Por Martín Rodríguez YebraLo dicen en voz baja, casi como una confesión. "Néstor no está muerto."
Con palabras casi calcadas, dirigentes de todos los fragmentos opositores expresan una sensación cercana al miedo: ya ninguno cree imposible que Néstor Kirchner pueda ganar la presidencia el año que viene.
"Kirchner juega a la antipolítica, lleva a todos al barro, nos divide, y en el caos su 20 o 30 por ciento vale oro", resume un peronista crítico.
La paradoja opera así: los líderes opositores insisten en imponer la agenda de reformas prometida en la campaña de 2009, el kirchnerismo resiste con denuncias, amenazas e ingeniería reglamentaria, amplifica las discusiones hasta convertirlas en escándalos, opera para ahondar las divisiones de sus rivales, atrofia al Congreso y enmarca la crisis en una supuesta guerra declarada por factores de poder económico-mediáticos. El barullo causa hartazgo social y, aunque no le sume nada al Gobierno, les resta a los demás, como marcan encuestas confiables. Desde enero casi todos los referentes políticos caen más de lo que suben.
El oficialismo ya ha blanqueado que el plan de Kirchner es ganar con el 40 por ciento y 10 puntos de diferencia, la fórmula constitucional para evitar un ballottage. Ahora, ¿cómo hará Kirchner para sacar 40 puntos cuando su imagen negativa parece atarlo a resultados mucho más módicos? Sus allegados susurran respuestas. El ausentismo puede ser decisivo: cuantos menos voten, más fácil será llegar al número mágico. "Cuando la gente se pudre de la política, suma el que va primero", dice una fuente. Otra clave es la fragmentación opositora. Si el antikirchnerismo llega a 2011 repartido en más de dos o tres fórmulas, el ex presidente habrá cumplido un objetivo de campaña. Para eso ayuda la indefinición legal sobre el proceso de elecciones. La ley de primarias obligatorias no está reglamentada y sólo los Kirchner saben si se va a aplicar.
El repunte económico que pronostican los analistas (aunque con el riesgo de la inflación) podría completar la jugada para "contener a los propios".
Algunos opositores, como Julio Cobos y Francisco de Narváez, parecen ver la trampa. El vicepresidente quisiera escapar a las peleas a que lo expone este Congreso de mayorías lábiles. De Narváez hace lo posible por no mostrarse en la Cámara de Diputados, aunque está obligado a estar y a dar quórum. La línea es muy fina entre meterse en el barro y quedar acusado de ser "cómplice" del Gobierno. Carlos Reutemann, en su indecisión, sólo decidió acomodarse en un prudente segundo plano. Mauricio Macri cae menos en las encuestas de lo que podría esperarse en el contexto del escándalo por el espionaje. Algunos analistas suponen que lo que pierde por un lado lo recupera con un discurso "antipolítico" que paga dividendos.
"Estamos en una trampa", admite un legislador radical. La oposición no saldrá del clima hostil: la semana que viene intentará eliminar el DNU que permitió pagar deuda con reservas. Puede darse otra situación hilarante. Diputados rechazó el decreto, pero el kirchnerismo negoció el apoyo del senador peronista Carlos Verna para votar un proyecto de ley que da las mismas facultades a la Presidenta y en su último artículo deroga el DNU. Es decir, el decreto habrá sido rechazado en las dos cámaras, pero en expedientes distintos: entonces seguirá vigente.
Pasada esa batalla, la oposición insistirá en el cambio del impuesto al cheque que Cobos y Eduardo Fellner se pasan como en un partido de tenis. Después buscará repartir los ATN retenidos por el Gobierno y abrirá el debate para reformar el Indec.
Hay ruido para rato. Tal vez Kirchner se esté frotando las manos.







Comentá la nota