Hay dudas sobre si el ejército entregará el poder. Los resultados se sabrán el miércoles.
En medio de denuncias cruzadas de fraude de los dos principales partidos y con una baja participación en las urnas, los egipcios terminaron ayer la segunda jornada del balotaje. En una elección que divide al país, los dos candidatos que pelean por el triunfo son el último primer ministro de la era Mubarak, Ahmed Shafiq, y el candidato de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Mursi. Y deberán esperar hasta el miércoles para saber cuál de los dos dirigirá este país en el que aún repican la anulación de las elecciones legislativas y la clausura del Parlamento, ahora en manos del Ejército.
La baja concurrencia estuvo alimentada, según los analistas, por las pocas opciones que los egipcios veían entre los dos grandes candidatos y el duro golpe que significó la decisión de la Justicia Electoral, que depende de la Junta Militar, de disolver el jueves pasado la composición parlamentaria. Esa noticia fue para los egipcios un fuerte revés a sus expectativas y generó más dudas sobre si los militares piensan realmente entregar el poder.
Esa falta de certeza también se apoya en que a diferencia de otros lugares, la Junta Militar representa e integra sectores empresarios destacados en la economía nacional. Muchos de los negocios que estaban en manos del antiguo régimen cambiaron de dueños y este duro núcleo castrense los heredó. Por eso hay muchos que piensan que va a ser difícil que las Fuerzas Armadas entreguen mansamente el poder que ahora detentan.
Las opciones electorales también atentaban contra el entusiasmo. Mursi, un ingeniero de 60 años formado en Estados Unidos, pertenece al ala conservadora de los Hermanos Musulmanes y apuesta por un “renacimiento islámico”. Durante la campaña dijo que protegería los derechos de los cristianos, las mujeres y los jóvenes, y prometió solucionar los problemas crónicos del país, como el desempleo, la pobreza y la debilidad económica. En la primera vuelta obtuvo el 24,7% de los votos.
Muchos temen que un triunfo de su agrupación impulse una escalada religiosa en el país .
Pero el otro candidato con opciones es Shafiq, un militar de 70 años que supo ganarse la confianza de Hosni Mubarak. Si bien tenía mejor imagen que otros políticos corruptos del régimen, la gente lo ve como una reminiscencia de la dictadura. Se presenta como independiente, pero tiene el respaldo del gobierno militar. En su carrera a la presidencia destacó su apego a las libertades democráticas y remarcó que devolverá la seguridad al país. Hasta el último momento estuvo en duda su candidatura ya que la ley no permitía presentarse a hombres prominentes del régimen anterior, pero la Justicia electoral lo habilitó a último momento. Consiguió un 23% de votos en la primera ronda.
Esta complicada transición política egipcia, que logró progresar a los golpes tras la caída de la dictadura de Mubarak en febrero de 2011 durante la célebre Primavera Arabe, sufrió un duro tropiezo hace unos pocos días a raíz de una tortuosa maniobra política que disolvió el Parlamento y le permitió al gobierno que ejercen las Fuerzas Armadas retomar sus poderes legislativos. Así, los militares volvieron a tener el control absoluto .
La anulación del Parlamento desconoció los complicados comicios en los que los partidos religiosos habían obtenido más del 70% de los votos. Los Hermanos Musulmanes habían conseguido 235 bancas con el 47% de los votos. Los salafistas de Al Nur resultaron segundos con 24% y los liberales de Wafd terceros con el 9%. “La sentencia relativa al Parlamento incluye la disolución de las dos Cámaras en su totalidad porque la ley que permitió las elecciones fue contraria a las normas de la Constitución”, dijo el presidente del Tribunal Constitucional, Farouk Soltan, al explicar el fallo cinco días atrás. Por lo tanto, el poder legislativo recae ahora en el Consejo Supremo de las FF.AA. presidido por el mariscal de campo Husein Tantaui, a cargo de liderar el país tras la caída de Mubarak.
Con estas medidas y con la poca expectativa que despiertan los candidatos, muchos egipcios desconfían y temen que la “revolución” quede estancada. Por eso el escepticismo a la hora de votar. En las calles de El Cairo, ayer se podía hablar con decenas de personas que no pensaban acelerar el paso para ir a los centros electorales. “No quiero votar a alguien al que le temo, pero temo que el otro sea peor, por eso no pienso apoyarlos. Ninguno de los dos estuvo en la Plaza (Tahrir) cuando echamos a Mubarak. Ninguno estará tampoco ahora con nosotros”, se resignaba ayer el joven Mohamed Tantawid.

Comentá la nota