A Boudou lo están dejando solo y nadie derrama una lágrima por él

Por Julio Blanck

Pobre Boudou.

Habla y se contradice. Dice cosas que no son ciertas. Lo tiene arrinconado el caso de supuesto tráfico de influencias que investiga la Justicia en el negocio de fabricar billetes. Y lo están dejando solo.

Puede terminar, o no, con severos problemas judiciales. Eso se sabrá con el tiempo. Pero lo peor para su salud política es que lo único que consiguió hasta ahora, en materia de solidaridades, es que lo manden a recorrer programas de radio y televisión y diarios amigables para que se defienda por su cuenta . Y esto, después de soportar en silencio tres semanas de una lluvia imparable de denuncias y testimonios, mientras los habituales parlanchines oficialistas –con excepción de algún locutor siempre listo– cerraban la boca y se corrían prudentemente a un lado para no terminar salpicados . Ya se sabe: esa gente no hace esas cosas si no se lo ordenan de arriba.

A pesar del cuentito del cambio ético en esta etapa cristinista, lo que hace el vicepresidente es repetir la conducta que hemos visto desde hace muchos años en todo político que fue pescado en falta. Ni siquiera es original.

El menemismo privatizador y después la Alianza que se prometió redentora habían hecho de esta práctica negadora un ejercicio cotidiano. Se recordará que el propio presidente Carlos Menem era un experto en la materia.

“Burda patraña”, decía Menem cuando alguna noticia lo molestaba.

“Todo mentira” manotea Boudou ahora que el agua le está subiendo. Las palabras son diferentes, el jueguito es el mismo.

El vicepresidente atribuyó intenciones destituyentes en quienes destapan las maniobras en la imprenta Ciccone de quien fue denunciado como su testaferro. Y acusó a medios y a periodistas de formar parte de una confabulación para perjudicarlo. Replicó así las herramientas que el primer gobierno de Cristina usó de modo intensivo para construir parte de su edificio argumental durante el largo conflicto con el campo, en 2008. Aquella estrategia funcionó a medias y el conflicto se terminó perdiendo; después se perfeccionó la técnica y llegaron los éxitos esperados.

Pero Boudou parece haber cometido un grueso error de apreciación: esas herramientas se desenfundan sólo para defender a Cristina . No son utilizables por funcionarios subalternos incluyendo al propio vicepresidente, quien quizá se creyó parte de la empresa y es apenas un gerente circunstancialmente aventajado.

La soledad de Boudou en su defensa expresa, con crudeza, que Cristina es en sí misma, y sin compañías, el proyecto y el modelo. Por lo tanto, lo único a preservar.

Este escenario se potencia más porque, por encima de reproches en público y algunas palabras fuertes que le estampó en privado la Presidenta, Boudou no ha logrado granjearse ni la simpatía ni la confianza de algunos de los alfiles de más peso en el tablero del poder.

Máximo Kirchner receló desde el principio de la fácil cercanía que suele entablar Boudou con quien le conviene. Después de la muerte de Néstor el vice buscó congraciarse con el hijo presidencial como lo hizo con su madre. Y tuvo algunos gestos en favor de La Cámpora. Pero eso no limó la desconfianza que parece formar parte de la genética Kirchner.

Desconfianza personal y también ideológica , habida cuenta la pirueta de conversión que hizo Boudou desde el liberalismo al relato setentista. Cuando Boudou, ya vicepresidente, trató de conservar posiciones en el Ministerio de Economía, se topó con Máximo. El entuerto lo zanjó la Presidenta sin medias tintas y hoy Axel Kiciloff, joven brillante de La Cámpora, tiene más poder real como viceministro de Economía que el propio ministro, Hernán Lorenzino, propuesto por Boudou.

Guillermo Moreno lo ha destratado a Boudou delante de testigos, con el estilo brutal que dispensa a quienes se cruzan en su camino. El poderoso secretario de Comercio siempre vio en el vice –y antes ministro– a un competidor por el manejo cotidiano de la economía. Ya se sabe quién ganó la pulseada. Moreno suele facturarle a Boudou su cercanía al banquero Jorge Brito, mencionado además en las movidas del caso Ciccone. También se atribuyeron a amigos de Moreno los insidiosos panfletos de “Boudou miente” y los billetes de 100 pesos con el rostro del vice, que se arrojaron en el Congreso cuando la Presidenta habló allí la semana pasada. Nadie lo desmintió.

Carlos Zannini, influyente secretario Legal de la Presidencia, tampoco derrama una lágrima por la situación de Boudou. El vice se había aproximado a Julio De Vido, pensando en compensar el peso interno de Zannini. Pero De Vido entró en un cono de sombra, también enfrentado con Moreno. De aquella cercanía entre Boudou y De Vido participó Juan Pablo Schiavi, a quien Cristina acaba de echar de la Secretaría de Transporte dos semanas después de la tragedia ferroviaria en Once. Al parecer, Schiavi había soñado con acompañar a Boudou en la fórmula porteña de 2011. En el ambiente empresarial se cuenta que esa pretensión de Schiavi estuvo acompañada por una buena ayuda a la campaña de Boudou gracias a la generosidad de la empresa TBA , la concesionaria de los trenes Sarmiento y Mitre. El dedo de Cristina terminó eligiendo para esa candidatura a Daniel Filmus.

El peronismo mira a Boudou como a un ave de otro nido que vino a picotear en su comida. Algunos se arrimaron, en la campaña, al brillo de su sonrisa en ascenso. Pero ahora, en la mala hora, casi festejan el derrumbe de un competidor. Algo de esa revancha fría se vio en el Senado, cuando Boudou quiso nombrar a un par de miembros de La Cámpora en posiciones sensibles. El bloque kirchnerista se opuso, con apoyo de las otras bancadas. Miguel Pichetto y Aníbal Fernández, que si algo son, son peronistas , casi desafiaron al vicepresidente a medir fuerzas. Final de la historia: en los puestos en disputa quedaron quienes ya estaban y los protegidos de Boudou buscaron mejor destino.

El mal momento de Boudou puede ser transitorio y en algún tiempo quizás zafe de la investigación judicial y recupere su espacio . Pero mientras tanto, la política es despiadada. Entre alguna militancia joven circula un estribillo que, parafraseando el “Néstor no se murió” que se canta en cada acto como homenaje, le aconseja ásperamente al vicepresidente que ni piense en usar las pantuflas de Kirchner. Todavía nadie los mandó callar.

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