En Pernambuco, Lula tiene un 96% de popularidad. Hay fiesta y samba en las calles de Recife.
Un grupo de ocho chicas y chicos de unos 20 años disfrazados con una peluca que termina en una pelota de fútbol y unas camisetas de azul eléctrico hacen un pogo con una bandera de un candidato a senador mientras tratan de bailar al ritmo del “frevo” pernambucano. Van así saltando por entre los autos y cada tanto se meten en la playa. Cuando regresan a la avenida se topan con unos diez motoqueros que llevan banderas anaranjadas de un candidato opositor.
Se suceden las figuras y los conductores que pasan tienen la sensación de ir viendo una película. “Esta es la forma más efectiva de llegar a la gente. Parece que el candidato está ahí con ellos donde ellos vayan. Y los chicos expresan la alegría alrededor de ese candidato”, explica Mauro Elei, uno de los coordinadores de marketing que está trabajando para los candidatos del gobierno local del PSD y que a nivel nacional apoyan a la candidata oficialista del PT, Dilma Rousseff.
Los militantes que trabajan en esta campaña son pagos en su mayoría. Reciben entre 5 y 50 reales por día (de 5 a 30 dólares, aproximadamente), dependiendo de la función que cumplan. “Nosotros somos de un grupo de teatro y música, así que fuimos a ofrecernos directamente para hacer algunos actos y estamos acá en la playa o viajamos al interior del estado. Salimos y cantamos alguna canción o hacemos una performance en la calle, lo que quiera el candidato. Y, sí, ya trabajamos para dos candidatos diferentes. Pero no importa. Nosotros le metemos onda a todos”, cuenta Fernando mientras tomamos un agua de coco en uno de los barcitos de la avenida para intentar bajar el calor que está haciendo en septiembre.
Los votantes agradecen el entusiasmo de los militantes y algunos se ponen a danzar con ellos.
Cuando aparecen los candidatos del oficialista Partido de los Trabajadores, se siente que son los favoritos. Un grupo de garotinhas se saca las havaianas y danzan como si estuvieran en el sambódromo.
En la estratósfera de las encuestas aparece Dilma Rousseff, de 62 años, con el 50% de intención de votos. El socialdemócrata José Serra, con el 27% y la pequeña Marina Silva, del Partido Verde, con un 11%. Todos ellos se corporizan en la campaña en la hora del espacio gratuito que transmite cada noche la televisión en cadena nacional. Allí es donde se ventilan algunas diferencias y escándalos que pareciera importar poco a este electorado que, al menos acá en el nordeste, lo único que quiere es una continuidad de las políticas del presidente Lula, que se va con el 77% de aprobación a nivel nacional y que aquí en Pernambuco llega al inédito 96%.
La última semana Serra intentó descontar la diferencia con Dilma denunciando un caso de espionaje fiscal que afecta a su entorno más íntimo. La policía ya constató la violación del secreto fiscal de la hija del candidato, Verónica Allende Serra, y del vicepresidente el PSDB, Eduardo Jorge, cuyas cuentas bancarias del Banco de Brasil habrían sido intervenidas. Los diarios dicen que el espionaje se habría organizado directamente en la sede del PT. Pero ni los gritos de Serra han hecho mella en los votantes.
La revista Veja sacó a la luz otro escándalo. Reveló que Israel Guerra, el hijo de la ministra Erenice Guerra, mano derecha de Dilma, maneja una firma que hace lobby para empresas que quieran hacer negocios con el Estado. Le pregunto a varios de los que están haciendo la propaganda en la avenida Boa Viagem qué opinan del caso y nadie sabe de qué se trata. Acá prevalece la fiesta. “¿Quién le puede creer a los políticos? Mejor nos quedamos con la alegría que nos deja Lula”, resume Etelvinha, una mulata entrada en carnes y biquini estrechísima a la que no le importa tomar cada uno de los panfletos que le ofrecen de los diferentes candidatos y hasta danzar un poquito con cada uno. Cuando se pierde en la playa la sigue la música de un samba alegre con el cavaquinho (pequeña guitarra) marcando el ritmo.

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