A metros del Palacio Municipal, en la zona de plaza Moreno, los vecinos viven aterrados cada fin de semana por los desbordes que se generan a la salida de un boliche. La Policía reconoce que “es una lucha de nunca acabar”
HISTORIAS
La queja vecinal es repetida y suma historias de todo tipo, pero no hay una sola que no apunte contra el local bailable que funciona en el barrio, el principal hacedor, según los vecinos, de los males que vienen sufriendo desde hace tiempo. Se organizaron marchas de protesta, hubo clausuras ciudadanas y se enviaron cartas al Municipio para que tome cartas en el asunto. Hasta ahora, sin embargo, la única respuesta que obtuvo la gente fue el silencio.
María del Carmen Bruni, por ejemplo, vive en 11 y 55 (a pocos metros del boliche en cuestión) y asegura que ya está cansada de pedirle a las autoridades que tomen nota del problema. “Acá todos los fines de semana es un infierno, pero para el Municipio es como si no pasara nada. ¿Para qué está Control Urbano? Se arman puestos de choripanes en la plazoleta, se hacen picadas de motoqueros y se oyen gritos y piedrazos todas las mañanas. Estamos cerca de todo pero alejados de cualquier ayuda. A los vecinos, la verdad, nos llama poderosamente la atención que no quieran escuchar nuestro reclamo. Si la Municipalidad sabe que el problema está, ¿por qué no hace nada?”.
La queja de María del Carmen es parecida a la de Juliana Amerisi, una vecina de 55 entre 10 y 11 que los fines de semana se muda a la casa de su novio para, como dice ella, “no tener que estar en medio del desastre”. Según cuenta, “hay rumores de todo tipo. Nadie puede asegurar que acá haya coimas, pero lo cierto es que este boliche genera una situación caótica todos los fines de semana y funciona a metros de dos centros de salud sin que nadie se lo prohiba. ¿Cómo hace? Por acá la policía no aparece y el Municipio no interviene, y pese a todas las denuncias que hicimos sigue como si nada; entonces está claro que hay algo que excede cualquier buena voluntad de querer solucionar el problema”.
Lo que cuentan los vecinos se refiere a un dato que no deja de llamar la atención: en la zona de 11 y 55, a pocos metros del boliche denunciado y donde durante las madrugadas de los fines de semana se generan corridas, batallas campales y roturas de autos y vidrieras, funcionan un centro educativo y dos centros de salud (uno de ellos un neuropsiquiátrico), algo que está prohibido tanto por las normas provinciales como por las municipales.
El drama que viven por estos días los vecinos de plaza Moreno, hay que decir, es en realidad parte de un fenómeno más complejo que tiene a la nocturnidad como centro del debate, y que suele enfrentar a bolicheros y vecinos en una batalla donde, por lo general, son los frentistas los que se llevan todas las de perder.
Laura García Urcola, de hecho, una vecina de 8 y 61 que se sumó hace poco a la movida vecinal contra el desborde de la noche, lo explicó de manera muy clara: “Nosotros no estamos contra ningún boliche ni queremos ser los vecinos quejosos que protestan sólo porque no pueden dormir. Pero nos preocupa que la nocturnidad en el casco urbano esté desbordada, y eso es responsabilidad del Municipio. Sabemos que se vienen haciendo clausuras, pero funcionan como puestas en escena para calmar las aguas unos días y que después no pase nada. Es vender humo. El drama acá no son sólo los ruidos, es la noche. Nosotros lo que pedimos es que se cumpla con las ordenanzas que ya están aprobadas. Pero eso es algo que no se lo podemos exigir al comerciante. Se lo tenemos que exigir al municipio”
Mientras el temor gana cada madrugada de fin de semana el barrio cercano a la plaza Moreno, no son pocos los vecinos que apuntan contra la falta de presencia policial en toda esa zona, algo que para muchos resulta clave a la hora de analizar la problemática.
“Está claro que mientras haya boliches que paguen coima va a seguir existiendo este drama de los boliches que hacen lo que quieren sin control -opina Romina Soto, otra vecina de diagonal 73 que participó en marzo pasado de la clausura ciudadana organizada por la gente del barrio-. Está claro que todo sería más sencillo si hubiera presencia policial en el barrio. Es increíble: los pibes tiran piedrazos, rompen autos y patean puertas a plena luz del día y no hay nadie que los controle. En este barrio vive mucha gente mayor, muchas familias. Es un despropósito que nadie haga algo para que esa gente pueda estar tranquila. ¿Sabés lo que es estar adentro de tu casa y escuchar los piedrazos y las alarmas de los autos todos los fines de semana como si afuera hubiese una guerra? ¿Sabés lo que es que tener que irte a dormir con el teléfono al lado porque en cualquier momento tenés que llamar al 911?”
Lo que cuenta Soto se hace palpable con sólo ver la rambla de diagonal 73 que va de 54 a 56. En ella, faltan decenas de baldosas, y en todos los casos fueron sacadas por los chicos durante las batallas campales que se arman en plena madrugada.
“¿Sabés lo que es estar adentro de tu casa y escuchar los piedrazos y las alarmas de los autos todos los fines de semana como si afuera hubiese una guerra?”
“Yo ya no se a quien pedirle que haga algo -se lamenta María del Carmen-. Una puede llamar a la policía y pedir más patrullaje, pero lo cierto es que mientras haya una discoteca que convoca a cientos de chicos en medio de un barrio familiar, el problema se va a seguir repitiendo. Alguien va a tener que hacer algo para terminar con esta pesadilla, pero algo de verdad, de fondo. Estamos cansados de tener que vivir con miedo adentro de nuestras casas”.
En la misma sintonía se oye el reclamo de Soto: “Con otros vecinos ya estamos hartos de enviar protestas en forma de petitorios y que nadie nos de una respuesta. Los enviamos a la municipalidad y a la Defensoría del Pueblo, pero lo triste en todo esto es que nos vamos dando cuenta de que en realidad no hay intención de solucionar el problema. Si quisieran ya lo hubieran hecho. Es increíble, a veces nos piden a los vecinos que hagamos de policías. Nos han llegado a decir que el municipio sólo tiene siete móviles y que no pueden operar. Yo creo que es una vergüenza que nos aumenten la tasa municipal en casi un quinientos por ciento y no te den una mínima protección a una cuadra del palacio comunal. Uno pide que tanto la municipalidad como la policía cumplan con su deber, pero vemos que pasa el tiempo y no lo hacen”.
EN ABRIL
No hace mucho, en abril pasado, los vecinos de este barrio se movilizaron y, sumándose a la queja de otros puntos del casco urbano platense, motivaron a que la Comuna pusiera en vigencia el Código de Nocturnidad, una norma que busca intensificar las exigencias sobre los locales de actividad nocturna y, a la vez, intenta poner freno a una serie de conflictos que incluye ruidos por encima de los decibeles permitidos, motoqueros que copan las zonas de algunos bares y, en varios casos, irregularidades dentro de los propios boliches.
Según confiaron en aquella oportunidad desde el Municipio, con la puesta en vigencia de la nueva normativa se iba a iniciar “un proceso administrativo para analizar la revocatoria de habilitación de algunos bares que suman varias infracciones”. Estos boliches que serían especialmente analizados eran cuatro: el ubicado en la zona de 8 y 61, el que funciona en la esquina de 8 y 54 desde hace ya tiempo, el que trabaja en 49 entre 1 y 2 y, por último, el que abre precisamente todos los fines de semana en 11 y 55, que como se dijo es uno de los que más denuncias acumula en el casco urbano.
Aunque el temor de los vecinos entra como se dijo dentro de la problemática general de la nocturnidad -que en nuestra ciudad ya suma varios capítulos-, aquí toma algunos ribetes llamativos, entre los que se destacan el reconocimiento del problema por parte de las propias autoridades policiales como “una lucha de nunca acabar” (ver “La salida...”) o, claro, la zona donde todos estos desmanes se repiten semana tras semana: a unos pocos pasos de los lugares donde, precisamente, deberían evitar que esto ocurra.
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