Los barones de la yerba mate y la cartelización de la producción

A escondidas, acordaron el aumento del precio en góndola. Los supermercadistas se sumaron. Pero la diferencia no llegó a los eslabones más débiles. Aún así, los industriales pagan menos que los precios fijados por la Nación. El gobierno de la Renovación desarticuló la unanimidad del INYM con políticas concertadas con la Nación.

El súbito incremento que experimentaron los precios de las principales marcas de yerba mate en las góndolas, reveló el auge de la cartelización de esta actividad que tiene como protagonistas a los llamados “barones” de este sector, radicados en Misiones y Corrientes.

Las maniobras más recientes que llevó adelante este selecto grupo, impactó de tal manera en la sociedad argentina que hasta la presidenta Cristina Fernández de Kirchner tuvo que salir a reclamar comprensión por un lado y mayores controles, por otro.

De un día a otro, el precio de las principales marcas se incrementaron hasta en un 300 por ciento, según las denuncias de las asociaciones de consumidores de distintas provincias de la Argentina, sin que aparentemente mediara motivo alguno.

De entre 12 y 14 pesos que costaba el kilo de yerba en góndola, a principios de marzo, un mes más tarde llegó a cotizar entre 20, 30 y 45 pesos, como consecuencia de la voracidad de los eslabones más altos de la cadena productiva: la industria y la comercialización.

Disparada que no fue casual

No fue casualidad que la disparada se produjera ni bien el Ministerio de Agricultura de la Nación laudara en 1,70 pesos para el kilo de hoja verde y en 6,90 pesos para la canchada, en línea con el gobierno de la Rnovación. Ni tampoco un efecto que suele atribuirse al mercado.

Se trató lisa y llanamente de una

maniobra pergeñada por los “barones de la yerba” para incrementar sus ganancias, a costa del trabajo y del sacrificio de los eslabones más débiles, como los tareferos, productores y cooperativistas.

Sólo así se puede entender, por ejemplo, que los desmedidos aumentos se hayan aplicado a la yerba mate ya envasada y en góndola, cuando en realidad los nuevos valores establecidos por Agricultura de la Nación recién comenzaron a regir para la cosecha que se inició el 1 de abril, según la lectura más simple del ardid.

Es que de acuerdo con los mismos principios de las matemáticas que ratifican siempre que 1 más 1 es 2, se puede deducir que tal incremento fijado para la recolección que comenzó, al producto elaborado llegará a las góndolas en por lo menos seis o siete meses.

Yerba vieja con precios nuevos

A grandes rasgos, al procedimiento tradicional para la cosecha mayor que se extiende de abril a septiembre, le sucede luego una suerte de control de calidad, venta y traslado hasta la boca de expendio, otras tareas culturales como el sapecado y la molienda, para recién después llegar al público.

De ahí la estimación del plazo mencionado, en caso que el producto final corresponda a la actual cosecha y no a cosechas anteriores, como generalmente ocurre y que, en la actualidad, representan un stock de 170 millones de kilos, de acuerdo con cifras oficiales del Instituto Nacional de la yerba Mate (INYM).

Ahora bien, cuando se habla de cartelización de la actividad, se apunta a que: más o menos, la yerba empaquetada y en venta al público, responde a cosechas anteriores en las que se pagaron 1 peso o 70 centavos por el kilo de hoja verde.

Por esa razón, los paquetes de un kilo o de medio kilo, deberían venderse a 12, 13 o 14 pesos y no a 20, 35 o 45, ya que por esta yerba los industriales no pagaron de más, como podría ser los 1,70 pesos fijados a partir del 1 de abril.

¿Qué pasó? A poco que Agricultura de la Nación diera a conocer los nuevos valores, los “barones de la yerba”, nucleados en la Cámara de Molineros de Yerba Mate de la Zona Productora (CMYMZP), donde menos de cinco “ilustres” llevan la voz cantante, comunicaron la situación a los supermercadistas.

Lo que sobrevino es historia conocida por todos los argentinos, toda que vez que cierto sector con algo de poder en la economía intenta anteponer sus intereses sectoriales al de la sociedad en general: aumentaron los precios sin miramientos.

Históricas Maniobras

Pero nada de eso fue improvisado por el lado de quienes se llevan la parte del león en la producción yerbatera. Al contrario, se trató nada más de reprisar una confabulación de los poderosos que viene desde el fondo de la historia.

“No puede ser que un tarifero (no tarefero, como todos conocen) quiera cobrar más; bajale el pago”, fueron las recomendaciones que bajaron de lo industriales a los productores tratando de que desistan del precio establecido por la Nación. En los días siguientes la tozudez de unos, la mayoría, colisionó con la picardía de los menos. Estos últimos optaron por sembrar confusión al recibir la materia prima previo descuento del Impuesto al Valor Agregado (IVA).

Fue entonces que el 21 por ciento del IVA se aplicó, no sólo sobre los 1,70 pesos fijados por la Nación, sino sobre los 1,10 o 1,40 pesos como pagaban los “barones de la yerba”, hasta que los productores, los gringos, los “tariferos”, los más débiles de la cadena, se plantaron.

“O pagan los valores fijados o no hay yerba”, dijeron los más pero que, paradójicamente, perciben menos. Y se desato otra historia que sólo tiene una salida: distribución equitativa de la riqueza.

Los acuerdos de los poderosos

que atentan contra los débiles

De acuerdo con la Real Academia Española (RAE), “cartelización” en términos del manejo de la economía es “el sistema donde la mayoría de las empresas que participan, son prácticamente las mismas o arreglan entre sí”.

La definición agrega que “las empresas, que pueden contar con el aval oficial para presentarse en las licitaciones, se ponen de acuerdo para presupuestar con sobreprecios el valor original de los pliegos”, en otro aspecto de las maniobras que son capaces de diseñar.

Pero cierto es que desde lo más profundo de la historia de la producción yerbatera, hubo un sector, el de los industriales, que se impuso al resto con diferencias tan profundas que en algún momento alentaron la creación del INYM.

La idea fue, desde el comienzo, equilibrar las posiciones, aunque el poder concentrado en unos pocos en ocasiones se traduce, aún hoy, en gestos cercano al sometimiento. Y no por voluntad de los representantes de los más débiles, sino por una necesidad de supervivencia de éstos.

A tal punto llegó el “lobby” de los poderosos que lograron incluir en los estatutos del Instituto la exigencia de la unanimidad para la aprobación de los precios ante cada cosecha, una regla leonina que demuestra quién es quién en esta puja, réplica del medioevo.

Con el paso del tiempo, los resultados están a la vista: hay una franja conformada por miles de tareferos y otros tantos pequeños productores, y sus respectivas familias, que nunca lograron modificar un ápice las ambiciones de los industriales.

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