Mientras el país buscaba a una niña desaparecida, nadie podía dejar de pensar en la trata de personas. Hoy los hechos confirman un móvil diferente, pero cómo ha costado creerlo. Ante la desaparición de una mujer de cualquier edad, todos tienden a pensar en el consumo de servicios sexuales aberrantes, y las huellas del poder sobre él.
Hasta el instante mismo de la aparente resolución, nadie sabía de un llamado telefónico reclamando un dinero que, al parecer, el padre de Candela debía devolver. Hubo una la amenaza concreta: “Ahora sí que no la vas a ver más”.
Durante más de una semana Candela estuvo desaparecida. Faltó de la vereda de su casa, prácticamente ante la mirada de vecinos y familiares que sólo dejaron de prestarle atención por un instante.
No hubo rastros que condujeran a líneas de investigación contundentes, y los rumores inmediatos hablaban de pornografía infantil, de trata de personas, y de un vecino pedófilo que arreglaba computadoras.
La desaparición de una persona siempre dibuja un escenario aberrante dentro de la conciencia ciudadana. Tratándose de una niña, es aún más triste la mirada, y se teme que pasadas 96 horas sin información, el cuadro tienda a complicarse todavía más. El pronóstico de una recuperación es más lejano, porque la experiencia así lo indica: todos hablaban de la red de trata.
En esta ciudad, el martes hubo un información falsa difundida a través de Facebook que hablaba de otra niña desaparecida, de la misma edad, que habría sido encontrada por un remisero en la avenida Champagnat, aunque muy golpeada. Luego se supo que era falsa, pero inmediatamente la alarma social se había dirigido al tema que ocupa el temor de la gente: el tráfico de personas, o los secuestros de menores que alimentan la prostitución.
Los artistas y deportistas del país esperaban colaborar protagonizando unas jornadas que se llamarían “48 horas por Candela”, con el fin de difundir los datos más precisos sobre el caso y lograr que los testigos eventuales brindaran la información que tuvieran. A Candela no puede habérsela tragado la tierra, decían, pero a veces parecía que sí.
En una entrevista reciente en la emisora 99.9, Ester Daye, de la Multisectorial de la Mujer, explicó que su colectivo solicitaba que con urgencia se tomara la desaparición de Candela como un caso de trata de personas, ya que de esa manera se pondrían en juego estrategias investigativas que permitieran la obtención de información apropiada. Explicaba Daye que en las primeras horas se había hablado de averiguación de paradero, como si la nena se hubiera ido sola. Y luego, pasados unos días, se había insinuado que se trataría de un secuestro extorsivo, lo cual a su criterio desviaba la información de los carriles adecuados. Hoy se sabe que esa era la hipótesis más correcta: había extorsión por un dinero apropiado, pero nadie lo imaginaba.
“La trata de personas es una red, el tercer negocio en el mundo, por lo cual debemos exigir a nuestro gobierno que allane todos los prostíbulos del país y cierre todas las fronteras”, explicaba Ester cuando aún se creía que Candela estaba viva, a la vez que recordaba la desaparición de veintiséis mujeres en esta ciudad, colección patética que no ha recibido hasta el momento ni la atención necesaria ni la resolución definitiva.
La mayor parte de estos expedientes permanecen también bajo siete llaves, a ellas también pareció que se las había tragado la tierra: con semejantes antecedentes, los hombres y mujeres de esta sociedad ni siquiera podemos pensar en otro final que el silencio.
Ni se habla
El sistema se retroalimenta. Y los clientes de los prostíbulos son quienes le dan de comer en la boca: funciona a la perfección. Mar del Plata exhibe una perversa tradición en lo que respecta a la muerte de mujeres a las que se desconsideró vinculadas en algún momento a la prostitución, y este estigma fue un elemento de peso en la investigación de sus crímenes. “Murió una prostituta” no parece ser lo mismo que “mataron a una persona”, al menos así persisten en demostrarlo las veintiséis investigaciones inconclusas de las desapariciones y muertes acaecidas.
Ya en 1998, en un artículo de Noticias & Protagonistas que llevaba la firma de su director, se detallaban los elementos que vinculaban al ex fiscal del Tribunal Oral Federal Marcelo García Berro con el caso de Verónica Chávez, una de las mujeres desaparecidas. En la agenda de Verónica se había hallado el siguiente texto: "Marcelo (abogado). Chevrolet Corsa 5187, Poder Judicial".
Esa columna dio lugar a una acalorada reunión de la que participaron un conjunto de magistrados convocados a la Cámara Federal para analizar la situación. Es entonces que se le atribuye al juez Roberto Atilio Falcone haber dicho: "Y bueno che, ¿quién no anduvo alguna vez de putas?"
Marcelo García Berro fue suspendido en sus funciones en el TOF en agosto de 2002. En 2004 fue destinado a los tribunales de San Martín, en los que permanece cómodamente.
Pero aun hoy es necesario aclarar que la cuestión no pasa por discutir si el ejercicio de la prostitución pertenece o no al campo de los derechos de la mujer. Tampoco si es un hecho que pase por la voluntad. La prostitución no es una actividad que la mujer esté en condiciones de elegir. Nadie elige libremente cuando llega a prostituirse. No hay manera de que esa sea la libre elección, cuando alguien estará expuesto a la peor forma de alienación de la condición humana, sometido a un gerenciador proxeneta que es el dueño de su vida y de su muerte, simplemente por dinero. Una prostituta carece de derecho de defensa ante el abuso, ante los golpes y aun ante el homicidio.
Esa no es una elección libre. Pero la peor forma de aniquilación de su mente y de su espíritu está a la vista cuando –encima- se cree que eligió.
El horror
¿Pero por qué solamente se hablaba de trata cuando Candela desapareció? ¿Por qué los argentinos no podíamos pensar en otra cosa? Porque sabemos que la prostitución es un negocio millonario para unos pocos, que privan de la libertad a mujeres de diversas edades con el fin de llenar privados y otros locales que muestran la forma más contemporánea de la esclavitud.
La prensa actual muestra caso tras caso cómo desaparecen otras Candelas de las que no queda rastro. Como María Cash. Como Fernanda Aguirre, una niña ya casi olvidada, de la que se supone fue presa de la trata en el interior.
Pero no falta el que toma el tema con liviandad. El que dice las barbaridades que una vez dijo el juez Falcone, pero todos los días de su vida. El que cree que la prostitución es una forma de diversión, aunque no demasiado bien vista, que las personas eligen para salir del aburrimiento.
Son muchos los que con su silencio alimentan un sistema corrupto y millonario. Lo alimentan los que no denuncian el funcionamiento de un local de prostitución donde hay menores o extranjeras. O mujeres argentinas y adultas, que son, sin embargo, sometidas al escarnio permanente. Sin ir más lejos, ahora mismo, un juez de la Nación puso poco énfasis en explicarse cuando cinco de sus propiedades funcionaron como prostíbulos con su anuencia. Porque cuando Zaffaroni presentó ante el Congreso la documentación pertinente para rechazar la acusación, refiere el diputado Juan Pedro Tunessi, simplemente exhibió copias de los contratos de locación, tres de los cuales estaban a nombre de una persona, y dos de otra. Dos locadores para cinco departamentos. Además, las dos personas eran garantes mutuos. Pero Zaffaroni afirma que no sospechó nada y parece una broma pesada: no hablamos de un inexperto, sino de un juez de la Nación.
El interrogante es casi obvio: ¿es posible que alguien con semejante patrimonio cometa un delito simplemente motivado por los menguados ingresos que suponen cinco alquileres? ¿Qué más recibía Zaffaroni? ¿Qué otra pieza del sistema monstruoso que pone a andar la rueda le compete?
Hay días en que todo parece en vano. Parece que no hay demasiado que hacer cuando, aun con pruebas en la mano, el poder máximo hace como que no ve, y se limita a enfocar los faros hacia otro lado.
Recientemente, por ejemplo, el fiscal general del Tribunal Oral Federal, Juan Manuel Pettigiani, refirió ante el Consejo de la Magistratura un caso de trata de personas, en el cual la acusada principal había solicitado la nulidad de lo actuado bajo el pretexto de que el juez Jorge Ferro era cliente habitual de su privado. El local del caso está en la calle Falucho al 4071, y en el listado de llamadas entrantes a ese número particular del prostíbulo encubierto había tres que habían sido efectuadas desde el teléfono personal del juez en cuestión.
¿Un escándalo nacional? No, nada. La propia comisión de Disciplina y Acusación del Consejo desestimó la denuncia, y consideró que se trataba de una simple “estrategia de la defensa”, y que nadie podía probar que el juez hubiera llamado.
A Candela se la tragó la tierra, decían muchos. Porque ese borramiento repentino de las huellas es propio de la mafia que conduce la trata de personas, y durante nueve días nadie pensó en otra cosa. Hoy hay una nena muerta a golpes que fue reconocida solamente por una pulsera. Apareció tirada en una bolsa que intentaron prender fuego. Será que los asesinos conocían la metodología de sobra, porque fueron los más anónimos de los anónimos, sólo presentes en una grabación de voz que anunciaba el final. No se pudo pensar peor final.

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