La banca solitaria

En un fallo ejemplar, la Cámara de Apelaciones condenó al Banco Credicoop a indemnizar a un ex cliente al que le había cerrado las cuentas injustamente. No obstante, la entidad apela a la Suprema Corte, para no pagar nada. Ni siquiera el sellado para iniciar acciones.
Ninguna banca es tan solitaria como la del poder permanente, pero a quien lo ejerce, la soledad anunciada le importa un bledo. Una banca de poder a perpetuidad es la presidencia del banco Credicoop, ejercida desde tiempo inmemorial -y hasta que las velas no ardan- por el hoy diputado nacional kirchnerista Carlos Heller, que se dice dispuesto a ir adelante con la reforma de la ley de entidades financieras.

Heller preside la llamada “banca solidaria”, identificada además con la anquilosada estructura del Partido Comunista Nacional, por fuera de cuyas paredes parece que no crecerá la hierba. La banca solidaria que ha dejado a más de uno con lo puesto y en Ezeiza, en los años en los que la movida bancaria decidía el futuro de los exiliados económicos.

Esta entidad tiene en su haber acciones tan deshonrosas como no haber cumplido con una sola de las mandas judiciales por las cuales debía resarcir a los ahorristas que habían visto su dinero atrapado en el corralito. Cuando las sentencias se empezaron sentir, la “banca más solidaria del país” escondía los fondos en bolsas de consorcio, para poner negar su existencia cuando un abogado llegara con un cliente a hacer cumplir la orden de un magistrado. El dinero estaba en el baño, o directamente en el camión de caudales que operaba a discreción, bajando y subiendo plata según tuviera o no que estar.

Pero Heller está allí, tomado del cargo con uñas y dientes. Se le podría aplicar la frase que hizo más inmortal que nunca al presidente de la AFA, Julio Grondona: “de acá me van a sacar muerto”.

Lo mismo pensará el presidente del Banco Credicoop, estandarte financiero del Partido Comunista, que puede poner en el registro del Veraz a quien le dé la gana, sabiendo que eso significa la muerte comercial de un ciudadano que no podrá, por diez años, tener ni un teléfono celular propio.

El cliente

Para el banco que esgrime el slogan de encarnar la solidaridad como valor intrínseco, la palabra vale poco. Sobre todo a la hora de cumplirla, y vale como ejemplo suficiente el caso de un operador de seguros, Adelqui Ángel Baggini, que en 1999 operaba con esa entidad, sucursal Batán, con dos cuentas corrientes.

Es un trabajador cualquiera, no un financista ni un poderoso. Sostenía con la entidad un acuerdo de palabra: en una de sus cuentas depositaba cheques de terceros con fecha posdatada que eran garantía suficiente de un descubierto proporcional que usaría en su otra cuenta. Así se había sostenido durante tiempo de manera ordenada y documentada, y así Baggini, que en ese entonces tenía 55 años, llevaba adelante el movimiento de sus clientes.

Sucedió que el 29 de octubre de ese año, 1999, que era viernes, Adelqui fue llamado por un nuevo gerente de la sucursal. El jerárquico llevaba en el cargo unos 15 días, y había decidido -por razones que sólo él conoce- modificar las condiciones de la operatoria de sus clientes. Pero lo había decidido con fecha del día, al instante. Le informó a Baggini que esas condiciones no se mantenían, ya que se trataba de un acuerdo de palabra del cual no había ningún registro escrito, y que las cuentas en caución ya no justificaban el descubierto. En suma: debía depositar ese viernes cerca de las dos de la tarde.

De nada valieron los pedidos del antiguo cliente, que no podía responder al requerimiento intempestivo metiendo la mano en el bolsillo y necesitaba un poco más de tiempo para volver a regular de otra forma la circulación financiera que venía ejecutando.

“El nuevo gerente se burló de mí, me dijo que yo era un desordenado, cuando soy casi un enfermo de los documentos y la prolijidad en los papeles”, dice hoy el cliente recordando el mal trago. Las cuentas fueron cerradas y allí se inició un largo proceso que modificó su vida de cabo a rabo.

Para comenzar, la relación laboral de Baggini con la empresa Liderar SRL, para la cual trabajaba, se interrumpió; el productor debió enfrentar las cuentas solo, y realizar una hipoteca sobre su casa para hacer frente a las deudas.

Obviamente este no fue el fin: su nivel de gastos y su estándar de vida se vieron totalmente afectados. Adelqui terminó expuesto en el registro del Veraz, humillado y desacreditado frente a sus clientes y sus jefes.

Semejantes trastornos financieros minaron su salud y quebrantaron su espíritu: la úlcera duodenal sangrante lo llevó a permanecer internado en terapia intensiva. Luego, una afección cardíaca lo obligó a una intervención quirúrgica con cuatro bypass. El acabose.

Estaba seguro

Pero para la justicia debía haber algo más importante que la soledad del poder, la soledad de ese sillón desde el cual la dirigencia del banco solidario hoy lo dejaba solo. Por eso Baggini reclamó ante la justicia por su situación, y la falta de respeto al acuerdo previo. El juez de primera instancia no lo favoreció, y el tiempo siguió pasando.

Recién en 2008 la causa llegó a la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial, integrada por los magistrados Ricardo Domingo Monterisi, Ramiro Rosales Cuello y Nélida Isabel Zampini, quienes realizaron un exhaustivo análisis de lo acaecido casi diez años atrás con un cliente que reclamaba un resarcimiento por daños y perjuicios.

La cámara estableció entonces que al banco le cabía responsabilidad por el cierre intempestivo de las cuentas del actor, ya que a través de la pericia contable se podía establecer que el saldo deudor al día 30 de octubre de l999 era de $ 8.932, 01; pero el importe de los cheques mantenidos en caución ascendía a $9.1940: “o sea que había una sobrecobertura del saldo y valores a su favor”.

En la sentencia se establece que, por más que la nueva operatoria del banco lo negara, existía una irreprochable conexidad entre el despliegue de la cuenta corriente y el desarrollo de la cuenta de gestión: se trataba de un crédito concedido por la entidad bancaria cuya garantía eran los valores depositados en la segunda cuenta.

La cámara examinó además los testimonios de médicos y psiquiatras, y determinó que correspondía el resarcimiento. Si bien no quedaba demostrado que las enfermedades de Baggini fueran únicamente causadas por el quebranto económico, era visible que su salud física y psíquica se habían visto francamente deterioradas, así como la calidad de vida de él y su familia.

Por eso el Banco Credicoop Cooperativa Limitada sucursal Batán debería pagar al ex cliente una indemnización de $40.000, más los intereses acumulados. Desde el cierre de la cuenta hasta el 6 de enero de 2002, se calcularían a la tasa pasiva del banco oficial de la provincia, y a partir de allí, a la tasa activa de la misma entidad.

Claro que la banca solidaria no se solidarizó, y usó el conocido recurso de patear la pelota para adelante. Recurrió la sentencia ante la Suprema Corte, pero olvidó pagar el sellado imprescindible, con lo que la acción se cajoneó por espacio de dos años.

“Tengo para cinco años más” dice Baggini, “porque ellos buscan dilatar los tiempos”, y tiene razón. Hace unos meses el juzgado intimó al pago del sellado olvidado y recién los papeles empezaron a caminar lentamente otra vez. Mientras tanto, el cliente tiene ya 66 años, y aún no ha cobrado nada.

Es que el sillón de Heller es la banca solitaria: cabeza de un banco que no ha registrado cuántas vidas se han perdido en las décadas más dolorosas de la vida financiera de este país. Jamás salió al frente a pagar solidariamente retenciones injustas, ni a resarcir a quien corresponde por una vida estropeada. La soledad del sillón hace que su mente esté hoy centrada en ver de qué manera se cambia la Ley de Entidades Financieras de la Argentina, aunque no sea para hacerla efectivamente solidaria.

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