El bicentenario de las deudas

Existen ciertas situaciones en la Argentina de estos años, a las que es prácticamente imposible, o al menos muy pero muy difícil, encontrarles explicación. Veamos una de ellas, tal vez la más contundente: ¿cómo es que estando en crecimiento la economía se deteriora cada vez más la situación social?
Hubo interregnos, es cierto, como por ejemplo el período en el cual nos impactó -los estiletazos aún se sienten- la crisis financiera mundial, que fue sobrellevada muchísimo mejor que otras anteriores que, aún siendo más leves, nos habían dejado en la lona. Expandirnos en tales circunstancias estaba alejado de toda lógica, con evitar el desbarranque, alcanzaba y sobraba. Y eso se consiguió.

Formulado el paréntesis de esos dos años, en los que existió un atenuante por demás justificado, nos preguntamos ¿qué ocurrió en el restante tiempo de este ciclo? Es que desde 2003 a 2007 hubo una expansión económica promedio de 9 puntos anuales de crecimiento, que aun cuando se tomaban parámetros muy bajos como los que dejó la crisis de 2001-02 para medirlos, igualmente resultaban muy importantes para conformar una situación favorable para el país. Pero no encontró eco en el derrame sustentable hacia la población, pues aun cuando bajó la desocupación, la mejoría observada resultó muy endeble, sin estar abrochada a la producción, sino sostenida por el asistencialismo.

Fue así entonces que las consecuencias se comenzaron a sentir nuevamente en esta última etapa, cuando la situación socioeconómica comenzó a resquebrajarse de tal modo que volvió a alcanzar las cifras alarmantes del comienzo del ciclo. Cerca de la mitad de los argentinos están hoy en problemas para alcanzar un pasar con cierta dignidad; una buena parte sumido en la indigencia, y otra mucho mayor en la pobreza.

¿Que la inflación es la responsable? Entonces busquemos las razones que la motorizan, pues no es un fenómeno que llega por generación espontánea, sino que existen razones que la promueven. Una de ellas, la falta de confianza y credibilidad, esa misma que el Gobierno comenzó a rifar durante el conflicto con el campo, y que le costó, al menos con una buena parte de la sociedad, un quiebre que nunca se logró recomponer. Otra, la emisión de dinero, que según dicen personeros que están mucho más cercanos de la cúspide -como Redrado por ejemplo- está tomando un ritmo vertiginoso. Y finalmente, entre otros muchos factores, el suponer que se pueden aumentar los impuestos, la energía, el gas, el flete, sin que impacte en los precios. Eso es algo de Argentina año verde, pues aquí con todo lo que pasó en las últimas décadas, se creó una generación de expertos en materia inflacionaria, tanto con "el por las dudas" como en trasladar a los precios hasta el último centavo que se debe pagar por gastos en evolución.

Claro, en este amplísimo universo hay muchos que no pueden aplicar esa mecánica, conformando los heridos que va dejando esta lucha, casi siempre despiadada. Y en esa legión de maltrechos, entre otros, están los asalariados. Muchos gremios ya arreglaron con porcentajes que han quedado desactualizados casi antes de ser aplicados. Esa es la inflación, una lucha desigual en la cual no se salva casi nadie, si bien en algunos pega muchísimo más fuerte.

Esta es entonces una de las grandes deudas que se tienen con gran parte de los argentinos, que sería bueno reflexionar en este bicentenario.

Para poder responder con hechos, ya que las promesas nos han sepultado durante demasiado tiempo. Doscientos años y tantos revolcones, son suficientes.

Y la otra enorme cuestión pendiente, es el clima de concordia que hubiese merecido esta celebración tan grande. En lugar de tomarla como un mojón histórico, con la suficiente fuerza para torcer un presente tan mezquino, tiene una liviandad que espanta, pues las disputas y confrontaciones políticas se anteponen a la mismísima historia. Que la jefa de Estado y el jefe de Gobierno de Buenos Aires estén cruzándose notas para evitar convites, realmente desborda el vaso. Si ese es el ejemplo que nos dan los de arriba, los responsables de conducir, es que estamos mal. Y lo peor, sin que todavía lo hayan comprendido. Seguir alentando el divisionismo, es un camino con un abismo enfrente.

La realidad debe ser vista de otra manera, sin las especulaciones que tantas veces nos han cegado.

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