Barril sin fondo

A pesar de que recauda, la Municipalidad nunca tiene un centavo, y le debe a más de uno. Lo poco que tiene lo quiso invertir en crear una nueva oficina de control, desconociendo las atribuciones de los que ya tienen la función de controlar. Un verdadero barril sin fondo, que no quiere ser arreglado.
Todos los vecinos saben que viven en una comunidad esencialmente careciente. Sus gobernantes la han llevado a padecer los males de una pequeña comunidad tercermundista, mientras luce en postales y libros como la luminosa ciudad capital turística, al menos de la región. Entre los polos extremos de miseria y fastuosidad -lo que realmente es, y lo que parece ser, vista detrás de la lente de los funcionarios que disfrutan de los subsidios-, Mar del Plata es la reina de la basura abandonada, de las calles rotas y de la falta de administración en los gastos públicos.

Repetir hasta el cansancio es una labor insoportable, pero una vez más es necesario recordar que esta administración goza de un lujo único en su especie: recibir aportes de miles de ciudadanos que no viven en la ciudad durante el año, y por lo tanto no consumen ninguno de los servicios que esta comuna debe otorgar. Se trata de los turistas propietarios de viviendas de veraneo.

Son ellos quienes pagan, pagan y pagan, pero no consumen en esta ciudad ni educación, ni salud, ni siquiera van a pedir un comprobante impreso. No están. No ocupan siquiera el espacio de la fila en las unidades de pago. Representan un negocio redondo, solamente comparable al que pueden disfrutar las alcaldías de Marbella, de Punta del Este, de Miami. Los propietarios pagan y solamente vienen en verano.

Así y todo, el dinero no alcanza nunca ni para lo más primordial. Esta Municipalidad, comandada por quienes desde hace años insisten en llevar la pesada carga de una administración que desconocen, no termina de aprender, y tienen la estrategia gastada del adolescente que simula independencia: cuando la plata no alcanza, se le pide más a papá. En este caso, a papá y a mamá, Gobernador o Presidenta.

Por más que cobre y cobre, este intendente no consigue que el dinero se le vea, y la mayor parte de los recursos desaparecen como por arte de magia, licuados en pésimas ideas que hacen que nunca se sepa exactamente en qué se usó el dinero.

Por eso, y como un manotazo de ahogado, Gustavo Pulti tuvo ya hace años la pésima idea de seguir agregando números a la planta de sueldos que se paga mes a mes, y así crear una nueva dependencia que se ocupara de averiguar por dónde se le escapaba la plata: sería la Auditoría de Gestión Municipal.

En realidad, la propuesta original fue desarrollada por un funcionario que no sabía qué hacer para cerrar la canilla: Mariano Perticarari, director general de Asuntos Administrativos de la Secretaría Legal y Técnica. Durante su gestión en 2007, ya había enviado una nota al intendente diciendo que consideraba propicio crear esta figura legal dentro del organigrama: sería para poder echarle la culpa a alguien, para que nadie se enterara de que no se supervisa, y siempre se hace lo más caro y menos adecuado.

La primera objeción, cuando la intendencia decidió enarbolar esta idea tan antieconómica, fue que la supervisión general ya estaba en manos de un organismo provincial: el Honorable Tribunal de Cuentas, que examina las finanzas provinciales y también municipales. De hecho, el artículo 14 de la ley 10.869 indica que es facultad del Tribunal:

1. Examinar los libros de contabilidad y la documentación existente en las dependencias públicas provinciales o comunales o en aquellos entes que de cualquier forma perciban, posean o administren fondos o bienes fiscales.

2. Inspeccionar las mismas.

3. Realizar arqueo de caja (…)

5. Celebrar convenios con organismos similares de otras jurisdicciones para la

fiscalización conjunta de entes interestaduales, sujetos a su competencia.

6. Toda otra actividad que coadyuve al cumplimiento de las funciones previstas en la presente ley.

Entonces, los partidarios de darle cuerda a un nuevo dispendio de recursos afirmaron que no era lo mismo, que el Tribunal de Cuentas tenía a cargo el control de la legalidad, que las cuentas fueran correctas y de acuerdo a la norma. En cambio, la nueva oficina de Auditoría General de la Municipalidad tendría a su cargo el control de gestión: según se estipula en el proyecto, la cuestión es examinar la economía, la efectividad y la eficiencia de cada una de las medidas tomadas por los funcionarios de la comuna.

¿Tan locos?

La respuesta no se hizo esperar, y el primero en plantear sus reservas respecto de esta nueva creación de otro imperio de la burocracia -con otro séquito de seguidores, choferes, portadores de celulares, abridores de puertas, y escribas de agendas- fue el contador de la Municipalidad, Roberto Arango. En 2008 respondió al secretario de Economía y Hacienda diciendo que se estaban apurando mucho. Consideraba que el tiempo que se había utilizado para analizar y tomar decisiones acerca de este proyecto era sumamente escaso, ya que algo tan caro requería el análisis y consenso de sectores profesionales específicos, como reparticiones técnicas y académicas, y fundamentalmente la del órgano de control externo que fija la Constitución de la provincia de Buenos Aires, que es el Honorable Tribunal de Cuentas.

Dice además Arango: “El control previo y concomitante de la ejecución financiera está a cargo de la Contaduría General, mediante procedimientos que están – como se expresó- legislados, y a cuyo cumplimiento debe atenerse”. Por lo tanto, dice que nada le impide al intendente crear un área específica que lo asesore en materia de procedimientos de auditoría. Pero que aún no han expuesto sus propulsores ni una línea sobre el impacto que esto tendrá en lo presupuestario: “No existe una estimación de costos de funcionamiento del área, por cuanto se estima que para llevar a cabo su tarea deberá disponer de más cargos políticos y de planta, como espacio para su desarrollo y funcionamiento, insumos, bienes durables y servicios. Cabría una indicación sobre lo que el proceso de su implementación demandará para ver el impacto en el presupuesto vigente y los siguientes”. Por ahora, agrega, dinero previsto para esto no hay.

Esta es la primera voz oficial que documenta una postura sensata diciéndole al intendente y a sus acólitos: no sé que están inventando, es posible que lo hagan, pero no voy a dejar de decirles que soy el Contador de la Municipalidad.

Es decir que esta Municipalidad tiene previstos organismos de control en cada área, por algo existen supervisores y jefes. Tiene, además, un área de Hacienda, que debe hacer algo más que cobrar impuestos. Si no, serían demasiados cargos para tan poco.

Tiene, además, una gran oficina de Secretaría Legal y Técnica. Tiene sectores de supervisión administrativos y de sumarios. Tiene revisores de cuentas por donde quiera, y -como si fuera poco- la supervisión prevista por la Constitución, que es el Tribunal de Cuentas. Pero parece que no les alcanza.

África mía

Pero lo que el intendente quería no era eso, era tener un órgano de control subalterno que reportara a él mismo, y no a la provincia. De hecho, se especifica de esa manera en el proyecto de ordenanza. El nuevo auditor sería un segundo del intendente: un presunto experto con salario de secretario que le indique a él lo que considera o no efectivo, para que sea sólo Pulti quien decida qué es lo que debe saberse y lo qué no.

No sólo suena feo, sino que es feo. Parece que el responsable del Ejecutivo no sabe que esta comuna no tiene personal para que aplique vacunas, ni médicos en las salas de emergencia. Y no los tiene, no solamente porque no los emplee, sino porque cuando se llama a concurso para cubrir las vacantes, se ofrece un sueldo tan miserable que muy pocos o ningún facultativo acepta desarrollar una tarea de gran exigencia y responsabilidad por esas migajas. Pero claro, quienes tienen el sueño de seguir creando puestos burocráticos, no se atienden en las salas barriales, ni necesitan recurrir a ellas en una emergencia nocturna para encontrarse con una puerta cerrada por la más absoluta carencia de personal, que obliga a llamar a la ambulancia prácticamente para cualquier caso.

También parecen no ver que esta Municipalidad siempre debe fortunas a la empresa de recolección de residuos, y que tiene basurales a cielo abierto, que nos regalan tomas aéreas parecidas a las de los países africanos, esos que padecen las peores epidemias gracias a la imprevisión más desalmada.

Parecen no saber que aquí los baches del pavimento celebran cumpleaños, sobre los cuales los vecinos colocan carteles, hartos de partir sus autos en la noche, porque tampoco hay iluminación suficiente como para evitarlos. Parecen no saber que para toda la ciudad hay una única cuadrilla de emergencias eléctricas que se ocupa de las luminarias callejeras, que hace que cada vez que una cuadra queda en tinieblas, pase así mucho tiempo.

O que muchos vecinos terminan podando los árboles ellos mismos, a falta de mano de obra especializada que llega cuando pasó la época apropiada. O que no hay tampoco una división de zoonosis que se ocupe de verificar lo que pasa cuando los perros de razas peligrosas están sueltos en las veredas, y se generan accidentes permanentes. Sólo se enteran cada vez que muere algún ciudadano por mordeduras tremendas.

Finalmente, es la misma gestión que ha enviado a las calles inspectores de tránsito que en vez de supervisar se dedican a hostigar a los conductores, porque ya no cobran horas extras, sino una “productividad” que deviene de la cantidad de multas que realizan. En consecuencia, cada vez que aumentan los servicios, más vale cuidarse de tener un inspector cerca, porque de alguna parte sacará el dinero necesario para equiparar sus cuentas, y va a multar a cada conductor por supuestas infracciones, antes de que las cometa.

Pero el intendente no ve nada. Sólo ve que su barril sin fondo debe seguir así, y para eso necesita cada vez más colaboración. Y – claro- la colaboración hay que pagarla.

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