racha suponiendo que le va a durar para siempre.
Pero resulta que se comprueba que Vandenbroele pagó las expensas del departamento que Boudou tiene en Puerto Madero y pagó la televisión por cable y la cuenta del teléfono. Cuestiones que sólo se explicarían porque Vandenbroele vivió allí hasta que explotó el escándalo. Y se comprueba que la fantasmagórica empresa de Vandenbroele, llamada The Old Fund, dueña ahora de lo que fue Ciccone, le pagó dos viajes a Estados Unidos a un afortunado hermano de Boudou, Juan Bautista, además de una docena y media de boletos a José María Núñez Carmona, socio del vicepresidente, hacia destinos tan deseados como Sudáfrica durante el Mundial de fútbol, París, Miami, Punta del Este y las canchas de esquí en Aspen, Colorado, paraíso del jet set internacional. Eso sí: Vandenbroele y Boudou no se conocen.
El magistrado de la conversación inicial no tiene acceso a la causa Ciccone, pero habla con quienes la investigaron. Y sabe que en el expediente hay más elementos de prueba que los que la prensa y el público conocen. ¿Cuáles? No larga prenda. Los tiempos de la Justicia no son los tiempos del periodismo, dice con una sonrisa. Imposible franquear esa muralla.
En orden a que la Justicia no sea vista siempre como un cómodo vehículo a la impunidad de los poderosos, algunas voces influyentes aconsejaron al juez Ariel Lijo que no arrojase por la ventana al fiscal Carlos Rívolo, recusado por el activo abogado de Núñez Carmona que en los hechos funciona como defensor de Boudou.
Lijo, que llegó al expediente después que Boudou hizo echar al juez original, Daniel Rafecas, caminó por la cornisa entre la presión del Gobierno y la preservación de su carrera judicial en el largo plazo. Lo sacó a Rívolo pero promete mantener viva la causa, aunque lo haría a un ritmo que fácilmente será confundido con una anestesia total. Necesitará agallas para sostener el expediente que afecta a Boudou aún en un tímido estado latente.
Los jueces no buscan habitar un mundo de héroes, sino de sobrevivientes.
Otras decisiones vinculadas a la Justicia tienen menos tiempo de espera. En diez días debería decidirse si Daniel Reposo consigue el apoyo de dos tercios del Senado para ser el nuevo procurador general en reemplazo de Esteban Righi, el jefe de fiscales dinamitado por la defensa desesperada que desplegó Boudou con ayuda de Cristina.
No será tarea fácil para el aguerrido bloque oficialista que conduce Miguel Pichetto. Pocas veces se reunió semejante unanimidad de objeciones y críticas como las que recolectaron Reposo y sus raquíticos antecedentes de parte de académicos, asociaciones profesionales y políticos.
Reposo llegó a esta candidatura de la mano de Boudou, su protector primero en la ANSeS y después en la Sindicatura General. Son tal para cual. Como Boudou, también Reposo mintió: puso datos falsos en su currículum, como una inexistente disertación nada menos que junto a Ban Ki Moon, el jefe de las
Naciones Unidas. Descubierto, no tuvo vergüenza en decir que un inocente error de tipeo había provocado la confusión.
Igualito a Boudou diciendo que no conoce a Vandenbroele.





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