YPF no es un bien mostrenco

Por Alicia Kirchner

El Viejo Mundo pareció convulsionarse con la decisión política de la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, de recuperar para el patrimonio nacional el control de YPF. Toda política de Estado tiene costos y beneficios.

El supuesto estupor y la queja entran en los primeros. Pero el petróleo, como el agua potable, es considerado en el mundo como un recurso estratégico que ningún país negocia. El petróleo –o su extracción y control– ha generado por décadas guerras sangrientas encaradas por los países centrales, a los que se suele llamar “serios”, o herederos de culturas milenarias.

Por el petróleo, esos países conquistaron y avasallaron otros pueblos y culturas. Por el petróleo siguen considerando a Estados jóvenes como colonias. En una Cumbre Iberoamericana, “un rey” amonestó severamente a un presidente latinoamericano por haberlo interrumpido, como si fuera su vasallo.

Siempre fue un negocio en escala pero de pocos. Es una parte significativa del desarrollo del capitalismo moderno, en cuya matriz llegaron a conformar en el siglo pasado un cártel petrolero conocido como Las Siete Hermanas. Las más poderosas en el mundo, de las que todavía sobreviven la Shell (anglo-holandesa), la British Petroleum (inglesa) y la Exxon Movil y Chevron (americanas). Son como caranchos petroleros que hacen dependientes a los países menos desarrollados. La presidenta lo calificó el año pasado en el G-20, como anarco-capitalismo. Pareció un neologismo, pero termina siendo la situación actual del antiguo Nuevo Orden Internacional de disciplinamiento planetario y la Comisión Trilateral después. Variaciones sobre un mismo tema.

YPF en realidad nunca dejó de ser argentina en el imaginario colectivo. Con lo cual ahora el Congreso de la democracia la devolverá al lugar que nunca debió perder. Porque los recursos naturales, y sobre todo los hidrocarburíferos, son de extrema necesidad para el crecimiento y desarrollo de un país con justicia social. Recuperamos para nuestro país lo que legítima y soberanamente nos corresponde, como las utilidades que Repsol hasta ahora vino invirtiendo en otras latitudes, devastando nuestros recursos. Desde el dominio de los mares hace 200 años hasta ahora, nunca dejaron de vernos como colonia disponible para la metrópolis.

Desde hace tiempo, algunas voces políticas nos aconsejaron ser amigos de los ricos en lugar de asociarnos con los pobres. Los “pobres”, en el mundo, son dueños de las mayores reservas de recursos naturales. Un ejemplo claro es Bolivia. Siempre fue considerada como un país pobre e inviable. Fue saqueado primero en sus minas, expoliando en los socavones a sus pueblos originarios. Pero de la noche a la mañana, un gobierno popular demostró que los bolivianos están sentados en una de las cuencas gasíferas más importantes del mundo. ¿Dónde está la pobreza? Sin duda en el dominio colonial de las grandes potencias.

No queremos ese destino para nuestro país ni para nuestro pueblo. No lo aceptamos por convicción ideológica del campo nacional y popular. Recuperar el control de YPF es mucho más que una intervención. Es un acto de plena soberanía, que está siendo acompañado por nuestros hermanos del Mercosur. Una unión estratégica geopolítica, que tuvo que sortear muchos obstáculos. Porque en principio se la quería sólo como una unión aduanera. Por eso hoy podemos discutir este y otros problemas que nos impacten, mano a mano con la Unión Europea, a la que está apelando España. Si no hubiéramos avanzado, hoy seguiríamos divididos y sin fuerza para competir e interactuar con otros bloques del mundo. Si no renováramos permanentemente nuestra voluntad de acuerdos no habría barreras y nuestros pueblos estarían indefensos. YPF no es un bien mostrenco. Sus dueños somos todos los argentinos y la estamos recuperando con la decisión política de un gobierno nacional y popular.

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