Un estudiantes de abogacía y otro de matemática recibieron prisión preventiva por asaltar el quiosco de la esquina.
El relato de los hechos que siguen lo realizó el fiscal Rubén Caro, quien la semana pasada envió a estos jóvenes universitarios a Bouwer, bajo sospecha de que fueron autores de robo calificado por el uso de arma de fuego.
Asalto, libre. “¡Tirate al piso! ¿Dónde está la plata? ¿Dónde están las tarjetas? ¿Dónde está el depósito de cigarrillos? Quedate quieto que tu vida corre peligro”. Esas fueron las palabras que, según el fiscal, usó el estudiante de abogacía mientras le apuntaba con una pistola Belga que estaba descargada al quiosquero de la esquina. Efectivamente, el robo lo cometió -lo habría cometido- en el maxi quiosco Open 3, ubicado en Balcarce y Rondeau, a media cuadra de donde un rato antes se había probado el pasamontañas.
El empleado del comercio no se resistió: entregó la recaudación (entre 700 y 1.000 pesos) y tarjetas de recarga de celular (por unos 300 pesos). El futuro abogado corrió a toda prisa los 50 metros que lo separaban de su cómplice: el futuro matemático, quien lo esperaba en la puerta del edificio donde vivía; el mismo lugar donde 30 minutos atrás, juntos, se habían probado las capuchas.
El cálculo no falló: el secuaz tenía la puerta de la torre Gibran abierta, por lo que él y el ladrón ingresaron al edificio rápidamente, y a la vista de decenas de personas. Se atrincheraron en el departamento, pero la sensación de que el golpe había salido perfecto fue efímera: 5 minutos después, a las 15.35, los policías golpearon la puerta.
“Avaro y Acosta, advirtiendo tal circunstancia, procedieron a quemar en el interior del departamento parte del dinero y tarjetas sustraídos, como asimismo algunas prendas”, relata con pulcritud el fiscal Caro al dictar la prisión preventiva de ambos, el martes de la semana pasada.
El grupo Eter apareció en la puerta del departamento donde la plata era quemada, y al lector no le costará anticipar el final: Avaro y Acosta, los amigos desde que iban juntos a la escuela secundaria, los estudiantes universitarios, los inexpertos delincuentes, “perdieron” aquella siesta de octubre.
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