Por: Jorge Fontevecchia.“Imaginemos que las ciencias naturales fueran a sufrir los efectos de una catástrofe. La masa del público culpa a los científicos de una serie de desastres ambientales. Por todas partes se producen motines, los laboratorios son incendiados, los físicos son linchados, los libros e instrumentos, destruidos.
Así comienza uno de los clásicos de la sociología moral contemporánea, el libro Tras la virtud, del profesor inglés Alasdair MacIntyre, quien sostiene que “el lenguaje de la moral está en el mismo grave estado de desorden que el lenguaje de las ciencias naturales de este mundo imaginario después del triunfo del movimiento político Ningún-Saber”.
La comparación de la ficción de MacIntyre con el movimiento Ningún-Político (“que se vayan todos”) de la Argentina del crash de 2001-2002 es interesante. Como también las consecuencias que enfrenta la reconstrucción posterior.
A diez años de aquel derrumbe argentino de toda pertinencia, ya sea política, económica o periodística, que afectó a la mayoría de las representaciones, Macri y la oposición en su conjunto son un buen ejemplo de “aquellos que poseen sólo un conocimiento muy parcial” de “experimentos desgajados del contexto teórico que les daba significado”, y como los niños, “aprenden de memoria”.
Después de cuatro años de gobernar el territorio con el segundo mayor presupuesto de la Argentina, el más alto capital político nacional de Macri sigue siendo Boca, y gracias al triunfo de su candidato en la elección del club puede ilusionarse con que las centenas de peñas que Boca tiene en el interior puedan sustituir la falta de locales partidarios y la penetración a nivel nacional del PRO.
No hace falta alejarse mucho de la Capital; por ejemplo en Junín, a 260 kilómetros del Río de la Plata, el Frente para la Victoria nunca pudo ganar una elección y eso no significa ningún provecho para el PRO. En esa ciudad, son los radicales quienes renuevan la intendencia gestión tras gestión.
Pero a esos mismos radicales en la Ciudad de Buenos Aires les resulta más difícil lograr salir terceros en una elección general que ganar la votación para presidente del Jockey Club.
El discurso que Macri ofreció a la Legislatura al jurar y asumir ayer su segundo período al frente del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires fue tan deslucido como breve. Como de alguien incómodo que preferiría que la vida tuviera sólo imágenes sin sonido, en contraste con la potencia oral y textual que exhibe el Frente para la Victoria.
Todo cambiará mucho en cuatro años pero es difícil imaginar que un discurso como el de Macri pueda cautivar a las multitudes salvo que una crisis económica severa desilusione a los ciudadanos de continuar votando a favor de una alta intervención del Estado.
Macri, al ser sólo imagen y no palabra, resulta a la vez víctima y beneficiario de los prejuicios. Quienes tienen un rechazo visceral a lo que él socialmente representa colocan en su boca pensamientos e ideología que él nunca expresó. Y quienes rechazan al kirchnerismo también visceralmente colocan en Macri ideales y pensamientos que tampoco nunca exhibió ni expuso.
Su mayor mérito ha sido sobrevivir a la diáspora de los candidatos a cargos ejecutivos de la oposición, resistiendo en el gobierno de un territorio de visibilidad privilegiada. Apostando a que si lo débil que perdura se hace fuerte pueda en el futuro sumar tras de sí a sectores de la oposición huérfanos de liderazgos con posibilidades presidenciales. La concurrencia de la diputada electa Patricia Bullrich, escindida de la Coalición Cívica, a la asunción de Macri es un ejemplo.
Macri hace de la antiestridencia oral su ser. ¿Así expresa su esencia o todavía le falta encontrarla? Pareciera él mismo estar en la búsqueda de un futuro que aún no tiene claro y, consciente de la fragilidad humana, hace lo opuesto del héroe temerario que se lanza a su suerte en una sola dirección confiado de que la fortuna prefiere a los valientes.
El mensaje que transmite la foto que el propio Macri subió a Twitter dándole a su hija de dos meses, Antonia, la mamadera durante una reunión de gabinete quizá revele más que la unión de obviedades que constituyó su discurso de asunción. Desde distintas perspectivas, Macri coincide con Néstor Kirchner en que los fotógrafos son los mejores periodistas que un político puede tener. Distinta es Cristina Kirchner, quien prefiere los micrófonos.
Del humor de la sociedad en los próximos cuatro años dependerá que se prefieran palabras o imágenes, ideas o creencias, y cuál será el papel que jugarán los prejuicios. De ese humor depende el futuro político de Macri, un hombre que durante la ceremonia de asunción sólo sonrió cuando se refirió a Boca. Quizás otro mensaje más significante que las modestas 1.871 palabras de su discurso de ayer.
Otra fuerza social determinante será si en 2015 quedan reparados o no los estragos del movimiento del Ningún-Saber, homologable en esta alegoría a Ningún-Partido Politíco Institucional, o sea, sólo movimientos o líderes unipersonales como resultado de nuestro colapso en 2001. Carrió primero y Macri ahora ocuparon el lugar del radicalismo en la Ciudad de Buenos Aires sin poder ninguno de los dos proyectarse nacionalmente. En 2009 y 2011 Macri orientó sus alianzas al peronismo; en 2015 quizás apunte al radicalismo.




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